Autor: Tucumán, Jaime de. 
   Socialismo y democracia     
 
 ABC.    26/12/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

MARTES. 26 DE DICIEMBRE DE 1978. PAO. S.

SOCIALISMO Y DEMOCRACIA

EN la pasada campaña de elecciones generales, el Partido Socialista Obrero Español utilizó como

«slogan» fundamental de su propaganda el de «socialismo es libertad». Esta tesis no sólo es defendida,

por supuesto, por los socialistas españoles, sino que tiene una larga trayectoria en la social-democracia

europea. Para los socialdemocratas de comienzos de nuestro siglo el socialismo sólo podía nacer en un

ámbito donde fueran respetadas las libertades democráticas; y para ellos, además, la última consecuencia

de la democracia era precisamente el socialismo. Así pensó entre nosotros, por ejemplo, don Fernando de

los Ríos. Más recientemente, durante los años cuarenta, León Blum acuñó en Francia una frase que se

convirtió en una especie de divisa de todo el socialismo europeo. Decía: «Sin el socialismo la democracia

es imperfecta; sin la democracia el socialismo esíá indefenso.» También por la misma época Crossland,

uno de los principales teóricos del laborismo británico afirmaba que su partido había de tener como lema

la «igualdad con libertad». Parece, por tanto, en un primer examen que la democracia y el socialismo

están pues estrechamente entrelazados. Pero la_ realidad en el momento actual empieza a ser no sólo

diferente sino totalmente contraria. Es cierto que el socialismo ha permitido avances hacia la libertad

cuando ha aparecido en una vertiente socialdemócrata; pero no es menos cierto que ya hace mucho

tiempo, cuando empezaba a amanecer esa realidad espléndida que era y sigue siendo la democracia en los

EE. UU., un pensador francés, Alexis de Tocqueville, señaló que podría llegar un momento en que la

lucha por la igualdad, en la que también estaban comprendidos los EE. UU., pusiera en peligro la libertad,

otro de sus propósitos fundamentales. La democracia y ej socialismo luchan ambos por la igualdad; pero

así como el socialismo a veces puede poner en peligro la libertad, la democracia se basa siempre en la

igualdad en la libertad. Lo dicho sirve para todo el socialismo actual y especialmente para el europeo,

pero reviste una especialísima significación en el caso del socialismo español, que, de acuerdo con las

actas de su último Congreso, sigue definiéndose como marxista revolucionario. Un socialismo que tenga

estas características no solamente no constituye un factor positivo para el normal desenvolvimiento de la

democracia sino que. además, la pone en grave peligro. ¿Por qué? Por cuatro razones fundamentales.

En primer lugar, para los socialistas marxistas la democracia puede ser algo muy importante, pero

siempre es considerada como un instrumento: es decir, como un paso invitable, quizá agradable o quizá

doloroso pero siempre hacia otras soluciones que se consideran como superiores. En cambio para los

demócratas las instituciones basadas en la libertad constituyen un bien en sí. Como dijo lord Aston, la

libertad no es un medio para un fin político más alto; es, en sí, el fin político más alto. En segundo lugar,

el socialismo marxista actual pone en peligro la democracia desde el mismo momento en que es utópico.

Raymond Aron lo ha definido como socialismo inencontrable, en el sentido de que rechazando cua´quier

identificación con el modelo eslalinista, que domina en los países del Este, al mismo tiempo rechaza

también cualquier vinculación con el modelo europeo democrático occidental, al que califica de

capitalista, Cuando se elige un término medio entre dos realidades que existen, como son las citadas, y no

se explica exactamente cuál es el propósito concreto que anima esa tercera vía, en realidad no se está

señalando un nuevo rumbo sino que se está entrando en un camino sin salida que, por ello y porque puede

polarizar la vida política, tratando inútilmente de alcanzar una utopía corre el riesgo de poner en peligro la

democracia. En tercer lugar, el marxismo, en cuanto sistema filosófico, pone necesariamente también en

peligro a la libertad y a la democracia. Es evidente que hay marxistas que son, además, demócratas, pero

en la mayoría de los casos el marxismo se ha convertido de hecho en una especie de religión: para estos

sectores políticos, como escribió Simone Weil, «el marxismo es por completo una religión en el más

impuro sentido de la palabra». En efecto, como en el caso del integrismo clerical, reduce la política a una

especie de ciencia en la que hay una sola verdad, aunque ésta se conciba sólo como un método, y de esa

verdad el profeta se llama Marx. El marxista, de esta manera, como pretende conocer no solamente la

trayectoria de la Historia pasada sino también el destino de la historia presente, tiene una grave tendencia

hacia el fanatismo o hacia la consideración del adversario político como un enemigo. Al creer que la

Historia, en última instancia, siempre le favorecerá a él no concibe la política como un camino siempre

reversible; por el contrario, para él la irreversibilidad constituye un testimonio de su propio acierto. Y ya

nos dijo uno de los primeros teóricos de la democracia (Tom Paine) que «nunca hubo o habrá un

Parlamento o un conjunto de hombres que posean el derecho de atar o de controlar la posteridad hasta el

final de los tiempos». Finalmente, en cuarto lugar, el socialismo no es ya la democracia porque tiende a

hacer imposible aquellas condiciones sociales en las que habitualmente se ha dado, y se seguirá dando, la

democracia en el mundo occidental. El socialismo actual es profundamente reticente ante todo el rico

pluralismo social que esta presente en el mundo occidental. A diferencia de lo que ha sido toda su

trayectoria histórica, los socialistas actuales son pesimistas: no conciben ni están dispuestos a aceptar la

capacidad de iniciativa ni de inventiva de las sociedades contemporáneas. Para ellos, por el contrario, la

iniciativa personal e individual, sea en el terreno económico o sea en el terreno educativo, constituye un

peligro para la igualdad y por eso la persiguen, con lo que evidentemente, están poniendo también en

peligro la libertad. Los socialistas, en el momento actual, piensan que sus principios morales son

superiores porque nacen de la voluntad de cooperación y no del individualismo. Esta actitud es

francamente discutible porque puede engendrar una igualdad basada en mínimos que no sólo no cree

ningún tipo de incentivos, sino que resulte atentatoria en contra de la libertad social. Evidentemente hay

socialistas que son demócratas, como hay también social demócratas que obviamente lo son de forma

mucho más clara: pero en las presentes circunstancias, aquí y ahora, en España (y en realidad también en

Europa occidental) el socialismo ya no quiere decir necesariamente libertad y democracia. Los principios

de lo que la libertad y la democracia han sido siempre para el mundo occidental están puestos en grave

peligro por una tendencia cada vez más frecuente de los socialistas hacia la coerción, la estatificación, la

desconfianza en la libertad y la utopía.—Javier TUSELL.

 

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