Autor: Alfaro, José María. 
   El espacio de la UCD/1     
 
 El País.    13/12/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

EL PAÍS, martes 13 de septiembre de 1977

OPINIÓN

El espacio de la UCD /1

JOSÉ MARÍA ALFARO

En la nueva situación española, la de la flamante democracia advenida por obra e inspiración del rey don

Juan Carlos, una de sus realidades más evidentes —y reconocidas— se llama Adolfo Suárez. Pienso que a

nadie —conforme o no con la línea de sus actuaciones— se le podrá ocurrir negarle su condición de

«hombre de las circunstancias». La distancia recorrida por España, en el claro rumbo hacia la democracia

durante su etapa de gobierno, es un hecho incontrovertible. En ese sentido es muy difícil presentar

modelos de tan neta consecuencia política, si se considera la adecuación de las realizaciones a los

propósitos. Podrán recusarse la dirección emprendida, los medios empleados o el ritmo de la maniobra.

Para unos habrá resultado excesiva la velocidad de la operación; para otros, hubiera sido deseable una

mayor premura en alcanzar determinados objetivos. Todos buscan tener una parte de razón desde sus

respectivos puntos de mira —¡oh, transitoria relatividad de los enjuiciamientos humanos!—, diversidad

de estimación que puede servir de argumento en apoyo de la tesis de poner a flote la evidencia de las

disconformidades y las complejas diferencias españolas. Cubierto e! objetivo básico de la consulta

popular, con la correlativa constitución de las Cortes, el Gobierno Suárez —el remodelado en

correspondencia con los resultados y los compromisos electorales— ha de enfrentarse a la más ardua y

complicada tarea: la de gobernar, en su más rigurosa e imaginativa acepción. No es que el primer

Gabinete no haya ejercido sus facultades de poder y, con arreglo a esa actuación, un Estado haya dejado

de existir viniendo a ser sustituido por otro, lo que acredita la casi mágica capacidad de flexibilización y

reformadora renovación de la Monarquía. Pero lo que hasta ahora se había llevado a cabo era un cometido

previsible y concreto. Espinoso, atrevido, pleno de riesgos, pero indudable en su designio: el de la

instauración de los cauces que hicieran factible una organización democrática, pluripartidista, acogida a

los patrones de la Europa occidental y comunitaria. Si Adolfo Suárez, a través del conglomerado electoral

deja Unión de Centro Democrático, supo alcanzar la victoria en la consulta popular del 15 de junio, este

triunfo fue debido, en buena proporción -con independencia de su imagen, relativa y recreada, de

«hombre de las circunstancias»—, por su certero instinto de situación en la encrucijada política. Todos

aquellos españoles que percibían —o ansiábanla urgente necesidad «del cambio», pero que temían las

aventuras o convulsiones que pudieran escoltar a esa mutación, votaron por UCD en la confianza de que

Suárez —con su inédita y sorprendente habilidad de transmutador de posturas e instituciones— resultaría

el piloto más capaz para conducir la nave escorada y cabeceante hasta «la otra orilla».

El presidente Suárez adquiría, así, las características y proyecciones de un conjurador de tempestades. El

artilugio del «centro» suponía el campo de maniobra idóneo, destinado a embotar —cual un glacis

elástico y sugestivo— la pesadilla insoslayable de las acometidas extremistas. El amplio conglomerado de

grupos y partidos, de muy variadas valoraciones, se metamorfoseó en un gigantesco receptáculo de votos.

Justo es decir que la derecha española —principalmente la representada por Alianza Popular —

contribuyó, aunque involuntariamente, a su triunfo, al no tener en cuenta que grandes parcelas del

derechismo amorfo y defensivamente conservador —a las que se ha pretendido incardinar en las ilusorias

fronteras de la «mayoría silenciosa»— lo que pretendían era un atemperado acomodo en la nueva

situación, incluso absolutorio, si llegaba el caso. Si por un lado, la conciencia de un «centro» político

significó —y significa— una necesidad atemperadora en estos trepidantes momentos del tránsito, por

otro, tuvo no poco de Jordán readaptador para las nuevas circunstancias. Que no se olvide ninguno de

estos obvios detalles que acabo de recordar, así como otros muchos que a todos se nos ocurren.

A los cuatro vientos se ha pregonado que los objetivos y procederes del nuevo grupo —por hoy el de

mayor presencia en ambas Cámaras— quedan encuadrados en las aspiraciones y reservas de lo que se

denomina, con reflexiva ambigüedad, «centro izquierda». Es decir, un progresismo moderado, si nos

atenemos a los prototipos que bajo esa definición —ostentosamente justificativa— actúan y se desen-

vuelven mundo adelante. El atractivo del «izquierdismo» ha encarnado, desde que la nomenclatura

parlamentaria acuñase de modo fortuito los términos derechas e izquierdas, una especie de

mágica polarización de generosas vocaciones de justicia y progreso, juveniles ansias de regeneración e

intrépidos adelantamientos revolucionarios. Los franceses —¡tan ágiles en troquelar expresiones felices y

de ligera formulación espigramática! — dejaron clavado con la breve aseveración de «la divina

izquierda» el testimonio vivaz de un cosquilleante estado de trance, capaz de arrastrar a sublimidades y

entregas que ayuden al encuentro con el futuro. Claro que el reconocimiento de estas disposiciones del

ánimo suele obedecer a realidades —sentidas o impuestas— predestinadas a ejercer su presión y su

empuje en cualquier clase de campo y juego políticos. En España, concretamente, la sinceridad en el voto

ha confirmado la existencia de un área amplísima de la sociedad inclinada a las experiencias o las

soluciones marxistas. Con diversos matices, los partidos de inspiración o militancia marxista —de los que

presumiblemente cabría haber esperado una fogosa descarga de sus baterías— se comportaron, ante el

comicio del 15 de junio, con una graduada y apaciguante moderación. Sería de un sumo interés llegar a la

clave de esta moderación, exhibida mayoritariamente hasta ahora —con las naturales excepciones de los

fanatizados, los forzadores de la situación, los terroristas profesionalizados, los pescadores en río

revuelto, etcétera—, en el desarrollo preelectoral. ¿Obedecían los líderes, con esta actitud, a una

inclinación de la masa, todavía poco radicalizada? ¿O quizá el camino había sido inverso, y los grandes

grupos y organizaciones se dejaron guiar por sus dirigentes, inseguros del terreno que pisaban y poco

decididos a arriesgarse en infructuosas y apresuradas aventuras? De un modo u otro —bien que los

conglomerados y partidos: obedecieran a sus cabecillas y rectores, o ya que éstos percibieran, con el

olfato que debe ser atributo del político, cuál era la demanda difusa de sus clientes—, lo cierto es que el

«centrismo» comprobaba, hasta por las posturas de bastantes de sus oponentes, al acierto en la elección de

su regateado dispositivo. La izquierda —o si se prefiere, los partidos marxistas—, acabamos de registrar

que no han descubierto, ni mucho menos, la efectividad de sus gaterías. Es probable que, aunque sea en el

terreno parlamentario, comiencen a destaparlas con motivo de los debates en torno a las recientes

regulaciones en materia fiscal. No hay duda de que el Gobierno Suárez aguardó, tácticamente, el

resultado electoral para emprender una política económica. ¿La postergaba para contar con un respaldo

directamente democrático o, simplemente, trató de evitar la resta de votos que —por la derecha— era

previsible que se produjese? Desde el rápido enfoque que aquí nos proponemos viene a ser lo mismo,

aunque no acontezca otro tanto si decidimos proyectar nuestros focos de iluminación ética. ¡ Pero en la

política —si nos dejamos arrastrar por Maquiavelo— todo vale, al igual que en la guerra y en el amor!

La mesura utilizada —subrayemos que en su dialéctica— por los grandes partidos marxistas ha permitido

al apiñamiento centrista acunarse en la admisibilidad de sus anuncios —y tentaciones— izquierdizantes.

Buena parte de las determinaciones y directrices del Gobierno Suárez están emproadas hacia ese rumbo:

fomentar su credibilidad, distanciarse de sus orígenes —¡también existe rehistoria política!— y arrebatar

argumentos y banderas a la izquierda tradicional. Seguramente, esa es la técnica provechosa —y casi la

obligada— de todo partido de centro, cuyo cometido, a fin de cuentas, es hacer viable un progresismo

evolucionista que obstaculice y desarbole las embestidas revolucionarias. Pero la UCD es un partido de

características bastante especíales. Nace, con oportunismo de urgencia, para ocupar un vacío —o

vaciado— campo, que la sensibilidad colectiva de un momento crítico y pendular demanda como

organización almohadilla, emboladora de tos extremismos traumatizantes y catastróficos, a la par que de

cauce democrático y respaldador de las acciones y directrices de los Gobiernos del presidente Suárez.

Hasta ahí los despliegues, maniobras y contrastaciones han cubierto sus objetivos. Ciento sesenta y cinco

diputados y 106 senadores son una respuesta triunfal suficiente, para el desarrollo de una campaña

parlamentaria eficaz, sin contar con los representantes descolocados —y nostálgicos de sus días de

poder—, ansiosos por volar en socorro del vencedor y recuperar posiciones que pensaron inamovibles.

Sin embargo, ¿van a ser las Cortes el campo esencial de las batallas profundas y delimitado-ras de la

UCD? Si se piensa con detenimiento, su función parlamentaria es más que presumible que haya de

polarizarse en la instrumentación de una coraza gubernamental. Sin que deba descontarse el deterioro que

esa acción pueda suponer ante la masa que le asistió con sus votos el 15 de junio. Vayamos a cuentas. La

UCD, a semejanza de casi todos los partidos constituidos desde el Poder, se aproxima a un irreductible

cajón de sastre. Desde el Partido Popular —fracción que ha conquistado el mayor número de escaños

dentro de la agrupación— hasta los varios grupúsculos de apellido regional, se despliega una voluntariosa

gama de encauzamientos para la democracia, con etiquetas distintas: demócratas cristianos, liberales,

socialdemócratas, independientes, etcétera, cuyo nexo clave ante la confrontación de las urnas fue

establecido en torno al nombre —y la circunstanciabilidad— del jefe del Gobierno. De un modo u otro —

desde fuera o desde dentro— cada uno de estos grupos expresó, con graduada intensidad, avances de

disentimiento, oposición, cambio o ruptura frente al régimen de Franco, en una matizada serie de plantea-

mientos sustitutorios, motivados tanto por lo ideológico como por lo operativo, generacional o la simple

seducción oportunista, tan atrayente en cualquier período de cambio. Ante estas breves enunciaciones de

la UCD en estos momentos se abren no pocos interrogantes, que intentaremos analizar —aunque la

palabra resulte quizá un tanto presuntuosa—, seguida y rápidamente. He aquí algunas de estas preguntas

críticas e interesadas: ¿Podrá superar el partido del Centro Democrático el circunstancialismo oportunista

de su alineamiento y constituirse en elemento estabilizador de la joven democracia española?

¿En qué terrenos electorales habrá de moverse la UCD si aspira a mantener su actual preponderancia?

¿Hasta dónde las masas que se inclinaron —y se inclinan— por la moderación en el ritmo y mecánicas

del cambio proseguirán prestando su apoyo a la UCD? ¿En qué medida incidirá, a los efectos de un

estrechamiento de base o un sensible despiece, cualquier vaivén o disyuntiva de poder en el partido del

Presidente?

 

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