Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   No hay alternativa frente al socialismo     
 
 Ya.    25/06/1986.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

No hay alternativa frente al socialismo

EMILIO ROMERO

LOS 105 diputados de la Coalición Popular, los 19 diputados de Adolfo Suárez y ningún diputado del

reformismo denuncian otra vez —como en 1982— que no hay alternativa política en nuestra democracia

contra el socialismo en su facturación vigente. Esto es grave para la democracia y para nuestro país.

Podríamos estar ante una democracia con un partido de monopolio del poder, y otras puramente

testimoniales, y cuya versión más próxima —aunque no exacta— es la de México. Esto podría dar

ocasión también a imaginarse lo siguiente: que estábamos delante de una figura de «franquismo

democrático», por todas estas cosas: porque existe un personaje incuestionable en el Partido Socialista,

que es Felipe González; porque tiene un gran partido, un poderoso sindicato, unas Administraciones

Públicas rebosantes de adeptos, unas Fuerzas Armadas obedientes, y un Poder Judicial cada vez más en

sus manos. A esto hay que añadir una banca resignada y la empresa pública en su poder. Todo esto junto,

y con un Parlamento donde el control del poder no se ejerce, tiene altas dosis de un franquismo en

democracia. El gran riesgo para las tentaciones de exageración de poder, de soberbia o de arrogancia es

ser demasiado fuerte —y hasta único— en la concurrencia política o el pluralismo. Estoy seguro de que el

socialismo podría haber hecho más actos de fuerza en la pasada legislatura, porque su situación todavía

era más rotunda que la actual, y en ocasiones dio alguna muestra de flexibilidad, entre otras razones

porque ese es el mandato constitucional y las exigencias del espíritu democrático. Pero ahora el

socialismo podría tener la tentación de ejercer la segunda parte de su gran privilegio de poder. En el

pasado hizo la instalación política; y ahora podría intentar hacer la instalación social.

Ninguna sorpresa

No he recibido ninguna sorpresa con los resultados del 22 de junio. Mis lectores, y mis oyentes en las

conferencias que frecuentemente me demandan por todo el país han tenido siempre este pronóstico mío,

tanto en los textos como en los coloquios. La ruptura hacia la democracia moderna tuvo lugar con la

proclamación de la República de 1931. La derecha de entonces pudo gobernar durante dos años con la

asistencia decisoria y mayoritaria del partido republicano de Alejandro Lerroux. Y después vino el

barrido, a cargo de la izquierda, en 1936. Adolfo Suárez, tras el régimen de Franco, no obtuvo nunca una

mayoría absoluta para gobernar cuando todo lo tuvo a su favor, tenía el poder, los recursos económicos, el

temor del país a los comportamientos de la izquierda que regresaba, y hasta eso denominado «franquismo

sociológico». Y hasta se vio obligado a dejar el poder, comido o gusaneado por las propias gentes que

encumbrara. Y en 1982 el socialismo alcanzó bastante más que la mayoría absoluta para gobernar; el

pueblo español le daba «la mayoría hegemónica». Muchos políticos de la derecha o del centrismo decían

que era bueno el acceso del socialismo al poder para consolidar la Monarquía parlamentaria. Y era

verdad. Pero lo que no sabían era que echar al socialismo del poder era más difícil que haberlo metido.

El socialismo es una fuerza real, unida, jerarquizada en un líder bien asistido de expertos, con escasa

actividad crítica dentro y con una ilusión salvadora e ideológica —casi misional— contra la derecha. A

todo esto hay que añadir que el socialismo, en su militancia, estaba mal instalado económicamente y

profesionalmente en la sociedad, y entonces empezó a hacer en seguida la operación de «instalación».

El socialismo en el poder se convierte en un verdadero castillo infranqueable de la Edad Media. ¿Y cuál

es el espectáculo de los centrismos de nuevo cuño y de la derecha clásica? Sencillamente, una rica

historia de clanes —enfrentados entre sí—, de jefes de tribus con el ansia del protagonismo, y con un

deseo acuciante de conseguir el poder perdido, sin asomarse a las nuevas formas de ocupación de poder,

tras un análisis del país que tenemos delante. Sentados en una mesa estos seis personajes: Fraga, Alzaga,

Segurado, Miguel Roca, Antonio Garri-gues y Federico Sainz de Robles, no hubieran disentido en lo

fundamental de la política exterior, de la política económica, y de la política interior en los asuntos

capitales. Pero han ido separados y se han hecho daño en común. Lo de Adolfo Suárez es otra cosa: es la

más grande vocación política contemporánea, a cualquier precio. Ha jugado un papel relevante en

la historia de nuestra democracia y aspirará siempre a no ser devorado por las fieras. Engañó a placer y

fue engañado con exacerbación. A este político hay que darlo de comer aparte. Fue un político hábil y un

mal estadista. No es tampoco una solución para España. Pero vivirá políticamente mientras le queden

alientos. Ahora mismo se está exagerando un supuesto triunfo de 19 diputados con un Congreso que tiene

350. Y, finalmente, aparecen los nacina-lismos del País Vasco y de Cataluña, cuyo objetivo principal son

ellos, y el resto de los españoles no contamos. Y los principales nacionalismos —el de Arzallus y el de

Pujol— tampoco son de izquierdas. Este es el espectáculo. El socialismo es el gran monopolizador del

poder, y a esto colabora, grandemente, todo ese centrismo y esa derecha a los que me refiero. El mundo

exterior empieza a saber esto y así son sus comportamientos con nosotros. A Rusia la interesa más el trato

con los socialistas que con los comunistas. Y los Estados Unidos de América tienen ya por seguro que sus

colaboradores son los socialistas. Y la realidad

Nuestro socialismo tuvo que hacer un giro notable en su ideología para no caer en el abismo de muchas

experiencias socialistas contemporáneas. La ideología del socialismo clásico, en las postrimerías de este

siglo, ya no fabrica otra cosa que atraso y pobreza. El gran descubrimiento del socialismo moderno ha

sido su liberalízación y sus modos democráticos. Algunos de sus éxitos no son otra cosa que su

derechización, mientras que la derecha clásica no acaba de enterarse de sus obligaciones de izquierdizarse

sin poner en riesgo un país libre en todas las áreas. Asombra esta reflexión: los socialistas han creado más

paro y más inseguridad social que la que teníamos; han proclamado un atlantismo recién estrenado, y ha

alcanzado la mayoría absoluta, con grandes contingentes de votos de la izquierda. El socialismo tiene

sobrados motivos para estar feliz. Muchas gentes confían en lo que dice, o en lo que hace, y no ponen sus

ojos en los resultados. Todo esto, en una democracia, es insólito. ¿Son culpables los socialistas de su

éxito? No: son los otros.

 

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