Autor: Bartolomé, Gregorio. 
 El estado de la nación. 
 Los iluminados     
 
 Ya.    24/06/1986.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

los iluminados

GREGORIO BARTOLOMÉ

ESPAÑA ha sido tradicionalmente país de mucho fanático suelto o atado, según llegara a tiempo o no la

Inquisición, que a su vez era fanática. Parece que, felizmente, eso está cambiando en parte, a juzgar por

los resultados de las votaciones. Los iluminados de la derecha están en baja. Ni siquiera contabilizan

votos que les permita ser escuchados en el paraninfo de la democracia. Pueden estar agazapados en

cualquier sigla que recoja a «otros», y, de vez en cuando, salir a la calle con la bandera de todos corno

suya. Pero la cosa se queda ahí.

Sin embargo, por donde está fallando la cordura es por el Norte. Ni el PSOE ni el PNV han conseguido

frenar el frenesí de Herri Batasuna, que avanza en votos y en poder. Han conquistado democráticamente

más voz y no han retirado las pistolas de ETA.

Están en desbandada los dogmáticos de aquellas glorias imperiales , y tampoco parecen encontrar sitio

entre nosotros —gatos escaldados— los mesías, como Marx, pero a lo bestia.

Salvo mejor opinión, nos ha llegado la modernidad, en forma de respeto mutuo —pese a lenguaraces y

faltones, que los hay—; en forma de saber estar a las duras y a las maduras, con todo lo que tengamos

contra los programas electorales ratos y no consumados; de tener claro que los políticos cambian y deben

cambiar, aunque ello no suceda cuando uno quiere, sino cuando muchos; en forma de hasta de ponerse en

trance de meter la pata, porque para eso se tiene, y es tan humano: «humanuní errare esta; de poseer una

voluntad común de superación.

Nos quedamos sin extremos, por un lado, porque nos hemos dado cuenta de que —menos en fútbol— son

«viciosos». Somos, al fin, «ultramontanos» —ojo a la reivindicación, filólogos: «más allá de corsés, de

montañas físicas o rusas, más allá de lo de acá, de nuestras propias narices, de corrales de pueblo, de

provincianismos, de autonomismos, de regalismos patrios—, como corresponde a un pueblo europeo. Ahí

estamos con toda la sencillez del mundo, sin grandes gestas que realizar y sin grandes derrotas que

lamentar, a no ser la propia o la de la mediocridad colectiva, que puede invadirnos. Pero el cáncer del

Norte puede destruirnos a todos.

 

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