Autor: Otaño, Alberto. 
 Cortejo fúnebre en un impresionante silencio. 
 Veinte mil mineros les dieron su último adios     
 
 Madrid.    28/11/1968.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 42. 

Cortejo fúnebre en un impresionante silencio

VEINTE MIL MINEROS LES DIERON SU ULTIMO ADIÓS

A pesar de la lluvia nadie se movió de la plaza Se recibieron más de cien coronas de flores Lucha entre los hombres para transportar los ataúdes

SOTRONDIO, 27. (Por Alberto Otaño)—Los mineros no l1oran. Los mineros se guardan las lágrimas, de la muerte en el corazón, aprietan. Jos puños y, mudos, asisten a la despedida del compañero caído en el tajo.

Esta tarde, casi veinte mil hombres llegados de toda la cuenaca minera del Nalón y del Caudal, se han citado para el adiós sin palabras en el puente dé Sotróndio; Allí se iban a reunir los Cadáveres de los dos amigos caídos el lunes en el pozó "Máría Luisa", Allí -se iban- a reunir los Cuerpos, de Vicente Luis Zapico y Aquilino Alonso Alvarez, muertos en accidente de trabajo

Al Entierro

Y la llamada a la despedida definitiva toco a rebáto por el aire gris Llegór de bocamina a bocamina y penetró por las galerías de excavación.

—Hoy tampoco se trabaja. Hoy hay que ir al entierro.

La tradición minera seguía una vez más,, Había ocurrido una catástrofe. Tres hombres habían muerto: los dos cuyo entierro se efectuaría por la tardé y Ramón Díaz Expósito, sepultado el martes. No se podía trabajar. Y la tácita orden se cumplió.

Reunión

A las tres de la tarde comienza . a reunirse el personal. Vienen en grupos, con él traje de los domingos.

Con la camisa blanca, impecable. Con el impermeable en la mano. Vienen de todos lados. De los pozos del "Nalón" De los pozos del "Caudal". "De Mie-res dicen que van a llegar veintiséis autocares". De Sama de Langreo.

Sé llegan en racimos, y antes de visitar á la familia de los muertos, se toman una copa en cualquier bar. Quizá para matar el miedo. Luego caminan lento y charlan quedo.

—¿Sabes? Me han dicho que esta mañana han estado parados diecinueve pozos.

Diecinueve pozos pueden suponer quince mil hombres. La catástrofe había herido a todos. Y todos están ahora en el puente de Sótróndio, donde vivían las víctimas. Y todos están ahora en filas alargadas,, por la avenida de Oviedo, del puebla Y a todas se les ve serios, pero enteros, con las caras; pálidas;-y las arrugas negras a pesar de! jabón. Y todos tienen el gesto serio, duro.

Bajo la lluvia

Poco antes de las cuatro, la campana de la iglesia parroquial de San Martín dobla a muerto. Acaban de salir los dos entierros. Por ía cuesta brava, desde la boca del pozo "San Mames", donde vivía Vicente Zapico, el féretro baja despacio, a hombros de c o mpañeros. Detrás, miles de amigos, de desconocidos que se unen al dolor. Desde la avenida de Oviedo, 47, donde vivía Aquilino Alonso, el féretro avanza a hombros de compañeros. Detrás, miles >Je amigos.

A las cuatro y cuarto empieza a llover. Nadie abandona su puesto. Los veinte mil hombres aguantan el chaparrón. Avanzan ciento dos coronas de flores: "De tus compañeros del pozo "Polio"; "Tus amigos de San José dé Turón"; De tus compañeros de Nueva España, de Fondón, de Nesbal, de Camocha... Ciento dos enormes coronas de flores portada cada una por tres hombres abren el cortejo fúnebre.

De pronto, frente a la Iglesia, sin que nadie indique nada, los portadores de las coronas abren calle. Por ella, rodeados de flores de afecto, cuajados de miradas fijas, pasan los cadáveres. Siempre a hombros de compañeros del tajo.

El silencio rompe el alma. Aquí hay una comunión íntima de la que nadie se puede sustraer. Aquí se quiere al amigo como los hombres, de la mina saben* querer.

Justicia

A la iglesia sólo entran unos pocos. La iglesia es pequeña, está desnuda de adornos y tiene un altar blanco. En el pulpito, el párroco habla.

—Debemos empezar a trabajar aquí, en la tierra, para conseguir que el mundo del trabajo sea más justo, y hablar de esto es cristiano. Y quiero felicitaros por este ejemplo de hermandad y sentimiento en el dolor con estos compañeros...

Fuera llueve a ratos. Quienes no han podido entrar al templo, aguardan.

—Pues yo he contado noventa coronas.

—Callad, que no se oye.

—Esto es lo más grande que ha habido nunca.

Y es verdad. Humanamente, esto es grande. Y aquí no se puede uno meter en economías... Aquí hay dolor hondo, hay la sensación de la muerte que ronda, en la incertidumbre de cada jornada, a cada uno de estos mineros.

Lucha

Y aquí hay lucha. Cuando, terminado el oficio fúnebre, se quiso introducir los féretros en los coches mortuorios —el de Aquilino, después de hacerse la autopsia en el cementerio de Sotrondio, salió para Galicia de donde era oriundo— hubo lucha entre los hombres para transportar los ataúdes a hombros igual que habían llegada. Era el último adios.

Por 1a mañana, anochecido aun el espeso cielo de la cuenca del Nalón, todo eran conjeturas.

—Hoy no va a trabajar nadie.

Al pozo ".María Luisa" solo entraron una treintena de hombres de los 1.300 de que se compone la plantilla.

—¿Sabe usted? —me dice un hombre que entra en el bar "de la. viuda", donde tomo café—, me acaban de decir que uno de los que resultaron heridos en el salvamento ha muerto.

Amigo

Me voy al Sanatorio Adaro. Algo más de doscientas jamas. Pertenece a la mancomunidad de empresas mineras, aunque pronto pasará a Hunosa y habría que pensar en ampliarlo.. Aqui,convalecen José María González González y Aquilino de Dios Santiago, los dos salvadores heridos. Ninguno ha nuerto, afortunadamente.

—Yo era muy amigo de Ramón Díaz, el que enterraron ayer —me dice Aquilino, Ninguno de los dos sabe exactamente cómo ocurrió el accidente. Nadie —puedo asegurarlo después de haber hablado con muchos mineros—, sabe exactamente cómo ocurrió el accidente.

—Faltaba relleno de escombro. Por eso se hundió la pared y el techo.

—Un capataz les hizo entrar.

—Yo oí a un capataz —afirma Avelino Fernández Blanco, vigilante de máquinas de transporte interior— qué si no llega el ayudarte a la "jaula" no bajan allí. Y tam. bien oí que sólo iban a poner una pieza de madera y llevar la herramienta a otro lugar donde tenían qué trabajar. Entoncess ocurría el accidente.

Conjeturas

Un jubi1ado, de mina "desde que me parió mi madre", asegura:

—En la mina, ni aun después de treinta años de trabajar se sabe nada de ella. Y ahora yo veo a picadores, a vigilantes que llevan muy poco tiempo en el tajo. Esa es la causa de lo que pasa en la mina.

Las conjeturas se me aparecen desde los ángulos más inverosímiles a lo largo de ]- mañana triste. Todos han oído algo. Pero cierto, nada se puede asegurar.

Sin lágrimas

A mediodía subo a casa de Vicente Luis Zapico. La cuesta es pina. En lo alto, frente a la entrada del pozo "San Mames" se alza una casa. Pequeña. Sólo tiene un piso. El segundo sólo deja ver unas paredes de ladrillo y dos ventanas.

En la entraba, pegados a la pared, el padre´ y los hermanos del difunto Vicente llevan toda la mañana esperando el duelo. Pasan los conocidos, les dan la mano. No hay lágrimas.

—Te acompaño en el sentimiento.

Y un "gracias" sentido se escapa de la familia. Vicente ha dejado esposa e hijos. Tenía treinta y seis años de edad.

—Esa que está a medio hacer iba a ser su casa; Ahora se ha truncado la esperanza. Pero el padre de Vicente, don Manuel, cuarenta y cinco años aguantando la mina de los sesenta y :ocho que cuenta, enteco y entero, aún mira firme al porvenir.

—Es la vida...

Ni en el domicilio de Vicente ni en el del otro difunto, Aquilino,: saben, lo que percibirán. las viudas. Parece que, todavía, no han podido pensar en eso. Me han llegado noticias de que Hunosa piensa otorgar a cada una de las viudas 113.500 pesetas: un duro por cada trabajador que tiene en plantilla. La dirección, al parecer, propondrá mañana al Jurado de empresa que cada trabajador contribuya con otro duro. Esto es lo que hay.

No hay razón

Y, mientras tanto, la vida sigue esta mañana oscura en la -cuenca del Nalón. En La Felguera, Sama de Lan-greo, Ciaño y Sotrondio —cuatro pueblos qué forman una inmensa calle— se continúa hablando del accidente, ocurrida a unos ciento noventa metros bajo tierra. Los hombres se reúnen en la plaza y toman "culines" de sidra a mediodía.

—¿Seguirán en paro?, me atrevo a preguntar.

Y muchos me dicen que no. Que ya no hay razón. Que ellos sólo quieren ir al entierro de los camaradas.

Por eso han abandonado, ayer y hoy, su ropa de trabajo en los cubos suspendidos del techo de los vestuarios de todos los pozos. Por eso veinte mil hombres cambiaron el buzo por el traje y la.corbata: para decir adiós —respetuosamente, elegantes y limpios— a Vicente y Aquilino.

 

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