Autor: Onega López, Fernando. 
   El presidente     
 
 Arriba.    01/05/1977.  Página: 1, 9. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

EI PRESIDENTE

ADOLFO Suarez regresó o Madrid. Las primeras páginas de ios periódicos se dividen en dos

tendencias: quienes aprecian el éxito ínter nacional del Presidente, y quienes indagan en las

vertientes que afectan a la política interior, Y es que ambos aspectos, con ia perspectiva del

retomo, resultan inseparables. Suárez, evidentemente, se ganó a la Ad ministración

norteamericano. Pero Suárez, que dentro de unos días será candidato al Congreso de

Diputados, retorna con su imagen fortalecida, con un prestigio acrecentado y con una clarísima

consolidación de su personalidad política. La gira americana del Presidente marca, por tanto,

una línea divisoria; hasta su llegada a Madrid, el Presidente desarrolló una po Ittica de Estado.

A partir de su anunciada alocución al país, será un líder condicionado por el dictamen de unas

elecciones, y no es mal principio que comience por someterse a ese veredicto, tal como

anunció en Washington.

Pero pienso que es temerario reducir el alcance de su «semana americana» a! tema electoral,

aunque este asunto haya consumido el mayor tumo de preguntas de los periodistas. No puede

reducirse a eso por varias razones. Primero, porque, en Méjico, Suárez abrió las puertas a una

gran política de objetivos nacionales, al poner una nueva piedra en ese sueño de la comunidad

hispánica de naciones. Segundo, porque hizo más que nadie en la tarea de consolidar a la

Monarquía al abrir los brazos a la España del exilio. Tercero, porque allí mis mo clausuró

brillantemente un ciclo de cuarenta años, y ello debe, de alguna forma, significar el clerrq de

otra secuela de ía guerra civil. Cuarto, porque en Estados Unidos presentó con dignidad la

imagen de una España nueva que, en su conjunto, tiene una dimensión su períor a la dialéctica

de un par tido. Y quinto, porque el apoyo norteamericano no es un apoyo a un grupo de

personas, sino al proceso general de democrati zación del país. En este sentido, las palabras

de Cárter han sido muy explícitas.

EL PRESIDENTE

Lo que ocurre es que, inevitablemente, los rostros visibles de este proceso son el Rey y el

Presidente de su Gobierno. El Monarca, como impulsor, y el Jefe del Gabinete como ejecutor.

Es absolutamente lógico que esto se cristalice en determinados resultados en las urnas.

La grandeza de espíritu de Suárez est sin embargo, otra. La expresó en la famosa conferencia

del «National Press Club»: «Lo que hago está en función de ser hoy Presidente del Gobierno

español.» Este hombre, cuyo gran compromiso histórico es concluir la transición, y cuyas

funciones están sup editadas —a u n q ue constitucional-mente no sea así— al resultado del

proceso electoral, sabe no detener la política cuando sería más fácil y cómodo esperar a tener

el respaldo indiscutible del voto popular.

No obstante, la pregunta sigue siendo si Suárez, con su apelación a las inversiones en la

Cámara Hispano-Americana, con sus conversaciones con los financieros, ha hipotecado de

alguna forma el país y su futuro. Ya he dicho en las últimas crónicas que las

multinacionales qu i e r e n democracia porque democracia les equivale a dividendos, y la

estabilidad política derivada del éxito de la «operación Suárez» equivale a la garantía de sus

negocios. Y la respuesta debe ser, urgentemente, negativa. El Presidente recalcó una y otra

vez que no acudió a les Estados Unidos a pedir nada. Las inversiones exteriores siguen siendo

necesarias y, en definitiva, lo que define las conversaciones en Nueva York y Washington es

una decidida voluntad española de alinearse en el bloque occidental de naciones en el que, de

alguna forma, los Estados Unidos continúan siendo los arbitros.

Suárez regresó a casa. Personalmente se dispone ahora a plantear la batalla electoral, y para

la Historia, si estos hechos caben en ¡a Historia, debe quedar otra imagen del gran cambio.

Cuando se habla de la presentación de una nueva España, no se está utilizando ningún tópico.

López Portillo aludía emocionada-mente al acceso al poder de dos españoles que no habían

vivido la guerra. Cada acto, cada gesto, cada presencia de Adolfo Suárez en Méjico, en Nueva

York o en Washington tenía, sin duda, un sello de novedad, el encanto de la juventud y de

tener delante a! ar´u fice de una nueva situación política.

Este fue e´ Adolfo Suárez que se pudo ver en América: la nueva generación de españoles no

dife-rc-ntes que en algún momento son capaces de de-volvede a un país la confianza en sí

mismo-

Fernando ONECA (Enviado especial a Méjico y USA)

Domingo 1 mayo 1977

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