Autor: Arroyo, Julia. 
   Los guapos siempre llevan las de ganar     
 
 Ya.    24/06/1986.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

los guapos siempre llevan las de ganar

MAS que un programa político, aquí lo que vale es tener un buen palmito. Estamos en plena euforia de la

imagen, y si no, que se lo digan a Carrillo. Siento tener que decirlo, pero es muy feo. Y hasta las

izquierdas, que ponen la estética en la ética, han pasado de su viejo líder para apuntarse a un joven

Gerardo, que no es que sea lo que se dice guapo, pero tiene, dentro de su sosería, apariencia de moderno

e, incluso, para algunas jo-vencitas les resulta el más atractivo de cuantos líderes han llamado a nuestro

voto.

Porque guapo, lo que se dice guapo es Robert Redford y entre nuestros candidatos no había ninguno que

se le pareciera.

Claro que una cosa es ser guapo y otra tener atractivo y «sex-appeal». Aquí ya entran en juego otros

factores. Observen ustedes al duque. ¡Ay, Adolfo, qué las das! Me han contado de buena tinta que más de

una señora de buen ver se disputaba un puesto a su lado en los saraos y cenas electorales. Los resultados

ahí están. Y esto es lo que cuenta. Yo misma he sido testigo de los piropos que algunas le dedicaban,

mientras me aseguraban que ellas votaban a Adolfo. Porque, decían, hay que ver lo que ha mejorado. Si

es que este chico.

JULIA ARROYO

gana con los años. Dejó sus ojeras, se plantó un «new-look» democrático y deportivo y, para mí, que, en

estos cuatro años, aprendió cómo interpretar el papel de galán maduro con algún actor de muchas tablas.

Irresistible Adolfo, qué sonrisas seductoras, qué impasible el ademán de mano sobre el cabello, qué tonos

de voz tan persuasivos.

En cambio, hay que ver lo que el poder desgasta. El terso rostro de joven inconformista, esa imagen

agresiva y dinámica de un Felipe que encandilaba a muchas ha sufrido una transformación.

Esas ojeras profundas, de tanto cuanto se ha preocupado por nosotros, no le favorecen nada, porque

acentúan la prominencia de sus mofletes. Claro que esto le da un otro y cierto atractivo.

Contradictoriamente, y a pesar de que su figura ha perdido en esbeltez, la madurez le ha impregnado de

un cierto aire infantil. Su imagen despierta instintos maternales. De verdad que sí. Muchas mujeres

maduras ven en él a ese hijo crecido, que tantos desvelos les costó, pero que se convirtió al fin en un

hombre importante, aunque para ellas siga siendo aquel niño zanquilargo e inquieto.

Le salió del alma a una: «¡Cuídamelo bien, Carmen!», gritó una sevillana

al paso de Carmen Romero en un mitin. Y es que en este país el ser madre pesa mucho y sella de por vida.

Claro que también hay muchas mujeres con un gran sentido práctico de la vida. Ellas lo que quieren es un

buen partido, que les lleve adelante con todas las garantías de una seguridad perdurable. Ya se lo decían

sus madres: «Hija, tú lo que tienes que hacer es encontrar un buen partido. Un chico de buena familia con

su porvenir asegurado.» Feo o guapo es lo de menos, lo que importa es una apariencia de persona

inconmovible. Y para ellas Manuel Fraga, que es un señor maduro y serio.

Lo que estaba más dudoso era el atractivo de Miguel Roca. Y es que ni va de Rambo por la vida ni de

tiernos morritos. Su sonrisa es demasiado beatífica. Se le veía como a un muchacho prematuramente

envejecido, con un gran sentido del deber y de la disciplina. Un prefabricado de hombre o de líder.

Además del problema de su bilingüismo: que una no se pueda imaginar en qué idioma te pueden decir

palabras tiernas es todo un hándicap, y lo ha pagado muy caro.

Pues sí, si tiene que ver el color y la estatura con las cosas del votar.

 

< Volver