El presidente y las elecciones     
 
 Arriba.    20/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL PRESIDENTE Y LAS ELECCIONES

EN las democracias con tradición democrática los grupos políticos llegan a adquirir una marca de fábrica

a la que son leales, por afinidad o por rutina, ojíentelas relativamente estables. Sólo de tarde en tarde, en

ocasiones excepcionales que crean un hombre excepcional o por el efecto de la capacidad de hombres

singulares para promover tensiones, las clientelas se contunden, superando las tradiciones y culturas

nacionales que las mantienen en sus compartimentos tradicionales.

En este país, un viejo país democrático sin tradición democrática, la efectividad del cambio de régimen y

su estabilidad dependen de míe se establezca una triple sintonía: la temperancia y buen sentido de una

ancha mayoría prudente y valiente no ideologízada en términos de partido; la fuer, za simbólica y

testimonial de la Corona y su primer vicario, y la cordura, inteligencia política y espíritu de sacrificio de

su clase política. Nosotros pensamos que por ese orden precisamente.

En las actuales circunstancias, el advenimiento de la democracia de Junio no vendrá de la mane de los

partidos políticos. Serán los líderes políticos los que instalarán el marco democrático y consolidarán

después los partidos políticos que sirvan de cauce y nutrición al sistema democrático. No puede ser de

otra manera. La democracia española será de integración o no será nada. El espectáculo de los partidos

parece sugerir y atribular con un morbo fatal de disgregación el futuro político de nuestra varia, desigual,

complicada y vacilante, pero única, comunidad nacional. Por ello, el papel más alto se reserva a aquellos

hombres que den la medida de] actual requerimiento histórico, sobreponiéndose a la fuerza centrífuga de

los partidos y consigan convocar junto a sí a la mayoría del pueblo. Decimos sobreponerse a los partidos,

no sustituir a los partidos. Con carácter ejemplar, aunque pava bien de este país, no exclusivo, el

Presidente Suárez ha conseguido conjuntar las notas que le presentan como político de Estado, no de

facción. En una medida difícil de delimitar, el Presidente es creación de sí mismo y creación colectiva del

pueblo español. Es una creación inconsciente y sabia, que responde af reflejo del profundo deseo de

integración en estos momentos en que la disgregación amaga como el riesgo más severo para nuestro

próximo destino. El éxito del Presidente es haber dado la sensación de que su labor integradora ha ido

mucho más allá del interés personal. Quien de modo sustancial y duradero capitaliza su gestión es,

primero, España, y después, íntimamente fundida, esa abstracción tangible que es la Corona.

Desde que hace pocos mes.es el Presidente, entre el retraimiento, la malevolencia y la expectación

negativa de (untos, iormó un Gobierno de Subsecretarios, en la peyorativa expresión menos acida

de algunos, este país ha vivido su calvario y su !f-beración pulso a pulso. Día a día, ese Gobierno de

Subsecretarios ha superado sin descomponerse ni desviarse de su designa democrático, los acosos y

tremendismos que después se revelaron supe, rabies: ¡a ruptura agria y vociferante, la subversión, la

reacción, el terrorismo, todos los tabús y todos los pésimos augurios que se le formulaban sin desmayo de

hora en hora. El Gobierno ha conseguido superar intacto incluso la acción corrosiva del ingenio político

español, lo que no es prueba fácil.

Nueve meses después, la figura det Presidente ha adquirido el más alto valor integratlor, identificando con

su gestión y actitudes a muchos que fueron franquistas y a muchos que no fueron franquistas; a aquellos

que no son antimarxistas, sino que simplemente no son marxistas; a aquellos que quieren el cambio con

naturalidad y sin ira; a los que desean la vigencia de un régimen de libre iniciativa, pero sienten, como

suya la vocación de nuestro tiempo; a aquellos que piensan que algo de razón existe en todas partes y la

mayor razón consiste en atender honestamente todas las razones; a los que conciben la vida común entre

diferentes, como ejercicio que lleva de consumo la alegría y la fatiga.

El Presidente, por su condición de político, cuenta con la sensibilidad y los medios para conocer su grado

de aceptación en la opinión pública. Hubiera podido ceder a la tentación de una dictadura comisoria para

asegurar los primeros pasos de la andadura democrática. Sin embargo, sometió a las Cortes la ley para la

Reforma Política y la hizo plebiscitar posteriormente. Hubiera podido prestar oídos a los que sin duda le

acercaban a Ja memoria el precedente del Gobierno provisional de la II República en el que —en parecida

situación constituyente— el Presidente y los Ministros se presentaron desde sus cargos a las elecciones.

Sin embargo, el decreto-Iey sobre normativa electoral incompatibiliza a todos los altos cargos que él

mismo ha nombrado.

Respetuoso con un pasado digno y sensible a las razones tle una oposición política igualmente digna, el

Presidente es hoy mucho más que un mal menor para unos y otros. Es un territorio moral y una figura de

confluencia positiva y estimulante para muchos que se consideran antagonistas entre sí.

Nosotros, cara a las elecciones, no pretendemos introducirnos, ni siquiera a título de sugerencia, en las

intenciones del Presidente. Únicamente opinamos que reúne títulos sobrados para apelar a] pueblo y que

su estatura política no puede, ni debe, ser disminuida por los intentos de apropiación de ningún grupo

político específico.

 

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