Autor: Moure-Mariño, Luis. 
   Emigrantes     
 
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EMIGRANTES

EN reciente editorial, se refería el "Diario Español", de Montevideo, al decrecimiento de la emigración

española a Sudamérica: "El año de 1960—decía—, solamente 34.000 españolas pasaron a ultramar. Es

ésta, sin duda, una de las cifras más bajas de los últimos años." Es verdad qus la situación económica y

política de muchos países de América del Sur ofrece perspectivas cada vez menos tentadoras para los

emigrantes. Por otra parte, casi todas esas Repúblicas, con excepción del Brasil, intensifican una política

restrictiva para la admisión de emigrantes. En contraste, mientras Suramérica levanta barreras a la

emigración, la prosperidad reinante en Europa se encarga de abrirle nuevos caminos. En Alemania se

necesita mano de obra: en 31 de enero último, según datos alemanes, trabajaban en aquel país 30.146

obreros españolas. La emigración temporera a Francia—viñadores, arroceros, taladores de bosque—

aumenta de año en año. Nuevas corrientes emigratorias acaban de abrirse hacia Australia, y el escritor

Augusto Assia, en reciente crónica, informaba de que se encontró en Oslo con numerosos marineros

gallegos y tuvo ocasión de informarse de que, millares de ellos, trabajan ahora al servicio de empresas

pesqueras noruegas. Según estadísticas de los Servicios de Migración del Ministerio de Trabajo, a partir

de 1957 se ha iniciado un progresivo descenso en las cifras de españoles trabajadores que abandonan el

pais: 57.900 en 1957; 47.179, en 1958, y 34.550 en 1959. Lo más halagüeño de estas cifras se halla en el

progresivo descenso del número de emigrantes que, por sí sólo, es ya un claro indice de recuperación

económica. La emigración habrá dejado, de ser una sangría abierta cuando se alcance esa "gran etapa de

esperanzas, cuyo objetivo es la creación de dos millones y medio de nuevos puestos de trabajo para

nuestros hombres y para que nuestros hijos encuentren en la Patria aquello que necesitan sin necesidad de

salir fuera de las fronteras", según frases del señor Solís Ruiz, después del último Congreso Sindical.

Como es notorio, Galicia sigue encabezando las cifras emigratorias: en el período 1956-59, en el que

emigraron un total de 192.711 españoles, 85,223 eran gallegos. Aunque ello sea historia, aún sobrecoge el

ánimo el repaso de algunas estadísticas relacionadas con la emigración. Por ejemplo: entre 1911 y 1957—

en menos de cincuenta años—dejaron Galicia más de un millón de emigrantes. (Sólo entre los años de

1954 y 1957, más de 100.000 personas abandonaron estas provincias.) Esta pérdida de energía humana es

más de lamentar cuando se piensa que la emigración implica una selección al revés, pues se marchan los

jóvenes, los aptos para el trabajo, los más audaces y valerosos, y se quedan viejos y niños. El verdadero

negocio lo realizan los países de inmigración, receptores de ese caudal de savia nueva que afluye a ellos

para crear allí fuentes permanentes de riqueza. Pero, ¿cuál es la causa de este antiguo y no cancelado

problema de la emigración gallega? Sin duda, soporta Galicia una fuerte carga demográfica. La población

de las cuatro provincias era, en 1950, de 2.604.000 habitantes. Sobre una extensión superficial

equivalente al 5,78 por 100 del suelo español, vive una población superior al 10 por 100 de la total del

pais, lo que quiere decir que Galicia se halla doblemente poblada que otras regiones. El problema se

agrava cuando se medita que, de la total población gallega, no llega a un 25 por 100 la que habita en

ciudades y villas. Más del 75 por 100 de los habitantes de Galicia—lo que es un claro índice da

subdesarrollo económico—se hallan absorbidos por las ocupaciones primarias e infraproductivas de la

agricultura. (La media española de población ocupada en la agricultura, ya excesivamente acentuada, es

de un 44 por 100.) Este exceso de población sobre la gleba explica- no sólo la emigración—

desbordamiento, casi físico, de la población sobrante—, sino también el minifundio. En contraste con lo

dicho, se da la paradoja de que el gallego es el habitante pobre de una tierra rica y cuajada de posi-

bilidades. La productividad media por hectárea labrada de cultivo en Galicia—2.500 pesetas—, sólo es

superada por las Canarias. La tierra es fértil y exuberante y el subsuelo alberga considerables riquezas

minerales. Ocupa Galicia más del 50 por 100 de la "Iberia húmeda", con medias pluviométricas

puramente europeas. Más del 25 por 100 del ganado vacuno español se alimenta y crece sobre las

praderas gallegas: más del 30 por 100 del pescado que consumimos es desembarcado en puertos gallegos;

casi la cuarta parte de la producción maderera española tiene origen en los bosques de Galicia y más del

12 por 100 de la energía eléctrica que producimos se engendra en los alternadores gallegos, sin contar con

que Galicia representa la más importante reserva hidroeléctrica del pais. A estas realidades debe de

añadirse la magnífica posición estratégica de Galicia, verdadera proa avanzada en el mar, con los mejores

puertos naturales de Europa sobre el Atlántico, No puede, sin embargo, hablarse de una Galicia

superpoblada cuando se mira a los ejemplos que ofrecen Bélgica y Holanda. Estos países, con una

extensión casi igual a la de Galicia—Bélgica, 30.507 kilómetros cuadrados, y Holanda, 32.338: Galicia,

29.156—, mantienen una población cuatro veces mayor: casi nueve millones de habitantes viven en

Bélgica, y muy cerca de los once millones, en Holanda. La diferencia se halla en que, en estos países

altamente industrializados que, además, ofrecen coeficientes muy bajos de población campesina, el mayor

contingente humano es absorbido por ocupaciones industriales. La industrialización parece, pues, el único

camino para dar ese arranque—el "take off"—que haría pasar a Galicia del marasmo rural presente hacia

una nueva etapa económica: al derivar brazos hacia la vida industrial, quedarían en el campo las áreas

libres indispensables para una reconstitución de la propiedad predial, único camino eficaz para superar el

minifundio. Al mismo tiempo, sólo la industrialización podría retener a los hombres que ahora emigran y

que. al hallar en casa puestos de trabajo, contribuirían al desarrollo económico nacional. "La solución del

problema emigratorio —decía en atinado editorial el diario "Ya"— no se halla en medidas negativas, sino

en vigorizar todo el campo nacional. Que la nación ofrezca a sus hijos las posibilidades suficientes para

que ese capital—el más preciado de todos—que es el trabajo humano, no se desvie hacia otros cauces. El

problema de la emigración debe resolverse allí donde brota." La verdadera protección al emigrante estriba

en crear condiciones económicas tales que hagan innecesaria la emigración. Esto mismo decía el señor

Pemán, en reciente artículo de A B C: "No me gusta que tenga que haber instituciones de emigración que

se ocupen de que se emigre lo menos mal posible. Son instituciones para desear "buen viaje" a un viaje

triste",.. Galicia, tanto por sus reservas humanas como por sus condiciones naturales, no puede quedar

circunscrita a la condición de despensera del país o de "nodriza de la energía". Esto no es bastante para

resolver su problema vital; pero, además, es lógico y justo que la región derive de sus recursos naturales

ventajas parejas. La Industrialización es el único camino. Todos los años, por los puertos de La Coruña y

Vigo, salen alrededor de ochocientas mil toneladas de mineral de hierro. ¿No podría transformarse este

mineral en lingote a la orilla misma del mar, a base de hornos altos por corriente eléctrica?... ¿No es

lógico que los enormes recursos hidroeléctricos de Galicia se aprovechen aquí mismo, sin pérdidas de

transporte, en múltiples industrias con base en la electricidad?... Esto es lógico, justo y necesario: en

contraste con las enormes aportaciones de Galicia a la economía patria, se* da el caso de que la renta "per

capita" de estas provincias es de las más bajas de España, hechó que basta para explicar las comentes

emigratorias. El caudal humano que ahora se pierde por los azarosos cauces de la emigración, podría

retenerse aquí creando industrias en este magnífico solar del Noroeste, el punto más estratégico de la

geografía de Europa...

Luis MOURE-MARIÑO

 

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