Los resultados de las elecciones del 22 de junio. 
 El descalabro de Roca     
 
 Diario 16.    26/06/1986.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

El descalabro de Roca

LA mayor sorpresa de las elecciones la ha pro-_porcionado, sin duda, el Partido Reformista Democrático,

que presentaba como «candidato a presidente» a Miguel Roca. Un extraordinario despliegue de cartelería

y de todos los demás recursos de la propaganda política para el lanzamiento de un candidato que reunía

todas las capacidades teóricas de un líder se han traducido en un exiguo puñado de votos. He aquí un caso

singular para estudio de sociólogos y comunicólogos.

El PRD quedó situado en noveno lugar, por detrás incluso de tres partidos autonómicos —Convergencia i

Unió, Partido Nacionalista Vasco y Herri Batasuna—. Obtuvo 193.694 votos, que representan el 0,96 por

100 de los sufragios emitidos. Con respecto a los votos del primer partido, el PSOE, los del PRD suponen

el 2,18 por 100 y son la décima parte de los conseguidos por el Centro Democrático y Social, el otro

partido que se disputaba con él el espacio del centro político.

Especialmente patética resulta la realidad del PRD en Madrid, donde obtuvo 36.465 votos, justamente la

mitad de los necesarios para ganar un escaño. Y todo ello después del fichaje, presentado como

espectacular, de Federico Carlos Sainz de Robles, que desplazó del primer lugar de la candidatura al

presidente del partido, Antonio Garrigues Walker, el cual, por cierto, cosechó más votos cuando

concurrió hace unos años a las elecciones municipales.

Graves errores de estrategia han tenido que influir para que se produjera este descalabro electoral.

Analizado el problema con alguna perspectiva, se puede decir que el proyecto dejaba una estela de

provisionalidad nada adecuada para lograr el compromiso de los electores. Estos pudieron advertir que el

líder de la candidatura, Miguel Roca, no acababa de desembarcar del todo en la operación. No se

presentaba por Madrid, lo cual —es cierto— no era obligado, pero rompía la norma establecida entre

nosotros; no se decidía a fijar su residencia en Madrid, pese a pilotar un proyecto para toda la nación, y, lo

que era más significativo, no se afiliaba al partido que le sustentaba como líder.

Durante toda la campaña, Roca dio la impresión de jugar con dos barajas y no hubo de pasar mucho

tiempo para confirmarlo. El mismo domingo, comentando los resultados por televisión, ofreció su

«solidaridad» a sus «compañeros reformistas» de Madrid. Su declaración dejó estupefactos a todos,

cuando todavía adornaba las calles de España el cartel con su fotografía como único e indiscutible

protagonista del reformismo.

Todo ello dio pie al ataque sucio y perseverante de TVE, la televisión pública controlada por los

socialistas, que durante cuatro semanas hizo lo indecible por predicar de Roca su catalanismo como un

insulto. Roca era exhibido en pantalla hablando en catalán con subtítulos en castellano mientras se evitaba

relacionarle con el Partido Reformista. TVE consiguió que el pueblo español llegara a pensar que era un

«forastero», como llegó a definirle Carrillo.

Pero la maniobra de TVE logró no sólo desintegrar la operación reformista —cubriendo así otro capítulo

de sus rendidos servicios al poder—, sino algo más grave: esparcir el recelo acerca de las posibilidades de

un catalán para hacerse con el poder en Madrid. Si el problema catalán recibe algún impulso por el

fracaso de esta operación habrá que pedirle cuentas a esta televisión.

En todo caso, la escasa cosecha electoral deja sin voz parlamentaria a una corriente de pensamiento, el

liberalismo progresista, necesario en nuestra sociedad. El programa del PRD era en realidad una defensa

de la libertad y de la iniciativa que, de modo tan tajante, no se halla en ninguna otra oferta electoral.

Aunque sólo sea por esto hay que lamentar el fracaso de la operación.

 

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