Autor: Tusell, Javier. 
   ¿Una nueva derecha?     
 
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TRIBUNA PUBLICA

¿Una nueva derecha?

Desde hace algunas semanas uno de los temas políticos que con mayor frecuencia aparecen en las

páginas de la Prensa es el de la supuesta necesidad de una nueva derecha como solución de recambio para

la política española. Desde puntos de vista divergentes (el de un ex ministro de la Monarquía, hoy fuera

del juego político más inmediato; el de una Alianza Popular que quiere cambiar su imagen o eí de unos ex

miembros de esta agrupación que consideran que eso es imposible) aparece un propósito convergente, en

cambio, a ese fin. Y los medios para alcanzarlo también: en todos los casos se trata de presentar ante el

electorado español una supuesta gestión desastrosa del Gobierno en el Poder, para motivar la reacción en

su contra. Siempre es malo presuponer ía necedad irremediable del adversario porque eso equivale a dar a

los argumentos de uno aire poco fiable, cuando no surrealista. Hablar, por ejemplo, de la «proclividad

marxisía» del actual gabinete es algo que no resiste, en mi opinión, el más ligero análisis: de entrada

equivale a no saber qué es el marxismo y menos aún el marxismo español. Es cierto que en este sentido

han habido un par de declaraciones desafortunadas de algunos miembros de U.C.D., pero convertirlas en

algo de mayor trascendencia de la que realmente tienen, sobre todo cuando van seguidas de inmediatas

contramarchas de los declarantes, es excesivo. Este país está aprendiendo la democracia y de ahí muchas

inseguridades, errores y titubeos, de los que abundan todos los grupos políticos, quizá con ía excepción

del P.C.E., que tiene una dirección experta por fo antigua, pues no en vano ha pasado del esta´linismo al

eurocomunísmo con los mismos protagonistas. En mi opinión la gestión def Gobierno ha de jugarse en

base a los críenos de qué era fo realmente posible cuando accedió al Poder después de las elecciones. ¿Se

le pu«de atribuir la ausencia de Constitución en el momento actual? A no ser que él sólo la hubiera

redactado parece imposible que por otro pro- cedimiento se hubiera llegado a ella. ¿Se ha hecho ma! en

conceder una Generalidad provisional a Cataluña? A esta pregunta cabe, por lo menos, responder con

otra: ¿Qué hubiera sucedido de no hacerse así? Se nos dice que hay falta de autoridad, pero cabria

reargüir que éste es un fenómeno típica de la transición de una dictadura a la democracia, mucho más de

la propia sociedad que del Gobierno y que, por otra parte, la mitad de España (la izquierda) sigue

pensando que hay un exceso de autoritarismo. La política económica que se trasluce de los pactos de la

Moncloa ni es la ideal ni ea en términos absolutos la patrocinada por U.C.D., pero, ¿cómo se pretende en

la presente situación política imaginar otra en Ja que no exista lipo alguno de pacto con la izquierda? En

mi opinión el Gobierno, que en todo caso tiene en sus manos la aplicación de esos principios generales

pactados, está ahora en condiciones de definir clara y concisamente su alternativa en todos los terrenos,

una vez que se ha llegado a un comienzo de consenso en temas políticos y económicos fundamentales. Y

para ello está potenciando su acción en el terreno partidista. El autor de estas lineas pidió hace algún

tiempo una verdadero «revolución del Centro» que convirtiera el sufragio de seis millones de electores en

una organización permanente y eficaz. Esta revolución está comenzando ahora, quizá con demasiada

tardanza, pero parece también que con profundidad (basta conocer las biografías políticas de muchos de

los dirigentes a nivel nacional y local de U.C.D.). Si, como yo pienso, la política del Gobierno actual es

la más derechista posible en las circunstancias presentes, el problema de la «nueva derecha» es, sobre

todo, un problema de Alianza Popular. Hace un par de meses todavía podía parecer imaginable una nueva

derecha que naciera de los centristas marginadas a la hora de las elecciones; ahora se va descubriendo,

como por otra parte resultaba previsible con anterioridad, que, para bien o para mal, ni Areilza, ni Gil

Robles, ni Larroque están en disposición de ser una alternativa para el Centro, por la sencilla razón de que

carecen de medios e incluso de programa diferente para ello, como no sea decir exactamente io contrario

de lo que se dice desde el Poder. Alianza Popular podría llegar a convertirse en un partido democrático de

derechas, pero tiene para ello una sola ventaja y varios inconvenientes graves. La ventaja es haber en su

momento aglutinado una masa importante de electores; pero, aun cuando yo pienso que sus dirigentes

tienen un deseo sincero de jugar en estos momentos (a baza de la democracia, la verdad es que quienes en

junio votaron a A.P. no eran, por lo menos en aquellos momentos, demócratas convencidos. A ello ha de

añadirse que la imagen de los líderes sigue siendo muy poco aceptable en el nuevo contexto y que el

señor Fraga demostró en junio (y puede volver a demostrar) una enorme capacidad autodestructiva. Como

conclusión, yo me atreverla a recomendar a los patrocinadores de la «nueva derecha» que, si ésta, ha de

ser democrática, tengan en cuenta como posibilidad la propia U. C. D., que ha de tener en su seno una

pluralidad de tendencias típica en todos los partidos europeos de sus mismas características. Que, en todo

caso, no pequen de desmesura en sus ataques al partido del Gobierno para hacer aparecer su propia op-

ción: lo contraproducente de dicha actitud se prueba porque el P.S.O.E. lo hizo y ya anda replegando

velas apresuradamente. Y que, con respecto a Alianza Popular, piensen qué sería más costoso: quitarle

buena parte del protagonismo que hoy tiene o luchar por sustituirla.

Javier TUSELL

 

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