Autor: Tusell, Javier. 
   El desencanto     
 
 ABC.    13/01/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

VIERNES. 13 DE ENERO DE 1978. PAG. 3

EL DESENCANTO

JEAN Francois Revel, conocido ensayista francés, autor de libros como «La tentación totalitaria» o «Ni

Marx ni Jesús» y editoriaiista del prestigioso semanario «L´Exprés», ha escrito recientemente en sus

páginas un comentario acerca de lo que él mismo llama «El milagro político». Dice Revel que en loa años

de la segunda posguerra mundial han sido frecuentes los «milagros económicos» (el alemán, el

japonés...); pero, en cambio, todos los que parecían milagros políticos, los de quienes parecían conciliar,

con su gestión o con su actitud, cosas Incompatibles o hacer desaparecer esta incompatibilidad en una

síntesis nueva, parecen haber fracasado. Tal es el caso de un Kennedy, un Dubcek, un Allende. Pero —

piensa también Revel— hay un caso en que se ha producido un verdadero «milagro político» y, para

asombro de los habitantes de este país, este caso se llama España. Precisamente cuando ha concluido un

año que ha sido el de la democracia, pero que para muchos ha sido también e! del desencanto ante la

misma, de allende nuestras fronteras nos llega este mensaje cordial, de optimismo y de esperanza. Y es

que verdaderamente una de las cosas más paradójicas de la presente situación española es que, como

decía Marías, a la admiración exterior se le contrapone el desasosiego y el desencanto interior.

¿No será una exageración considerar como un «milagro» lo sucedido en España durante el pasado 1977?

Con absoluta seriedad ningún sociólogo o historiador podrá decir que en cualquier otra ocasión histórica

se ha cubierto el tránsito de una dictadura a una democracia con tan mínimos costes sociales, aunque

vistos desde cerca parezcan no sólo excesivos, sino abrumadores. Esto es, simplemente, irrebatible, pero

ante la muchedumbre de agoreros que pululan por el escenario político español uno acabaría por

preguntarse a qué se debe tanta acritud, tanto voluntario crispamiento de la situación española. La

respuesta es múltiple y complicada. Hay quienes creían que la transición se haría de una determinada

manera y, como no es así, echan la culpa al pueblo español o a quienes ha elegido; hay quienes su deseo

de escalar el poder les hace olvidar que no todos los medios son permisibles, porque algunos d« ellos

pueden acabar por deteriorar al propio sistema; hay quienes se muestran catastrofistas porque ahora no se

les tiene en cuenta; hay ignorantes y necios que identifican (y ejercitan) la democracia como desmadre; y

hay. en fin, quienes piensan que esto (lo de ahora) tiene todos los inconvenientes y ninguna de las

ventajas de la situación nolítica pasada: son los que tenían muchas ventajas particulares en el pasado, que

no están dispuestos a compartir en el presente. Sucede, como dice Revel, que el «milagro político» no es

eterno; que, una vez pasada ya la «divina sorpresa» del cambio a la democracia sin violencia, entramos en

la vida cotidiana con sus problemas concretos. Si hemos sido capaces de mantener la paz como sistema de

convivencia, a pesar del terrorismo, ahora debemos construir día a día un régimen de libertad y de

participación. Para muchos es difícil librarse de esa sensación de desencanto, porque uno de los más

patentes efectos psicológicos de los regímenes autoritarios es el «miedo a la libertad» que generan. La

democracia sirve, entre otras cosas, para lanzar a la luz pública las dificultades, los dramas y los

conflictos que la dictadura tiene por objeto enmascarar bajo un aspecto externo de apariencia mucho más

agradable. No se dan cuenta de que precisamente par esa razón la democracia es, precisamente, el

régimen más conservador, porque permite que los ciudadanos, en cada momento, puedan enfrentarse con

los problemas reales del país, que es la primera condición para resolverlos. Y que, por ello, además,

carecen de sentido esas periódicas oleadas de histerismo que este país viene sufriendo desde el pasado 15

de junio, como si el vacío total, el colapso generalizado de las instituciones o la catástrofe cósmica

estuvieran, cada quince días, a la vuelta de la esquina. El pueblo español (no sólo un partido o unos

dirigentes) debe saber que lo ha hecho bien en el más inmediato pasado y que por ello empieza ya por

estar en buenas condiciones para hacerlo de nuevo bien en el futuro. Debe ser consciente, además, de que

ello depende no de irracionales o indomeñables fuerzas ciegas que no dependen de su voluntad, sino de él

mismo, a través de la influencia que pueda ejercer sobre su clase política. Es necesario que opte,

positivamente, por un amplio programa de propuestas constructivas e ilusionadas, destinadas a hacer,

como quería ya hace un siglo Giner de los Ríos, que el español sea «más» en todos los terrenos: más libre,

más alegre, más justo. Y para ello lo primero que todos deberíamos Intentar sería no dramatizar

constantemente la situación, no exasperar por sistema al adversario, no pedir a la democracia que

solucione en minutos problemas que vienen incluso de siglos; darse cuenta de que la democracia es. a la

vez. el enfrentamiento ideológico y el diálogo en las soluciones concretas; procurar no empeorar los

problemas, sino plantearlos con el serio propósito de resolverlos en concordia. Todo esto no sólo es

deseable, sino, además y venturosamente, posible con tal de que los españoles nos pongamos

ilusionadamente a la tarea cotidiana de intentarlo. Durante años se nos ha hablado de la incomprensión

exterior de los problemas españoles, cuando muchas veces de lo que se trataba es de que. desde allí, se

entendían las exigencias de la democracia. Ahora que. de más allá de nuestras fronteras, nos llega este

mensaje de Revel, optimista, confiado y alentador, ¿caeremos en ese vicio, tan carpetovetónico, del

masoquismo nacional?

Javier TUSELL.

 

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