Los ciudadanos deciden     
 
 El País.    22/06/1986.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Los ciudadanos deciden

A NUEVE años de las primeras elecciones democráticas, los ciudadanos convocados para elegir a sus

representantes no se sienten ya, como aquel otro junio, abrumados y excitados por la sensación de

participar en un acontecimiento trascendental y tal vez irrepetible. El régimen parlamentario ha entrado a

formar parte de los hábitos de los españoles, y tan sólo la pervivencia del terrorismo, único aliado

solvente que le queda al golpismo, impide dar por superflua toda inquietud respecto a una eventual

involución. La democracia se fortalece con su práctica. Sectores que hace menos de un lustro mantenían

sus reticencias ante ella y daban su voto a la derecha autoritaria como mal menor, aceptan hoy el marco

democrático, al que se han acabado por acostumbrar y cuyos principios evocan.

La pasada por la izquierda que Felipe González consideraba imprescindible para asentar un régimen de

libertades no ha producido los cataclismos que la derecha anunciaba, sin duda porque ei PSOE ha

gobernado de manera más que moderada y muchas veces buscando más el aplauso o la aceptación de sus

opositores antes que de sus votantes. La inarticulación de la derecha en los primeros años de la transición,

así como las características de ésta —consenso, agolpamiento de parte del conservadurismo en torno al

partido entonces gobernante— impidieron hasta 1982 que dicha corriente llegase a contemplarse a sí

misma en posiciones minoritarias. Cuando Fraga hablaba de mayoría natural expresaba la convicción

sincerare ta mayoría de sus seguidores de que era antinatural que gobernase, no ya la izquierda, sino

cualquiera que no fueran ellos mismos. La mayoría natural dio, sin embargo, diez millones de votos a los

socialistas en octubre de 1982, inaugurando una etapa diferente en la historia de España.

La experiencia de la oposición ha habituado a la derecha y a sus seguidores al relativismo de toda obra

humana. Si es verdad que los socialistas merecerían hoy una lección de humildad respecto a los gestos

prepotentes o abusivos que han prodigado desde el Gobierno, no cabe la menor duda de que la lección de

humildad que la derecha necesitaba desde hace dos siglos en este país no se agota con la legislatura.

No es sólo la inarticulación política de la oposición, el clientelismo de sus líderes y la vacuidad de sus

programas lo que hace que se presente hoy en un estado de desesperanza y dispuesta de antemano a no

ganar. Es sobre todo la raíz de autoritarismo que subyace en sus planteamientos y que le leva a

patrimonializar de manera constante toda definición de cualquier valor político. La derecha ha venido

castigando este país con su concepto de España durante décadas, y no se ha dado cuenta aún de que la

herencia histórica que soporta le impide todavía hablar en nombre de la libertad o la democracia. Y, sin

embargo, es preciso insistir en la evolución obvia que no sólo la derecha como tal, sino sus líderes más

obvios, han experimentado, integrándose de lleno en el régimen democrático y abdicando de las

tentaciones del autoritarismo.

Consecuentemente, las elecciones de hoy no se presentan ya como una dramática opción entre la

democracia y la autocracia, como en gran parte fueron las anteriores convocatorias, sino entre diversas

formas de entender la primera. Ello favorece la ruptura de la tendencia a la bipolarización y el

bipartidismo que presidió los comicios de 1982. El desgaste del poder, con las secuelas de frustración

correspondientes, ha sido además decisivo en la probable resurrección del duque de Suárez como colector

de votos de castigo tanto contra el Gobierno como contra la principal fuerza de la oposición.

Esa potencial reaparición de un espacio de centro relativiza el mensaje del partido en el poder cuando

identifica linealmente una mayoría absoluta socialista con un Gobierno fuerte y a éste con la única o

mejor garantía de continuidad de las reformas progresistas. Sin embargo, la campaña ha puesto de relieve

la existencia de dos centrismos nacidos de concepciones diferentes sobre los llamados partidos-bisagra.

Y mientras Roca busca complementar, desde el liberalismo, la opción conservadora con propuestas que se

sitúan entre la derecha clásica y la socialdemocracia, Suárez intenta combinar fórmulas liberales y

socialdemócratas que en el verbalismo electoral se sitúan muchas veces a la izquierda del propio PSOE.

Los socialistas tienen a su favor la experiencia adquirida, incluyendo la del vértigo de modificar sobre la

marcha algunas concepciones sólidamente ancladas en su propia tradición ideológica. Pero su fracaso en

la transformación del Estado juega contra la fiabilidad de sus promesas de modernización del mismo. El

ingreso en las Comunidades Europeas, la consolidación del sistema democrático y la mejora en la

situación económica son las principales bazas con que hoy cuentan para mantener la mayoría absoluta.

Incomprensiblemente, no han sabido jugarlas durante la campaña electoral, prefiriendo la adulación al

líder y la descalificación del contrario. Su cambio de política en la OTAN, el crecimiento del paro contra

las promesas de contenerlo y su arrogancia extensiva en el poder operan, por el contrario, en su contra.

A la izquierda del PSOE, la dramática división de los comunistas mengua las posibilidades de una fuerza

capaz de expresar cabalmente, en el terreno político, la contestación social a los límites y concesiones de

la lenta reforma de los socialdemócratas. Esa contestación sumergida, sólo a veces visible a través de los

nuevos movimientos sociales, difícilmente hallará cauces de participación política efectiva mientras los

partidos situados en ese espacio sigan debatiéndose en la duda metódica sobre si es más urgente la

recuperación de sus señas de identidad tradicionales o la apertura hacia las nuevas realidades sociales y

culturales. En ese sentido, la fragmentación del movimiento verde, la inclusión en la coalición electoral

de independientes sin otro bagaje político que su resentimiento respecto a los partidos en que un día

militaron —PSOE o PCE— y la aparición de grupos y formaciones políticas con carácter de secta son

también datos preocupantes a la hora de evaluar las posibilidades de reconstrucción de una izquierda

política y de su marco cultural.

Sin grandes entusiasmos, pero también sin mayores inquietudes, los ciudadanos se aprestan hoy a emitir

su decisión. Su veredicto, y no el de los estrategas que especulan con las diversas fórmulas que serían más

convenientes para gobernar España, será el único válido. Aquí radica la grandeza de la democracia.

Ejercer el derecho al voto es, por tanto, cualesquiera que sean los motivos de queja respecto al

comportamiento práctico de los partidos que se lo disputan, la mejor manera de garantizar la pervivencia

del único sistema político que hace depender la legitimidad del poder de la voluntad ciudadana.

 

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