"El centro soy yo"     
 
 Diario 16.    26/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

«El centro soy yo»

El presidente Suarez ha decidido jugar a la política de partidos y se ha llevado la primera baza. La salida

de Areilza del Partido Popular y del Centro Democrático después de su visita a la Moncloa, descubre la

hasta ahora ignorada estrategia electoral del presidente de la transición que no se resigna a ser un- político

de transición. Al lado de sus motivaciones personales —tan comprensibles ´en un hombre joven que se

encuentra en el cénit del éxito— no le faltarán a Suarez argumentos políticos: hay que frenar a Alianza

Popular y él se considera el único capaz de impedir su triunfo. Y como los "condottieri" del

Renacimiento, qué seguros del prestigio de su espada se concedían el derecho de elegir huestes, Suarez ha

decidido que el Centro Democrático sea su mesnada electoral. "Venid conmigo, que yo os llevaré a la

victoria", tal parece ser la tentadora oferta hecha a los líderes de la maltrecha coalición.

Lo que resulta más penoso es que para alcanzar tal resultado sea preciso dejar en la cuneta a un hombre

como el Conde de Motrico, que ha jugado un papel tan señalado en la difícil gestación democrática que

todavía nos embaraza. No está el país sobrado de figuras políticas de la talla de Areilza y tiene algo de

despilfarro prescindir de sus servicios y de su experiencia en un momento que son pocas todas las asis-

tencias que contribuyan a consolidar la democracia. Debe señalarse, en todo caso, un gesto de

generosidad no muy frecuente en el mundo político.

Los actuales partidos apenas si tienen otro capital político que el de sus dirigentes, como corresponde a

esta fase inicial de su evolución. Faltan las estructuras capaces de hacer de ellos entidades autosuficientes

y sin sus líderes apenas si son algo. Son, con todos sus inconvenientes y en gran medida, organizaciones

fulanistas como lo muestra esa costumbre periodística de identificarlos por sus dirigentes. Cada partido es

de alguien. Debe intentar superarse esta situación de personalismo excesivo, pero sería ingenuo

desconocerla y, sobre todo, lo que no representaría ningún progreso es sustituir un fula-nismo por otro.

Deshancar a Areilza puede ser así un flaco servicio prestado al Centro Democrático si es para convertirlo

en un feudo del presidente al que podría servir como máquina electoral, pero a cambio, quizá, de la

definitiva esterilización política de ese Centro.

El presidente Suarez tampoco puede pretender desprenderse de toda su trayectoria política tan

estrechamente vinculada, en toda la primera y más larga parte de su recorrido, con el franquismo. Y no se

trata de caer en el mal gusto de recordarle a nadie episodios políticos de otros tiempos en bu^na hora ya

pasados, sino de señalar que la robusta personalidad política del presidente coloreará necesariamente al

grupo político escogido por él como propio. De ahí se pueden derivar daños muy serios para nuestro

futuro democrático. Esto explica la preocupación de algunos políticos incluidos en el Centro

Democrático, que después de haber mantenido Una neta actitud de oposición al franquismo, temen ahora

verse implicados en una operación que por el significado de quienes asumen su gestión y por los intereses

con los que podría quedar conectada, correría el peligro de convertirse en una forma de neofranquismo.

Tener que adoptar a estas alturas un tono azulado aunque sea un azul descolorido, es para muchos, sen-

cillamente, indigerible.

El presidente ha puesto sus cartas boca arriba. No se conforma con pactar con el centro, sino que hace del

Centro algo suyo. Este "el centro soy yo" de Suarez puede ser decisivo para las elecciones. Pero hay que

tener presente que las elecciones no son el "happy end" del romance, sino el comienzo de una larga

marcha. Y no eludir ahora las ambigüedades puede generar más tarde la gran confusión.

 

< Volver