Autor: Tusell, Javier. 
   Suárez es Giolitti     
 
 El País.    28/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

SUAREZ ES GIOLITTI

Javier Tusell

En la tradición histórica española la figura del político se ha identificado muchas veces con la

personalidad de dos hombres de la Restauración en su versión liberal: Práxedes Mateo Sagasta y el conde

de Romanones. La identidad humana entre ambos era tan acusada que incluso el segundo llegó a ser

biógrafo del primero. Su apariencia externa y su formación no parecían las más apropiadas para

desempeñar grandes tareas en la política contemporánea. De Sagasta se ha llegado a escribir que no sólo

no escribió nunca un libro, sino que ni siquiera los leía, basándose su bagaje cultural tan sólo en el mucho

más superficial contacto con la prensa diaria. Sobre Romanones escribió Ortega que era, en política,

miope en el más estricto sentido etimológico de la expresión (es decir, de corta vista, incapaz de

trascender la pequeña anécdota cotidiana). Las virtudes políticas de uno y otro no parecían, pues,

excesivas, El propio Romanones dijo de su antecesor al frente de la política liberal que, de entre el resto

de los gerifaltes de su partido, «todos sabían más que él, hablaban mejor que él y, sin embargo, ni juntos

ni separados podían más que él». En efecto, la apariencia de Sagasta podía ser vulgar, pero, como

Romanones se encargaría de recordar, «las vulgaridades de Sagasta han salvado en ocasiones a España».

No se trataba sólo de un político hábil o marrullero, sino que además tuvo el mérito de incorporar a la

legislación política de la Restauración unos contenidos liberales que la convirtieron, al menos en teoría,

en una de las más avanzadas de la Europa contemporánea. En un nivel desde luego inferior también

Romanones estaba muy por encima de aquella imagen del político amigo de sus amigos, de palmada en la

espalda y ejercicio constante del poder. En parte gracias a que no se le tomaba muy en serio, el conde

pudo, en ocasiones tan cruciales como la de 1919, enfrentarse con problemas tan graves como el del

orden público o la autonomía catalana, dándoles respuestas satisfactorias. En el momento actual se podría

pensar que el presidente Suárez no es sino la tercera reencarnación de Sagasta (la segunda sería

Romanones). Como bien se sabe, ia calificación de «inmenso error» que de su nombramiento se hizo

nacía de la divergencia entre sus supuestas capacidades y la tarea a desarrollar. Camilo José Cela había

escrito que para guiar a España en la senda procelosa de la transición a la democracia eran necesarias las

virtudes combinadas de un Pericles y un Abraham Lincoln. No eran éstas las capacidades de que parecía

estar dotado Suárez y de ahí el tono despectivo empleado por Rafael Calvo Serer al denominarle como «el

estadista de Cebreros», el de Emilio Romero al describirle como «un milagro de Santa Teresa» (de Avila,

por supuesto), o el de Areilza al apodarle «Sandokan». Estas manifestaciones no eran sino el producto de

la incomodidad de los políticos «instalados» (aún en la oposición) frente al inesperado parvenú. Pero

pronto se demostró que e! presidente tenía dotes inesperadas. Estaban, en efecto, en la línea de las de

Sagasta o Romanones. Eran el pragmatismo (nada más revelador de la personalidad de Suárez que aquel

propósito suyo de «elevar a la categoría de normal lo que a nivel de la calle es normal»), la habilidad

maniobrera ejercitada con virtuosismo para conciliar ¡o que parecía imposible (recuérdese el encaje de

bolillos realizado en las Cortes franquistas, a las que consiguió autosuicidar) y, en fin, el empleo de unos

procedimientos incluso chapuceros, pero enormemente efectivos, como se demostró con la legalización

del PC. Si se tiene en cuenta la labor realizada, la comparación histórica más acertada que se me ocurre,

respecto a Suárez, es no ya la figura de Sagasta, sino la del político italiano del primer cuarto de siglo

Giovanni Giolitti. Giolitti carecía de respetabilidad intelectual (la única vez que quiso hacer una cita del

Dante se equivocó) y de pasado (no había participado en las luchas por la unidad italiana); no era un gran

orador parlamentario e incluso, por exceso de habilidad, muchos creían que, frente a su real modestia y

entereza moral, era «il ministro della mala vita». Sin embargo, tuvo una habilidad extraordinaria en esa

especialidad de la política italiana que es e! connubbio (el contubernio); es decir, la capacidad de conciliar

lo aparentemente contradictorio para hacer viable una solución a la vez progresiva y estable. Con estas

dotes personales Giolitti proporcionó a su país una era de crecimiento económico, de avances en el

terreno social y, sobre todo, de libertad política. Porque el mérito más relevante de Giolitti fue

efectivamente éste: llevar un país cuya vida pública era la de un liberalismo oligárquico y corrompido al

amanecer de la democracia. La tarea de Suárez ha sido, en definitiva, de parecida o superior envergadura.

Bien mirado, Cela erraba al demandar un Pericles o un Lincoln. Lo que la situación española demandaba

era un Giolitti y Suárez ha sabido serlo, sin lugar a dudas. Pero (y ésta quisiera ser la linea argumental

más importante de este artículo) ser un buen Giolitti puede no bastar en determinadas circunstancias. La

época de mayor gloria personal del político italiano fue la inmediatamente anterior a la primera guerra

mundial, pero, después de ella, un nuevo contexto político le hizo perder bazas que también perdió la

propia democracia en Italia. Ese contexto era el de un escenario de movilización política y de conflicto

social en el que Giolitti recordaba en exceso al pasado y en el que las habilidades maniobreras no podían

aplicarse o incluso no debían aplicarse. Giolitti quiso hacerlo con Mussolini y no es necesario recordar

cuál fue el final del asunto. Suárez se encuentra ahora en una situación parecida a la de Giolitti en 1919.

Ha sabido con una indudable pericia llevar al país a la democracia, pero, si quiere perdurar en ella, debe

darse cuenta de que urge un replanteamiento de su gestión política. Este replanteamiento pasa, en primer

lugar, por tener conciencia del cambio que en el país se ha producido. En realidad, éste ha sido anterior y

resultaba perceptible antes de las elecciones. Lo asombroso de la gestión de Suárez es que, habiendo

logrado éxitos espectaculares en lo que parecía más difícil, ha errado a veces en lo obvio. Por ejemplo,

¿qué sentido tienen en el actual contexto democrático algunas de las candidaturas de Centro

Democrático? Si el presidente es consciente de este cambio decidirá inmediatamente que ya no bastan las

habilidades, parlamentarias o televisivas; que es necesario hacer la política a! aire libre; que una opción

política no puede montarse sólo a base del usufructo del poder, sino que un partido como Dios manda

tiene que ser de masas y con democracia interna; que, en fin, en democracia es necesario distinguirse del

adversario y no, en cambio, tratar de cumplir con su programa. A fin de cuentas, una de las mejores

definiciones que del franquismo se han hecho es la de Raymond Carr, cuando afirmaba que la política era,

para el general Franco, evitar, por una combinación de la habilidad y de la fuerza, el enfrentamiento de

ideas típico de los regímenes democráticos.

 

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