Suárez y la legalización del "PCE"     
 
 ABC.    05/05/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC. JUEVES 5 DE MAYO DE 1977. PAO. 2.

SUAREZ Y LA LEGALIZACIÓN DEL «P. C. E.»

Con indudable inteligencia y haciendo uso generoso de su capacidad de convicción, el presidente Suárez

aclaró, y suavizó, en su discurso televisado, el espinoso y oscuro tema de la legalización del «Partido

Comunista de España». Explicó, como cuantos le escucharon o leyeron sus palabras recordarán sin duda,

la evolución —formal, cuando menos— del citado partido, desde la aprobación por las Cortes de la ley

para la Reforma Política, en julio del pasado año, a la presentación de sus Estatutos, acogiéndose al nuevo

marco político instrumentado por la aprobación masiva del referéndum del 15 de diciembre. Y argumentó

que ni el Gobierno ni nadie puede iuzgar sospechas, sino conductas.

No hubiésemos vuelto al tema de esta legalización, sobre la que ya nos pronunciamos con suficiente

claridad en nuestro editorial del 17 de abril, acatando la decisión gubernamental, aunque no nos gustase,

ni en su fondo ni en la forma en que había sido realizada, y manifestando que apoyaríamos cualesquiera

medidas de! Ejecutivo hacia la distensión política y ía concordia.

No hubiésemos aludido de nuevo a este hecho si no hubiera sido por la reiterada insistencia con que el

presidente Suárez se refirió al mismo. Insistencia que tan sólo cabe explicar por la necesidad —que

compartimos— de que no queden puntos negros en cuanto a la postura adoptada, >t sus razones y

motivos más íntimos y sustanciales.

Durante diez minutos aproximadamente, de los treinta y tantos que duró su mensaje, el presidente expuso

la decisión gubernamental —y asumió toda la responsabilidad que la misma comportaba—, afirmando las

ventajas de lo qu« para él suponía acabar con los peligros de una clandestinidad evidente; la conveniencia

de que las reglas del juego se aclarasen hasta sus últimos extremos, sin exclusiones ni discriminaciones de

principio, eliminando «enemigos invisibles», y la necesidad de hacer absolutamente sinceras las

elecciones, «para que nadie pueda argumentar, en perjuicio de la estabilidad nacional, que no hubo

igualdad de oportunidades».

Sinceramente respetuosos de la argumentación presidencial, que sin duda disipó, para una grandísima

parte del país, las sombras que la famosa legalización arrojó sobre sus convicciones más firmes y

luminosas; aceptando de nuevo la limpieza de intenciones que movió al señor Suárez, con su Gabinete, a

tomar tal decisión, evidentemente histórica, y_ conscientes de que la atmósfera necesaria para que España

entera respire el deseable clima de respeto, concordia y entendimiento entre sus distintos sectores de la

opinión pública, no se logra sin renuncias y sacrificios ciertos por parte de todos, debemos, sin embargo,

subrayar una circunstancia que no habrá pasado inadvertida para nuestros lectores.

¿Por qué retrasó el presidente Suárez tan copiosa y positiva explicación? Los argumentos y

razonamientos, evidentemente claros y pronunciados con afán de agrupar y no de separar a los españoles,

que oímos al presidente, expuestos en su momento, en el momento de la legalización, hubieran evitado,

seguramente, gran parte de las tensiones que sucedieron a la misma. Calcular que el señor Suárez contaba

con la serenidad del pueblo español y con su prodigiosa capacidad de digestión política, factor sobre el

que se asienta buena parte de las seguridades de que disponemos para un futuro de democrática

convivencia, y que por ello dejó pasar tres semanas de silencio, no pasa de ser una suposición, una

hipótesis. Pero, de todos modos, según sabe el español de toda ciase y condición, nunca es tarde si la

dicha es buena.

Hay que esperar que esa dicha de la comprensión, que significa la admisión de todos los grupos políticos

en las urnas, no vuelva a verse amenazada, que la tardanza en las explicaciones no haya traído aparejada

ninguna decepción mayoritaria que sea irreversible, y que los datos de la realidad, que tan hábilmente

fueron manejados ante los ojos y oídos de millones de españoles, sigan enfriando sentimientos que no es

posible calcular con precisión.

Ahora —según afirmó también el presidente Suárez— actuará la Ley, ante la que todos, en el momento

de comenzar la carrera hacia las urnas, somos iguales, y no cabe tener miedo más que al mismo miedo.

No parece posible olvidar, por obra y gracia de una decisión oficial, que ya ha tenido su comentario entre

el pueblo español, con independencia de su edad y condición, el totalitarismo que impregna

sustancialmente al comunismo, tanto moderno como tradicional. Pero sí lo es aguardar, atentamente,

aunque sin, «ds-paciones, a comprobar ¡o que hasta ahora no ha dejado de ser una verdad histórica con

más de medio siglo de trayectoria inequívoca.

Tenemos hoy —y, en esto, nuestro acuerdo con el presidente Suárez no admite fisuras— una posibilidad

clara y abierta de consolidar un sistema de libertad, y no estamos dispuestos a que s« pierda o se malogre.

 

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