Autor: Lasuén, José Ramón. 
   La margarita electoral     
 
 Pueblo.    30/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 30. 

LA MARGARITA ELECTORAL

ESPAÑA tiene la rara oportunidad histórica de pasar de una dictadura a una democracia, a través de ia

implantación de una monarquía constitucional democrática de corte europeo, a condición de que los

diferentes actores respeten los límites de viabilidad de ese modelo de transición. Porque si se incumple

esta condición del proceso de evolución política se radicalizará con peligro de revolución o, más

probable, de contrarrevolución.

No parece que los actores comprendan bien sus límites de acción o sean capaces de respetarlos. Voy a

intentar delimitarlos. No para ellos, que es su obligación conocerlos, sino para el público, a fin de que

pueda juzgar su respectiva competencia.

El Rey tiene que asentar la Monarquía sobre una democracia auténtica, completa y eficaz. Una

democracia que no discrimine contra nadie y que haga una política económica positiva y progresiva. En

términos más precisos, una democracia que integre a los franquistas y a los antifranquistas; lo que exige

la formación de un Gobierno de coalición poselectoral de franquistas reformistas y antifranquistas

moderados, del que queden excluidos los extremistas de ambos sentidos, tras la protección y defensa de

sus derechos e intereses legítimos. Tiene que ser, ademas, ana coalición eficaz. No sólo tiene que

promover la redacción de una constitución moderna que garantice la convivencia sobre la base de una

reconciliación efectiva. Tiene que resolver cuanto antes la gravísima situación económica del país.

Hasta la fecha, un gobierno franquista reformista ha preparado eficazmente el camino hacia unas

elecciones de las que puede salir esa coalición, posponiendo a ese fin la política económica precisa, que,

objetivamente, no podía realizar sin el concurso completo del país.

Falta la etapa final. La más difícil; que es asegurar el triunfo electoral de franquistas reformistas y

antifranquista* moderados, de forma que su pacto posterior sea viable y eficaz.

Es una tarea difícil en sí misma, que se ha complicado adicionalmente por tres hechos de similar

gravedad:

1.El sacrificio electoral, necesario para garantizar la neutralidad del proceso, de la mejor dase política del

franquismo reformista, que es el Gobierno y la Administración, ha disminuido el poder de convocatoria

de este sector, imprescindible para el equilibrio de la transición. 2. Su marginación anticipada lia

consolidado el franquismo conservador como fuerza electoral potente, que, con su alto voto potencial,

puede desequilibrar todo el proceso. 3. La dificultad de pacto de los antifranquistas moderados, debido al

radicalismo utópico de mis bases, fruto de su forzosa inexperiencia política, reduce su opción electoral

por debajo de sus límites posibles; por debajo, también, de las necesidades de equilibrio de todo el

proceso.

Del análisis de estos hechos, a lo largo de los últimos meses, y para superar sus preocupantes

consecuencias, se han derivado varias estrategias electorales.

La primera, que otras veces he llamado de «tres sectores», consistía, porque hoy está ya abandonada, en

agrupar las fuerzas políticas en tres grandes grupos: 1. Franquistas conservadores. 2. Franquistas

reformistas y antifranquistas moderados, y S. Antifranquistas radicales.

Este modelo, propiciado inicialmente por el Gobierno, incluirá la condición de qne el liderazgo del centro

correspondiera a la democracia cristiana y el «le la izquierda a los partidos controlados por el socialismo

europeo.

En su puesta en practica fue raptado por una pequeña pero hábil y poderosa burguesía liberal, que, tras

pactar implícitamente con la izquierda, se apropió del modelo y de su liderazgo, en repeti-

ción exacta de todas las restauraciones democráticas del siglo XIX y XX. fallidas todas ellas.

Al inclinarse a su izquierda, y para relacionarse directamente con el proletariado radical, ha favorecido

dos desarrollos: El incremento de la Alianza Popular, que esta absorbiendo a la clase media franquista

moderada, marginada por esa táctica, y el desarrollo del centro-izquierda, que está recogiendo la clase

media antifranquista y el proletariado moderado.

Esta actuación, movida por una Ambición de poder monopolice irreal, por su estrecha base, típica de la

burguesía ilustrada española, ha obligado, finalmente, a una reestructuración de su liderazgo, en forma

más cercana al propósito inicial del Gobierno.

Ha llevado también a la aceptación del modelo alternativo de cambio. A la aceptación forzosa del modelo

de cuatro sectores: 1. Franquistas conservadores, 2. Franquistas reformistas. 3. Antifranquistas

moderados, y 4. Antifranquistas radicales. Modelo que durante un tiempo crítico ha sido boicoteado romo

utópico, en clara irreflexión sobre las necesidades objetivas de la transición.

Que hoy es el Anteo esquema político viable que se puede probar de varias formas. En primer lugar, y

positivamente, porque es el único que permite unas elecciones medianamente claras y auténticas. Unas

elecciones en las que

Por José Ramón LASUEN

sea el pueblo, a través del voto, y no el pacto previo entre caciques, quien determine la fuerza relativa de

los grupos que han de coaligarse posteriormente; lo que es la mejor garantía de la eficacia política social

de esa coalición. En segundo lugar, y negativamente, porque la izquierda radical ha fallado totalmente en

su intento de controlar el mnndo obrero, gracias a que éste, más inteligente que nunca, ha rechazado,

categóricamente, el ser manipulado no sólo electoralmente, sino sindicalmente; con lo cual, la izquierda

radical ha perdido el interés que tenía para la derecha, que quería asegurarse la paz social mediante la

compra política de sus lideres.

La gran cuestión, por tanto, que queda por resolver no es ya si deben ser tres o cuatro las grandes fuerzas

electorales. Esto está decidido. Sólo pueden ser cuatro, aunque externamente fragmentadas. Lo que queda

por determinar es si no es demasiado tarde para poner en marcha esa estrategia y, en todo caso, cómo

reforzarla.

Todos los intentos para convencer a Suárez, (¡ara que se presente a la» elecciones, y a que lo haga por

uno u otro sector del centro, revelan el sentimiento generalizado de reforzar la operación de cuatro

sectores, con el crédito del presidente.

De la misma forma que los que se oponen a su candidatura, los franquistas conservadores, la burguesía

ilustrada y el proletariado radical revelan con su conducta que lo que quieren en común, por razones

distintas, fáciles de comprender en cada caso, es que se retorne al modelo de tres fuerzas.

Es arduo pronunciarse respecto al tema de la reelección de Suárez. Sin embargo, es imprescindible, para

evitar la confusión existente. Para hacerlo con objetividad es necesario un pequeño análisis.

Lo ideal para el país, para la democracia, sería que el presidente continuara, durante todo el período

constitucional, en el papel de arbitro, entre franquistas y antifranquistas, que ha jugado en el proceso de

reforma política previo. Y que para gobernar, porque hay que gobernar, hay que resolver la crisis

económica.; d«be rodearse de un equipo de coalición de su confianza. Lo mejor sería, por tanto, que el

presidente no fuera beligerante en las elecciones.

Pero á lo mejor es enemigo de lo bueno. Suárez no puede correr el riesgo de que las elecciones produzcan

un retroceso en el camino andado. Si los demó-cratacristianos y liberales, de una parte, y los socialistas

democráticos constitucionales, de otra, no se integran prontísimo, y ofrecen alternativas electorales serias,

el presidente tendrá que intervenir, en beneficio del país, para evitar que las elecciones conduzcan al

continuismo o a la ruptura,

¿Contó? ¿Presentándose? ¿Con quién?

He dicho otras veces que es redundante que se presente solo y por Avila. Bso sólo serviría para

legitimarse y no lo precisa; su obra es suficiente.

Si se presenta, lo ha de hacer encabezando un sector o sectores para corregir los errores de ios demás y

obtener, con su popularidad, la mayoría que exigen los límites de viabilidad del proceso de transición

global.

Para hacerlo así tiene dos opciones: Puede actuar como político o contó estadista.

Si actúa como político, ha de seguir, quiéralo o no, disguste o agrade a quien sea, sus preferencias

ideológicas, cualesquiera, que fueren. La razón es evidente. Al presentarse partidistamente incurrirá,

automáticamente, en un alto coste. Perderá su papel de arbitro. Por consiguiente, la necesidad objetiva de

equilibrio global del proceso le forzará a intentar que el sector que escoja resulte cuasi mayoritario, lo que

a su vez acarreará el antagonismo de los demás. En estas circunstancias, claramente previsibles, es

inexorable que tenga la absoluta seguridad sobre el apoyo de la mayoría, que habrá reforzada con su nom-

bre. Eso sólo lo puede conseguir con la fidelidad ideológica de su adscripción.

Si se presenta como estadista, cuyo primer deber es instaurar la democracia a través de la Monarquía,

tiene que hacerlo de forma que salve su papel d* arbitro constitucional. No puede favorecer al franquismo

sobre el antifranquismo; rancho menos a, democratacris-tianos sobre socialistas, o viceversa. Por

exclusión, en este caso, su única solución consiste en encabezar una alianza conjunta de todas esas

fuerzas, muy difícil de lograr.

Creo que tes dudas del presidente indican que está analizando seriamente estas alternativas, que la clase

política, en su partidismo, no considera. V es aventurado prever su decisión, porque existen otras

soluciones al problema que nadie menciona.

Hay una, que creo verosímil, debido a la peculiar forma de esta transición. Bajo el supuesto de que lo más

importante para todos es no romper el mecanismo fie cambio con que nos ha regalado la Historia; bajo el

supuesto adicional de que este mecanismo exige un arbitro, y que existe uno ya probado, creo que es

posible que Suárez, sin presentarse, pueda, ser suficientemente beligerante en las elecciones; lo bastante

para garantizar la mayoría parlamentaria que «I país precisa. Estimo que el presidente puede decirle al

país, que le escuchará y atenderá, qué debe hacer para ayudarle a cumplir su función.

Su mensaje puede ser muy simple y positivo. En primer Ingar, y para borrar viejos miedos, debe explicar

al linis que es igualmente patriótico votar a las derechas o a las izquierdas. Tras ello, puede añadir que

para hacer la Constitución y la política económica que se necesita, precisa disponer de un» mayoría de

centro-derecha y centro-izquierda.

Y después, que el pueblo decida, que es más duro de lo que muchos piensan.

 

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