Autor: Vilallonga, Isabel. 
   La supuesta crisis del movimiento vecinal     
 
 El País.    26/11/1980.  Página: 26. Páginas: 1. Párrafos: 23. 

26/MADRID

EL PAIS, miércoles 26 de noviembre de 1980

TRIBUNA LIBRE

La supuesta crisis del movimiento vecinal

ISABEL VILALLONGA

Tras la celebración de elecciones municipales, casi todas las reflexiones que han visto la luz sobre el

movimiento vecinal aparecen connotadas por el calificativo común de crisis, tan en boga en los últimos

tiempos. No deja de resultar gratificante el apreciar en ciertos sectores una sincera preocupación por la

situación que atraviesa el movimiento vecinal. Lo que alarma y sorprende en algunos casos es que de la

dramatización de esta preocupación — a veces tan nueva, y sospecho que por ello tan intensa— se

deriven conclusiones que cuestionan no ya la existencia en sí del movimiento vecinal, sino incluso su

propia razón de ser.

Habría que dudar del sano juicio democrático de cualquiera que, debido a la situación de los partidos

políticos —a algunos de los cuales pertenecen destacados teóricos del catastrofismo vecinal—, sostuviese

con respecto de ellos propuestas tan peregrinas.

Afortunadamente, no parecen percibirse síntomas de teorizaciones tan aventuradas —tal vez por lo más

pantanoso del terreno—, lo que permite afirmar, aunque sólo sea para evitar agravios comparativos, que

no basta con la constatación de una crisis para extender un certificado de defunción. Entendemos que ha

de haber otros argumentos de más peso, y, efectivamente, no puede decirse que les falten a los

mantenedores de tales conclusiones; más bien lo que habría que poner en cuestión es la naturaleza de los

mismos y verificar si corresponden a la realidad de lo que se quiere analizar o si estarnos asistiendo una

vez más a la vieja ceremonia tan hispana de alancear molinos de viento pretendiéndolos gigantes.

Resulta, pues, indispensable detenerse en algunas de las argumentaciones más al uso para ver si resultan

tan obvias como las presuponen sus autores.

1. El movimiento vecinal alcanzó su máximo nivel de desarrollo en una etapa predemocrática hoy

superada.

De esta afirmación cabría deducir que el movimiento vecinal ha sido hasta ahora algo homogéneo y

cumplidamente desarrollado: nada más lejos de la realidad. El movimiento vecinal sólo puede ser

calificado, con la mejor de las voluntades, como embrionario.

2. El papel protagonista en la dinámica social corresponde en exclusiva a los partidos políticos. Una vez

legalizados, las asociaciones de vecinos carecen de espacio político.

Una primera reflexión nos lleva a considerar que el protagonismo se adquiere en función de la práctica

cotidiana y no a partir de determinaciones apriorísticas. Pero, independientemente de ello, tal análisis

denota una pobreza teórica elemental con la cual no es posible abordar seriamente la complejidad de la

vida social.

Competencia desleal

No se entiende cómo podría realizarse la construcción de una sociedad más democrática y participativa

sin proporcionar a los ciudadanos sin adscripción política —que en nuestro país son la inmensa

mayoría— una posible vía de intervención en los asuntos cotidianos de sus barrios.

Por otra parte, si los partidos políticos de izquierda no han incrementado su protagonismo en las barriadas

—lo que, sin duda, sería deseable—, ello no ha sido debido a la «competencia desleal» de las

asociaciones de vecinos, sino más bien a su incapacidad para abandonar la vida de secta y las iglesias en

que han convertido sus locales.

La persecución de la «competencia» no sólo no ha resuelto la situación de los partidos en las barriadas,

sino que la ha agudizado, abriendo fisuras entre sus militantes y desgastando a partidos y asociaciones en

batallas estériles.

Toda esta cuestión no ha sido objeto de debate político serio en el seno de la izquierda, lo que ha

motivado que, como en muchos otros casos, el tema haya quedado saldado por la práctica, sin que, de la

situación que se ha creado en muchas barriadas, se hayan sacado las conclusiones oportunas.

3. Las asociaciones de vecinos han perdido su razón de ser, toda vez que existen ya ayuntamientos

democráticos que en su mayoría están gobernados por la izquierda.

Esta afirmación supone desconocer dos cuestiones fundamentales. En primer lugar, que las grandes

opciones que determinan la política urbana en campos fundamentales como la vivienda, la sanidad, la

enseñanza, el medio ambiente, etcétera, siguen férreamente centralizadas en el aparato del Estado.

En segundo lugar, la dirección en que se ha desarrollado la trayectoria reivindicativa del movimiento

vecinal. Sus grandes batallas y sus grandes éxitos se han producido en torno a temas de competencia

estatal y a través de confrontaciones con la Administración central.

Carece, pues, de sentido el sostener que las asociaciones de vecinos pretenden convertirse en un

ayuntamiento paralelo, ya que, ni por experiencia de lucha ni por tradición, han tenido nunca un

contenido municipalista, lo que resulta aún más evidente en el caso de Madrid.

Lo anterior no implica, sino todo lo contrario, el que no sea imprescindible instrumentar cauces de

participación ciudadana en la vida municipal con el objetivo básico de oponer una alternativa unitaria a

los aspectos más impopulares que se deriven de la aplicación de esas políticas al marco territorial.

4. Las asociaciones de vecinos no constituyen un cauce fundamental de participación; son sólo una parte

mínima del conjunto de entidades ciudadanas existentes.

La vida colectiva en nuestro país adolece de un raquitismo impresionante. La falta de democracia política

y el desarrollo urbano especulativo han tenido para las grandes ciudades la consecuencia de propiciar la

desagregación social y la marginación. Fenómenos que, con el deterioro económico, se han traducido en

un alarmante incremento de la delincuencia —especialmente la juvenil— y de las actitudes insolidarias.

No existe en nuestras ciudades, debido a las razones que mencionamos más arriba, un tejido social que

propicie el surgimiento —como en otras ciudades europeas— de fórmulas asociativas espontáneas entre

la población. Todas las entidades que han ido surgiendo lo han hecho en lucha permanente contra trabas

burocrático-políticas de todo tipo, y están sometidas en la actualidad al abandono.

El insuficiente desarrollo del movimiento ciudadano es, sin duda, fruto del raquitismo de nuestra vida

colectiva. Su potenciación pasa, entre otras cosas, por un cambio de talante de los poderes públicos

respecto a él, así como por el reconocimiento social de la participación como un valor democrático

relevante.

En estas circunstancias, todos los intentos de montar un movimiento ciudadano dependiente de las

instituciones —ya sean municipios o Gobierno— está destinado al fracaso, no por lo indeseable de su

carácter clientelar y seguidista, sino por la ausencia de una estructuración político-administrativa lo

suficientemente descentralizada y racional que lo permita.

Las asociaciones de vecinos, con toda su pobreza y limitaciones, son hoy el instrumento fundamental de

participación ciudadana en el ámbito territorial. Precisan de apoyo institucional para desarrollarse, y es

dudoso que lo consigan, a no ser que la izquierda supere posiciones estrechamente partidistas y

periclitadas ideológicamente.

Isabel Vilallonga es miembro de la Asociación de Vecinos La Corrala.

 

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