Autor: Gómez de la Serna, Gaspar. 
   Españoles fuera de España     
 
 ABC.    09/01/1964.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ESPAÑOLES FUERA DE ESPAÑA

SABE el lector, el lector español naturalmente instalado en cualquier rincón provincial de España, el

lector que—poco o mucho cuando ha salido de su país lo ha hecho sólo como turista o en viaje de

estudios o negocios; sabe bien lo que es vivir y trabajar—sobre todo trabajar con las manos—en una tierra

desconocida, en la que todo—la lengua, el clima, e) cielo, la costumbre—es extraño? ¿Ha pensado alguna

vez en la cantidad agobiante de problemas mayores, medianos y pequeños que se suscitan cotidianamente

al trabajador emigrado, atarazando angustiosamente su vivir? Son muchedumbre de trabas, que van desde

la precaria acomodación a una precaria vivienda que apenas se encuentra, o la adaptación al clima, hasta

la simple utilización de un mapa urbano, que no se sabe manejar, pasando por ese complejo mundo de la

relación laboral en el que todo es distinto: el mismo trabajo que se cumple, el horario, la disciplina, la

forma de cobrar el jornal y la de pagar los impuestos, el modo de trabajar, el tipo de convivencia con unos

compañeros a ios que no se entiende... ¿Sabe el lector lo que significa ser un trabajador emigrado en

cualquier país de Europa: un hombre errante que, cuando vuelve de la fábrica, a la barraca o a la triste

pensión, encuentra en su descanso la mordedura lacerante de la ausencia de la mujer y de los hijos que se

dejó forzosamente lejos, en la patria? Y no es este de la imposibilidad de la reunión familiar un hecho

aislado, sino una terrible constante patológica de la inmigración en los países más prósperos de Europa,

cuya industria, con toda su prosperidad evidente, no ha sido capaz de dar vivienda familiar—y muchas

veces casi ni individual—a los trabajadores que reclama sin cesar de España, de Italia o de Grecia.

Mas, con todo, esa grande soledad que acomete al obrero que tiene a su familia lejos de si, manteniendo

no más el vinculo del amor con unas cartas patéticamente limitadas, con unos envíos de dinero que llega

ya sin el calor de la mano que sudó para ganarlo; esa soledad, donde repercute con especial dramatismo es

en el enorme vacío en que se embalsa el tiempo libre: las horas de ocio que se convierten en un tiempo

vacante de sentido, desazonador y más cargado de pesadumbre que ninguno. No tener con quién hablar;

salir del trabajo y no entender ni los rótulos de las calles, las muestras de las tiendas, los periódicos, las

carteleras de los cinematógrafos, los anuncios. No saber a qué suena de verdad la vida en torno ni que

quiere decir la palabra que acompaña a la sonrisa amable o al duro gesto insolidario u hostil. Vivir como

un sordomudo en un mundo lleno de voces y sonidos, como un ciego dentro de un ámbito de luz

deslumbradora. Ser eso: un extraño, un ser ajeno a la condición del mundo en que se está inmerso ;

diferente, despegado de la naturaleza y de la circunstancia de la que, d pesar de todo, se forma parte y en

la que se apoya casi furtivamente el pie intruso y vergonzante. Esa falta radical de comunicación y de

trato con todo lo que sustenta el vivir es la soledad más amarga de todas; la que produce la angustia

mayor, la del niño machadianamente perdido en medio de la fiesta de los otros. Pues eso es lo que le pasa

al español humilde emigrado en busca de trabajo en Alemania, en Suiza, en Bélgica, en Francia o en

Holanda. Y eso no le ocurre a unos centenares de españoles, sino casi a medio millón de compatriotas

nuestros distribuidos por Europa. Yo les he visto en Suiza y en Alemania caminar resignadamente desde

el precario y provisional alojamiento hasta el trabajo, siempre metidos en su campana de silencio y

soledad; caminar con el ceño fruncido como para guardar en él bien firme la lejana intimidad familiar, la

fuerza suficiente para seguir, sobria y duramente trabajando y gastando menos de lo indispensable, con el

solo afán de ahorrar unas pesetas y volver otra vez a la tierra para establecerse y empezar una nueva y

más generosa vida. Los he visto caminar arropados los unos con los otros, en pequeños grupos, cruzando

sin rumbo el domingo desolado de Ginebra o de Colonia, paseando atónitos por las calles sin nadie,

huérfanos de sí mismos en una vacación carente de objetivo y de sentido, ante escaparates luminosos,

cafés vacíos, frías avenidas solitarias. Viéndolos, me he acordado muchas veces de tanta conversación

superficial y ligera, de tanto profundo egoísmo como suele manejarse en torno al tema de la emigración;

del desamor con que determinadas gentes se refieren a la dura experiencia de esos seres abnegados, meri-

torios, tantas veces heroicos, que son los emigrantes, los cuales—hay que repetirlo para que no se

olvide—sobre hallarse en tan dura condición haciendo el gran esfuerzo de su vida, están coadyuvando en

no poca medida a la transformación tecnológica de la industria nacional—despejando el problema del

reajuste laboral que implica—y contribuyendo con sus remesas de divisas—la fuente más importante de

ellas, después de la procedente del turismo—a la subida del nivel económico de España. Pero no los

traigo ahora a colación para enfocar una vez más el grande problema de la emigración en sí misma, sus

ventajas e inconvenientes, su realidad de fenómeno económico-social insoslayable. Ni siquiera para

dilucidar si sería posible o no eliminar en Europa a nivel internacional ese problema básico de la falta de

reagrupación familiar, ya resuelto en la emigración ultramarina, sino para referirme a aquellos problemas

suyos de todos los días que se resumen en el de su incomunicación con el mundo en el que viven y

trabajan, y a lo que aquí podemos hacer para aliviarlos. Concretamente, quisiera señalar en esta ocasión

que todos esos problemas, al producirse en el volumen masivo y casi sorpresivo que ha significado de

pronto la emigración de trabajadores a Europa, no encuentran el resorte de un servicio público adecuado a

su necesidad. Nuestra benemérita red consular no está planeada—ni parece tampoco su misión—para

cubrir esas necesidades de tutela social diaria que se extienden por pueblos y ciudades, por factorías

diseminadas por todos los países europeos, en la mayoría de los casos muy lejos de los contados centros

consulares; y lo mismo ocurre con el número y la función de las agregadurías laborales de reciente

creación. Tampoco el Instituto Español de Emigración, que se esfuerza en llevar a una y otra parte la

presencia y la ayuda del Estado a los emigrantes, está, hoy por hoy, en condiciones administrativas de

prestar con regular continuidad su tutela a los infinitos centros de trabajo en el exterior donde hay

españoles que precisan una intermediación urgente en su relación laboral y vital. Quiero, en suma, decir

que, patente la necesidad de una asistencia al emigrante "in situ", difundida al máximo, multiplicada e

inmediata, hay ahora que crear el instrumento que alcance a remediarla de modo eficiente y continuado,

Y ese instrumento, vinculado a la Institución que corresponda, no puede ser otro, a mi juicio, que el de un

cuerpo oficial de asistentes sociales encargados de procurar directamente la ayuda necesaria. Hay ya en

proyecto, que yo sepa, un primer intento del Instituto Español de Emigración y distintas realizaciones de

varia fortuna debidas a la iniciativa de organizaciones religiosas y privadas, de las cuales la almas

importante es, sin duda, la que mantiene Caritas en Alemania. Cuarenta y cuatro españoles, hombres y

mujeres jóvenes, se esfuerzan en resolver diariamente la infinita maraña de problemas que se presentan a

nuestros compatriotas emigrados en toda la República Federal Alemana, poniendo en juego, de modo

abnegado y ejemplar, técnica y vocación. Pero hace falta más: en primer lugar, que el servicio que ellos

prestan en un solo país se extienda, con las peculiaridades oportunas a los restantes países de inmigración;

en segundo lugar, que ese esfuerzo disperso y desigual se canalice y se profesionalice plenamente por el

Estado, desde el nivel de la enseñanza, hasta el del servicio público.

Gaspar GÓMEZ DE LA SERNA

 

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