Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   El discurso del señor Suárez (II)     
 
 ABC.    06/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ABC. VIERNES 6 CE MAYO DE 1977.

APUNTE POLÍTICO

EL DISCURSO DEL SEÑOR SUAREZ (II)

Escribí ayer sobre uno de los puntos clave del mensaje del señor Suárez. Hoy voy a ocuparme de los otros

dos: su apoyo al Centro y su propia presentación como candidato.

Nadie duda que es deseable que no vuelvan a enfrentarse los españoles entre sí. Pero ello no se conseguirá

sobre el supuesta de crear un centro artificial, ambiguo, claudicante y sin ideología propia. Porque no es

entregando bastiones al enemigo como se gana y consolida la paz.

Para que la tesis del señor Suárez fuera válida, para que el centro fuera lugar de unión entre españoles,

tendría que demostrar —¡y ojalá fuera cierto!— que ese centro que él preconiza está constituido por

fuerzas provinientes tanto de la derecha como de la izquierda. Y a fe que lo que vemos no ofrece una sola

opción izquierdista auténtica y sería que se le haya aproximado.

Porque no son izquierda los antiguos miembros del Frente de Juventudes o del S. E. U. que hoy corren

detrás del antiguo ministro secretario. No lo son —para los verdaderos izquierdistas— los

autodenominados socialdemócratas, cuyo izquierdismo es puesto en la picota hasta por los socialistas. No

lo son, en fin, los cristianodemócratas y liberales cuando, además, muchos de entre ellos prefieren seguir

jugando por libre. Mientras el centro no haya aglutinado fuerzas ayer izquierdistas, ese centro es y será

una parte de la derecha. Pero una parte e la derecha intencionalmente debilitada. Y la operación Suárez

sólo habrá conseguido dividir a la derecha con todos los enormes riesgos —en beneficio de socialistas y

comunistas— que esto supone.

Y ¿qué decir de la ideología centrista? Pues, sencillamente, que no existe. Ni una sola línea programática

fundamental de ese centro le es propia y peculiar. La reforma estuvo y está en los grupos que capitanea el

señor Fraga. El centro copia, y todo lo más, echa agua al vino.

Quizá lo único que distinga a centristas y hombres de la derecha es que aquéllos están dispuestos a todo

trance a hacer de las próximas unas Cortes constituyentes, empezando desde el artículo primero para

acabar con la última disposición. Tarea bastante inútil y que dificultará en extremo lo que España y los

españoles necesitan: un Gobierno que gobierne.

Y si queremos afinar aún más señalaré la verdadera diferencia entre ese centro y la derecha: el distinto

aprecio que dichas formaciones demuestran hacia la. autoridad y la observancia de las leyes. La más

grave característica del Gobierno Suárez ha sido el progresivo deterioro de ambos valores, fundamento de

todo Estado de Derecha y de cualquier comunidad política medianamente organizada. Y eso no es

«moderación». Tiene otro nombre: desgobierno bajo el señuelo de la tolerancia.

Por eso, lo que ocurre es que ese centro servía para poco sin Suárez. O sea, que hoy no es propiamente

otra cosa que el Partido del Poder. A él se apuntan los que quieren seguir mandando y sólo porque

quieren seguir mandando. Con grave riesgo de falta de credibilidad democrática como ya ha denunciado

el socialismo de Felipe González. ¿O es que alguien ignora hacia dónde se inclinan muchos, demasiados

«organismos oficiales»? No basta con renunciar a hacer campaña propia y personal, como ha prometido

el señor Suárez. No basta conque el escrutinio sea transparente. Es precisa la neutralidad total de todo el

aparato del Estado desde la captación de candidatos hasta la inhición de los distintos posibles implicados

en todo el proceso electoral que además formen parte del aparato oficial. ¿Será así? Hay síntomas que

justifican la duda. Esperemos que no se confirme.

Pero, en todo caso, la presentación como candidato del señor Suárez no ha despejado la duda de la

desaparición objetiva de las suspicacias que la normativa" electoral prevé para todos los que ocupan

cargos de responsabilidad. Sigue siendo una incongruencia, no salvada, que un director general sea

inelegible y no lo sea el presidente del Gobierno. Y así, padece más la credibilidad democrática de estas

elecciones por este motivo que porque no se hubiera permitido la comparecencia en la lucha electoral de

partidos cuyo democratismo está desmentido por su historia y por su doctrina. Si era bueno para la

famosa credibilidad democrática que el «P. C.» estuviera legalizado, mejor hubiera sido que el señor

Suárez no se presentara o hubiera dimitido antes de hacerlo, como ha hecho el señor Calvo Sotelo.

Con todo, puesto que ya se ha decidido, que se apreste a ser candidato. Y con campaña o sin ella, que

todos hagamos juego limpio.—J. M. R. G.

Por José María RUIZ GALLARDON

 

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