Desarrollo para la justicia social     
 
 ABC.    27/06/1964.  Página: 56. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

DESARROLLO PARA LA JUSTICIA SOCIAL

El ministro de Trabajo ha expuesto en Ginebra ante la Conferencia Internacional del Trabajo las grandes líneas de la política social española. Ha sido un informe conciso y claro; pero, sobre todo, muy moderno y sin el menor anacronismo demagógico. Ha hablado en la lengua de los países desarrollados de Occidente no con pasiones, sino con razones. Glosando la Memoria presentada por la Organización Internacional, nuestro ministro dijo: "Un proceso acelerado de desarrollo económico, fuertemente condicionado por exigencias y supuestos sociales, es la única manera de hacer viable una auténtica política social." Este punto de partida es fundamental, porque significa una opción entre los dos modos diferentes de enfrentarse con el problema social: el formalista y el económico.

El tratamiento formalista de la cuestión consiste en reducirla a un problema jurídico, en cuyo caso todo estriba en formular una norma de justicia distributiva, o sea, un criterio de reparto. Este criterio puede ser estrictamente igualitario: a cada ciudadano una parte idéntica de la renta nacional. Pero como la teoría y la práctica han puesto de manifiesto que tal igualitarismo es irrealizable, injusto y contraproducente, se han ido introduciendo correcciones en el esquema inicial. Una de ellas, no hace mucho apuntada por un teólogo español, es que nadie debe percibir más que el quíntuplo del salario mínimo. Este planteamiento formalista ha sido el mantenido durante decenios por los movimientos socialistas de Europa, pero hoy está en absoluta crisis y, salvo los demagogos, los utopistas y los mal informados, todos reconocen que es parcial y, por ello, insatisfactorio.

¿A qué obedece la insuficiencia del principio formalista del reparto? Sus quiebras son múltiples y arrancan de una fundamental, que es la escasa conexión con la realidad económica. En primer lugar, hace caso omiso de que en las rentas nacionales hay que distinguir aquella parte que es necesario invertir para renovar y multiplicar los equipos productivos y aquella otra parte que se puede destinar al consumo. Si se distribuye todo lo disponible, es decir, si no hay ahorro, las colectividades caminan hacia un empobrecimiento progresivo. En segundo lugar, el método formalista del reparto supone, de modo más o menos tácito, una especie de inmovilismo social; no tiene en cuenta que los grupos están sometidos, por un lado, a un aumento demográfico y, por otro, a una elevación constante de sus necesidades. Esta pretensión de poner entre paréntesis el futuro conduce también a una creciente insatisfacción colectiva.

En tercer lugar, dicho método no toma en consideración el dato previo principalísimo, que es el de los bienes existentes y, por ello, cae, a veces, en el absurdo de repartir pobreza o en el contrasentido de fijar niveles imposibles. El igualitarismo matemático en la India no atenuaría hoy la miseria de aquel subcontinente. Tampoco la fijación de salarios mínimos de tipo europeo.

Por eso el planteamiento "formalista" de puro reparto ha sido complementado por el "económico", que atiende directamente al fondo del problema. Hay que distribuir equitativamente, pero hay que fomentar la creación de bienes. Este es el enfoque que han hecho suyo la Organización Internacional del Trabajo y nuestro ministro. Hoy no es concebible una política social como actividad exclusiva de un Departamento de un Estado moderno. Lo ha dicho el señor Romeo: "La política social impregna toda la actividad pública." Y los supuestos reales de la justicia distributiva son las estructuras económicas. Es a éstas a las que preferentemente hay que atacar con un plan de desarrollo. La elevación del nivel de vida es, en cierta medida, una cuestión de reparto; pero preponderantemente es un problema de elevación de la renta nacional, es decir, de nuevas inversiones y de ordenación de los medios de producción.

España está felizmente de vuelta de los utopismos fáciles y demagógicos, que tan poco eficaces resultaron durante medio siglo de socialismo formalista y que ya han sido relegados en los grandes paises de Occidente al léxico de los intelectuales de rebotica y de los agitadores. La elevación del nivel de vida de los españoles se está logrando—como acertadamente ha dicho el ministro—gracias a una política social sólidamente apoyada en las realidades de un desarrollo económico efectivo.

 

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