Autor: Quintana, Ignacio. 
   Asociaciones de vecinos y partidos políticos     
 
 El País.    28/09/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

TRIBUNA LIBRE

Asociaciones de vecinos y partidos políticos

IGNACIO QUINTANA

Presidente de la Asociación de Vecinos "La Unión de Hortaleza"

Parece que las Asociaciones de Vecinos resultan incómodas o, al menos, difícilmente clasificables. No

sólo tienen que pugnar por subsistir y adaptarse. También tienen que justificar su presencia y, sobre todo,

su permanencia en el futuro. Lo que estaba claro hasta un 15 de junio electoral se oscurece

progresivamente. Un defecto de óptica política lleva a algunos a considerar las asociaciones de vecinos

como un vestigio más del franquismo. Los que así peinsan consideran como mérito indiscutido de estas

asociaciones haber sido islotes de libertad en un mar de autoritarismo y haber actuado como eficaces

mediadores entre unos partidos políticos ilegales y una población desorganizada y despolitizada.

Planteadas así las cosas, se impone agradecerles los servicios prestados, depositar alguna corona en la

tumba del «vecino desconocido» y, sobre todo, exigir a ese vestigio del pasado que traspase cuanto antes

su patrimonio democrático a los nuevos y, para algunos, únicos depositarios y protagonistas de la

democracia: los partidos políticos.

Las asociaciones de vecinos (perdón por la testarudez) no nacen solamente como respuesta a la opresión

política del franquismo. También nacen como movimientos reivindicativos, como respuesta a unas

condiciones de vida en los barrios cuya descripción, por conocida y sufrida, nos evitamos resumir. Y las

asociaciones de vecinos también expresan otra aspiración: la necesidad de la participación ciudadana. No

sólo piden soluciones a los problemas de los barrios, también piden espacio para opinar e intervenir en la

elaboración y gestión de esas soluciones. En este sentido (y el movimiento vecinal lo puede proclamar

con rencor) nada se está haciendo por introducir en el largo y minucioso debate constitucional el

reconocimiento y el apoyo a la participación ciudadana a través del varío y desamparado movimiento

asociativo que la está haciendo posible.

Parece claro que las asociaciones de vecinos no reciben el apoyo pleno y sin ambigüedades de los

partidos políticos mayoritarios, a pesar de que todos esos partidos insisten continuamente en el común

objetivo de estabilizar y desarrollar la democracia en nuestro país.

La Unión de Centro Democrático, que está intentando crear sus correas de transmisión en los barrios

mediante las llamadas Unidades de Acción Ciudadana, no está presente en las asociaciones de vecinos,

pero hasta el momento las recibe como interlocutores en los ayuntamientos y los mútiples organismos de

vivienda, urbanismo, etcétera. En este sentido, no cabe duda que legitima la existencia del movimiento

vecinal. La UCD practica hoy un interesado e interesante «doy para que des». Al movimiento vecinal le

reconoce cierta represcntatividad para negociar los problemas de los barrios, pero a cambio recibe

información directa e iniciativas que una Administración Pública desorganizada e ineficaz por herencia (y

no sé si por esencia) es prácticamente incapaz de recoger y promover. La UCD espera del movimiento

vecinal que actúe como colchón y filtro de la masa de reivindicaciones ciudadanas tanto tiempo

congeladas, pide tiempo y buenas maneras a un movimiento vecinal cansado de promesas incumplidas y

encallecido en sus modales.

El Partido Socialista Obrero Español, dejando aparte declaraciones programáticas incumplidas y la actitud

de apoyo de reducidos sectores de militantes socialistas, es el gran ausente en las asociaciones de vecinos.

Esta ausencia real y política, fruto de la falta de un trabajo militante cotidiano en los barrios en los

últimos años, le lleva a una actitud de desconfianza hacia un movimiento asociativo que le es ajeno y en

el que, además, da por supuesta la preponderancia de su competidor electoral, el Partido Comunista. El

PSOE ha decidido, hasta el momento, dar la espalda a las asociaciones de vecinos, intentando desarrollar

en los barrios un trabajo paralelo a través de sus Casas de! Pueblo (trabajo que ya ha demostrado sus

cortos alcances) y practicando en realidad una espera pasiva hasta las elecciones municipales. El PSOE

juega exclusivamente al poder municipal, en la confianza de que va a ser legitimado por los votos para

organizar y ejercer desde los ayuntamientos el protagonismo directo del que carece actualmente en los

barrios.

El PCE. por el contrario, es el gran presente en el movimiento vecinal, pero su situación contradictoria

lleva a su dirección a dudar de la rentabilidad inmediata de esa presencia conseguida a lo largo de años de

trabajo denodado y generoso de sus militantes. Hoy, el PCE tiene que competir en la legalidad

democrática desde una situación de inferioridad electoral, dado que su indiscutible protagonismo en la

lucha antifranquista no se ha visto correspondido en número de votos. Así tiende a infravalorar la

importancia de su presencia real en el movimiento vecinal, al no traducirse esa presencia a corto plazo en

su potenciación directa como partido. En la actualidad busca más privilegiar el desarrollo de su propio

espacio político y social. El PCE, que en los últimos años del franquismo solía caer en la tentación de

considerar al movimiento vecinal como un patrimonio propio, al servicio cotidiano de su política, parece

girar radicalmente para caer en una tentación abandonista que la propia «Tesis 12», aprobada en su

reciente congreso, denuncia como el peligro de «recluirse sobre sí mismo, sobre sus locales y zonas de

influencia, o exclusivamente sobre el movimiento sindical, confundiendo en el mejor de los casos el

trabajo de masas con el partido de masas (entendido en términos de crecimiento cuantitativo)». Cuando la

caída en este error es considerada por el aparato del partido como virtud, surgen las actuales

contradicciones con aquellos militantes que siempre intentaron poner en práctica, más o menos

conscientemente, un principio programático que hoy está recogido en esa progresista «Tesis 12», como

principio destinado a convertirse en papel mojado: «Contribuir a la organización autónoma de la sociedad

en todos sus niveles...»

La visión, por rápida y esquemática, puede resultar pesimista. Pero el desarrollo en Madrid de las

relaciones partidos políticos-asociacioines de vecinos no tiene por qué ser fatalmente negativo. Dentro de

los mencionados partidos mayoritarios se desarrollan tendencias en favor de no abandonar el movimiento

vecinal o de incorporarse a la realización del costoso y poco lucido trabajo cotidiano. La propia

permanencia y desarrollo del movimiento favorece el progreso de esas posiciones. Militantes de otros

grupos mantienen su trabajo activo. En las zonas donde el movimiento vecinal procura desarrollarse sin

ideologismo ni tributos partidistas, sectores no organizados políticamente van ocupando puestos de

responsabilidad en las asociaciones de vecinos (de la actitud de los propios partidos políticos dependerá

que estos sectores no terminen imponiendo un espíritu anti-partidos también nefasto para el futuro del

movimiento). Y finalmente, fuera de Madrid se dan hechos que demuestran que el divorcio o el deterioro

en las relaciones partidos-asociaciones no es algo consustancial al momento que vivimos: en Barcelona,

militantes socialistas; comunistas y de Convergencia Democrática, cuyos partidos representan casi el 70%

del electorado del 15 de junio, trabajan unitariamente, junto con los independientes, en las asociaciones y

apoyan y ocupan puestos de responsabilidad en la federación que las coordina.

 

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