Autor: Tusell, Javier. 
   El búfalo     
 
 El País.    18/08/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

TRIBUNA LIBRE

El búfalo

JAVIER TUSSELL

Emilio Romero escribió en una ocasión que la política española parecía estar presidida por un grupo de

artistas y un búfalo. Los artistas —en ocasiones casi podría decirse funambulistas— serían Adolfo

Suárez. Felipe González y Santiago Carrillo. Todavía habría, sin embargo, que hablar de otro artista,

quizá con mayúscula, que ha intervenido por encima de los ya citados. El búfalo era y es. desde luego.

Manuel Fraga. Yo no sé si la intención de Emilio Romero era hiriente o tan sólo descriptiva, pero parece

indudable que pudo ser lo segundo sin llegar a lo primero. A fin de cuentas hace varias décadas cuando

Ortega se refería a Joaquín Costa en términos laudatorios, lo describía «dando al aire bramidos como un

búfalo viejo desde el fangal de un barranco» En el dirigente de Alianza Popular lo que podríamos definir

como «el estado de bramido» no es. en absoluto, infrecuente, sino más bien todo lo contrario. Sin

embargo, lo que verdaderamente más llama la atención es el poderoso efecto autodestructivo que tiene

como resultado inmediato. El señor Fraga está muchos codos por encima de algunos de sus adversarios,

en lo que respecta a cultura, capacidad de trabajo y oratoria parlamentaria: es un animal político puro y

muchas cosas de las que dice son sensatas y oportunas. Pero llega el momento en que profiere un bramido

y viene a dar óptimos argumentos para quienes piensan (quizá sin razón) que no merece haber traspasado

el umbral de la transición a la democracia. Supo darse cuenta de que en el punto de partida de la carrera

electoral del 15 de junio era necesario que partiera el primero, pero erró gravemente en cuanto el

contenido de su campaña, confundiendo a España con quienes acudían a sus mítines: se pasó meses

enteros presentándose como una reedición de Cambó o de Cánovas, pero demostrando una inequívoca

propensión al «pronto», luego le llegó la hora de enfrentarse a Santiago Carrillo en el Parlamento y no

tuvo otra ocurrencia que sacar la caja de los truenos y obsequiar a los diputados con una prédica que

recordaba a los años treinta. Ahora, con el proyecto constitucional, ha sucedido algo parecido. El papel

que el señor Fraga ha jugado en la redacción del texto que se somete a la consideración del Senado ha

sido notorio y todos los españoles se lo deberían agradecer. Sin embargo, llegado el momento de la

verdad, de nuevo un bramido parece interponerse entre el señor Fraga y lo que presumiblemente era su

estrategia. Durante meses, el señor Fraga ha insistido en dos cosas: en que él era el centro-derecha y que

era necesario una especie de realineamiento político, con las alianzas precisas para que el país fuera go-

bernado de otra manera. Ahora bien, no tiene sentido repetir machaconamente que se es de centro, con un

afán posesivo y la exigencia, incluso, de una patente de invención que resulta pretenciosa, si luego, a la

vuelta de poco tiempo, se carece de algo tan habitualmente identificado con esta postura como es el

sentido de la posibilidad. La Constitución puede resultar ambigua o incluso chapucera en alguno de sus

apartados: puede provocar la indignación accidental a la hora de la lectura de uno de sus artículos. Lo que

no puede ser es el programa de un partido, como tampoco puede modificar, por sí sola, el entorno

político. En definitiva, lo que los diputados de AP han expresado al abstenerse es que desearían que los

nacionalistas vascos y catalanes no fueran nacionalistas vascos y catalanes. Sucede, sin embargo, que la

situación es como queda descrita y no lleva trazas de cambiar. La evidencia de una transacción se impone

y parece obvio que en éste como en tantos otros temas otros grupos políticos han dejado jirones de sus

programas. Pero, además, la abstención ante el proyecto constitucional aisla, sin posibilidades de pacto, al

grupo parlamentario de Alianza Popular. En realidad, con Unión de Centro Democrático las posibilidades

de acuerdo eran escasas, porque ello pondría la esencia misma de la transición y porque, en definitiva,

hay importantísimas razones personales que lo impiden, como la de que Fraga ha considerado siempre a

Suárez un «peso ligero» y éste le ha retirado a aquél de un protagonismo de primera magnitud en la vida

política con muchos años de antelación a lo que en principio era pensable. Ahora, la Constitución se

puede convertir en una barrera infranqueable entre AP y UCD. Y sucede exactamente lo mismo con

Areilza, con el que Fraga ya no se entendió ni antes del primer Gobierno de la Monarquía ni durante

él. De manera indirecta, pero perfectamente clara, el voto de los parlamentarios de AP ha hecho inviable

la operación de la llamada Nueva Mayoría. De ahí que la situación actual y las perspectivas de futuro de

Alianza Popular sean de perplejidad y de incertidumbre. El electorado de AP es, cuando menos, reticente

a la democracia como forma de Gobierno y algunos de sus diputados han evolucionado con excesiva

premura del Estado de obras al «humanismo». Ahora, en vez de ofrecer una línea consistente hacia la

democracia a ese electorado, sus dirigentes pueden hacer que AP consista en votar sí, no, o no votar en el

referéndum constitucional. Mientras tanto, el señor Fraga, que demostró un apetito de Pantagruel a la hora

de presidir el referéndum de 1966 exhibe la oratoria de Catón al referirse a las próximas elecciones

generales, cuando pide un Gobierno imparcial para hacerlas. Se ha dicho —lo ha escrito Ricardo de la

Cierva— que el señor Fraga es «incombustible» y ello es probablemente cierto. Parece también que con

esta táctica vendrá a resultar también irreproducible, en el sentido de que tal actitud le aleja de las

posibilidades electorales de una derecha democrática y le reduce al marco estrecho, pero duradero, de una

derecha a secas. Desde un punto de vista partidista esto puede resultar satisfactorio, pero, por encima de

tal actitud, no cabe duda de que sería muy útil para el país una reconsideración de la postura aliancista en

el sentido de un voto afirmativo a la Constitución. De esa manera sí que se esbozaría una efectiva

evolución hacia la derecha democrática.

 

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