Autor: Ollero, Carlos. 
 La campaña electoral.. 
 Reflexión obligada y responsabilidad exigible     
 
 El País.    21/06/1986.  Página: 25. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, sábado 21 de junio de 1986

LA CAMPANA ELECTORAL

POLÍTICA

ESPAÑA / 25

Como es sabido, la pervivencia en los años treinta de un demoliberalismo más cuidadoso de los

perfeccionamientos teóricos y doctrinales, que atento a las necesidades de la nueva sociedad industrial

que se estaba configurando, generó una clara consciencia de crisis del sistema, que no tardó mucho en

cobrar extensión y profundidad. La causa central de la crisis se cifraba en la debilidad e inestabilidad de

los ejecutivos y en su dudosa eficacia para afrontar y resolver los nuevos problemas sociales, políticos y

económicos.

Se inició entonces la tendencia a un robustecimiento de los gobiernos que, además de sus

manifestaciones, endógenas, fue estimulado tanto por la ciencia política como por el Derecho

Constitucional con fórmulas cuya normativización se fue generalizando: sustitución de los sistemas

electorales de representación proporcional o corrección de los mismos con principios mayoritarios;

regulación más exigente para la resolución de las cuestiones de confianza; aumento de condiciones y

requisitos para la presentación y resolución de las mociones de censura; preocupaciones sobre las crisis

sorpresivas a causa de imprevistas y coyunturales votaciones adversas... Todo, en función de obtener

aquel robustecimiento, como elemento indispensable para una democracia eficaz y procurar que se

constituyeran gobiernos homogeneizados Gobiernos homogeneizados, solidarios y con suficiente apoyo

de los parlamentos de quienes políticamente dependían.

Reiteración excesiva

Prefiero llamarlos así, más que Gobiernos fuertes, porque entiendo que este calificativo no se refiere tanto

a la viabilidad, estabilidad y función parlamentaria de los Gobiernos cuanto a un talante o manera de

ejercicio del poder, que tiene resonancias históricas y actuales muy próximas a desviaciones de dudoso

carácter democrático. Durante la crisis a que acabo de referirme, se reiteró excesiva y simplificadamente

la necesidad de Gobiernos fuertes. La verdad fue que, en muchos casos, esa anhelada fortaleza preludió

soluciones no correctoras, sino destructoras del demoliberalismo que se deseaba perfeccionar. Gobiernos

sencillamente fuertes fueron los de Portugal, Italia, España, Polonia, Alemania... que luego ganaron, con

análoga cobertura doctrinal, en dictaduras y totalitarismos que todos saben.

Reflexión obligada y responsabilidad exigible

CARLOS OLLERO

La obtención de la mayoría absoluta por parte del partido que resulte vencedor mañana en las urnas es el

objeto de la reflexión que realiza el autor de este artículo, en el que se analiza, desde el punto de vista de

la ciencia política, el significado y las características de los Gobiernos monocolores, las mayorías

gubernamentales y los llamados Gobierno s fuertes.

Lo cierto es que empezaron a propiciarse —y continúan siendo propiciados por las mismas razones—

Gobiernos estables, sólidos y mayoritarios, no simplemente fuertes: los Gobiernos serán fuertes por ser

homogéneos, estables y sólidos, pero no al contrario, al menos en una democracia parlamentaria.

Preferencias repartidas

En principio puede admitirse que un Gobierno no monocolor tenga por sí mismo sus ventajas, por lo que

supone y por lo que puede augurar. Supone que las preferencias políticas del electorado se encuentran

dosificadas y repartidas, lo que no es de por sí contraproducente; puede augurar que la dirección política

del Gobierno no responderá únicamente al criterio de un solo partido o a las preferencias de tan sólo un

sector de la opinión pública reflejada en el Parlamento representativo.

Mas, para que esa hipótesis sea posible y además suficientemente positiva se precisan varios supuestos.

Uno, el que la distribución del número de escaños sea realmente ponderada, de forma que sin resultar

necesaria una cuantificación homologable no se produzcan desigualdades tales que el pequeño o los

pequeños partidos necesarios para la mayoría actúen como meros satélites de uno muy numeroso o que

sin poder gobernar en exclusiva tampoco dejen gobernar al relativamente mayoritario. Otro, que la

estructura partidaria esté sedimentada en forma relativamente estable y congruente con las

estratificaciones socioeconómicas y políticoculturales, que efectivamente compongan la realidad

histórica. Y un tercero, más circunstancial e incluso episódico, pero no menos decisivo: que los

pronunciamientos programáticos, ofertas apresuradas o excesos dialécticos de la campaña Pectoral no

hagan imposible un posterior entendimiento, sin flagrante contradicción, pérdida de identidad o espúreas

manipulaciones repudiables éticamente y a la larga políticamente infructuosas.

Podría también añadir otro supuesto, tal vez el más decisivo pero de formulación tan compleja que

exigiría extensas explicaciones que no son del caso exponer: la configuración completa y consolidada de

un modelo de sociedad, siempre perfectible, pero de clara identidad, que pueda servir a unos para

profundizar actuaciones consolidadoras, y a otros de blanco para sus rectificaciones futuras. Conviene

operar sobre algo ya nacido y estructurado al menos globalmente, sea para robustecerlo sea para pretender

modificarlo.

La verdad es que no veo en este momento que se produzcan entre nosotros ninguno de estos supuesto; al

menos con entidad suficiente para que puedan producirse gobiernos pluripartidistas que ofrezcan garantía

de solidez y permanencia.

Experiencia verificada

La supuesta dictadura de un partido mayoritario, salvo en casos históricos límite como Cromwell o la

Convención revolucionaria francesa —uno anterior y otro posterior a la extremosa interpretación de

Roussseau (v. Talmon, The orígens of totalitarian dictatorship)—, poco tiene que ver con el hecho de la

existencia de partidos hegemónicos a los que Sartori con agudeza distinguió de otros análogos pero

diferentes. Ésta no sólo es observación teórica, sino experiencia verificada en la Europa contemporánea:

laboristas o conservadores en Gran Bretaña; demócratas cristianos en Alemania e Italia; socialistas en

Escandinavia; radicales y y gaullistas en Francia, han obtenido Gobiernos monocolores, homogéneos y

mayoritarios, en la mayor parte de los casos por más de ocho años y nadie atisbo siquiera sombra alguna

de dictadura parlamentaria.

Lo que ocurre es que, lógicamente, cuando un gobierno tiene mayoría parlamentaria, impregna a su

acción de gobierno de un sentido y alcance consecuente con su significación, ideología, programa y

compromiso electoral. Así ha ocurrido en aquellos países citados en las ocasiones aludidas, y en ellas la

oposición ha procurado, como tenía el derecho y el deber de hacerlo, que esa acción de gobierno fuera

atemperada por la legitimidad minoritaria que ella representaba. Pero no pretendió antagonizar

exigentemente posiciones que el partido mayoritario no podía aceptar en bloque, sin ofrecerse en

holocausto antofágico.

Tampoco —si hay casos contrarios son excepcionales y escapan a mi memoria— han caído en la

reprobable contradicción de acusar al partido gobernante de incumplimiento de sus compromisos y

programas, asumiendo una tutela no solicitada y ahorrándose la meditación sobre sí el posible

incumplimiento pudo tener lugar —caso de que lo hubiera— precisamente como concesión expresa o

tácita a las minorías opositoras. Ni han pretendido, por último, que la admisible alternativa se dispusiera a

profundas revisiones de lo actuado por Gobiernos homogéneos y monocolores precedentes. Cuando en

otras latitudes oposiciones de signo contrario lo han propugnado y puesto en práctica, las consecuencias

han sido perjudiciales, cuando no francamente desastrosas.

Los retos del país

No quisiera que estas líneas fueran consideradas deformación profesional —contra la que siempre me he

precavido, como rebuscada astucia, a la que soy antropológicamente alérgico— o meditada cautela, que

no preciso. Naturalmente que están escritas en función de las elecciones inmediatas. No niego la ventaja

de Gobiernos heterogéneos, ni siquiera incondicional-mente propongo Gobiernos monocolores

mayoritarios. Pero aconsejo al elector que al hilo de las anteriores consideraciones medite —hoy, día de

la reflexión— sobre si hic et nunca cualquier resultado que no arrojara la mayoría absoluta al futuro

Gobierno sería conveniente para afrontar los retos que exterior e interiormente tiene planteados nuestro

país. A veces parece como si muchos esperanzados en la vida eterna —y yo lo estoy— midieran el tiempo

con inclemente avaricia y celeridad, dramatizando la urgencia en rectificar lo que se ha comenzado a

hacer sin grandes conmociones por opciones políticas, que propusieron con éxito la necesidad de un

cambio Yo tengo una idea menos presurosa del tiempo histórico. Esto, dicho por un profesor ya jubilado,

pudiera adolecer de optimismo exagerado. Pero ya dijo el conde De Maistre que la exageración era la

mentira de los hombres de bien, lo que nunca, como andaluz —acepto el tópico—, he dejado de agradecer

al autor de Las veladas de San Petersburgo.

Carlos Ollero es catedrático de universidad.

 

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