Autor: Calvo Serer, Rafael. 
   El estadista de Cebreros     
 
 El País.    10/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, viernes 10 de junio de 1977

POLÍTICA

TRIBUNA LIBRE

El estadista de Cebreros

RAFAEL CALVO SERER

Siempre resulta desagradable hacer profecías en política, pues, de hecho, ello equivale a anunciar males

más o menos apocalípticos. En una situación normal, como es la de las pocas democracias que funcionan,

no se hace profecías sino análisis de la situación.

Nadie —ni siquiera los más optimistas— cree ahora que la vida política de nuestro país haya alcanzado

esos,niveles de normalidad. La realidad es que nos encontramos en las convulsiones propias de la salida

de una dictadura de cuarenta años donde quienes en otro tiempo fueron colaboradores del general Franco

se empeñan en lo imposible: en establecer ellos mismos la democracia que antes combatieron

empecinadamente sirviendo o adulando al dictador.

Sin embargo, me veo en el trance de adelantarme a futuros y previsibles acontecimientos, al igual que

hice en cuatro ocasiones anteriores. De hecho, tales «profecías» tuvieron no pocas consecuencias, por lo

menos para las empresas políticas en que estuve comprometido. Así, en 1953 me enfrenté con Franco,

pues vi claro que su política estaba conduciendo al país a un punto totalmente opuesto del que él decía

perseguir y que le había permitido encontrar amplias colaboraciones sociales e institucionales. En vez de

una España monárquica, estamental, antiliberal y centralizada, el resultado ha sido otra republicana,

secularizada, socializante, democrática y federal.

Más adelante, en 1968, en un artículo sobre la situación en que se encontraba el general De Gaulle ante

los sucesos del mayo francés, un gran sector del pueblo español vio reflejado su deseo de que el dictador

se retirase voluntariamente, de forma que su patente envejecimiento no crease en el futuro una situación

insoluble a su sucesor. En 1971, tras la orden de cierre del diario Madrid, ordenada por Franco y

ejecutada por su preconizado continuador. Carrero Blanco, desde las páginas de Le Monde denuncié el

intento de perpetuación de la dictadura protagonizada por el almirante. Ello sería la causa inmediata de

mis cinco años de exilio. Y finalmente, en 1976, cuando Fraga procedía a la implantación de su

Demokratur, me decidí a arrostrar sus iras para que quedase al descubierto su talante fascista,

incompatible a todas luces con las reglas de la convivencia democrática.

Ahora, en vísperas de las elecciones de junio de 1977, me veo en el deber de criticar abiertamente la

política reformista llevada a cabo por Adolfo Suárez, pues, al igual que ocurrió en el caso de Fraga, si

llega a algún final, ése será la III República española.

En efecto, el joven primer ministro ha procedido al rápido desmantelamiento de las instituciones

franquistas —lo cual era, sin duda, necesario—, pero sin tener preparada una alternativa, hecho que

resulta gravemente temerario para la Monarquía. Por otra parte, los procedimientos de Suárez han sumido

al país en un cinismo político del que cada vez será más difícil sacarlo. Hoy España vive en una triple

mentira, amparada precisamente por quienes no deberían ser cómplices de tan corrupto estado de cosas:

nos hallamos ante una Monarquía en un país sin monárquicos, una democracia que instrumentalizar a los

demócratas y con un anticomunismo que sirve de pretexto a los privilegiados.

Quizá esta triste realidad que he venido detectando a lo largo de un año de casi continuos viajes por todo

el país no quede reflejada en las encuestas que, según dicen, cimentan las determinaciones del político de

Cebreros. Pero tal realidad acabará imponiéndose con la llegada de la libertad sin recortes, que acabará

con aquella triple mentira y con sus encubridores. Cuando ese momento llegue, el balance del Gobierno

capitaneado por el estadísta-presidente no podrá ser más negativo: el País Vasco enteramente vuelto de

espaldas a Madrid, Cataluña decidida a regirse con su estatuto de autonomía. Canarias implicada en una

grave crisis internacional..., la situación económica al borde de la bancarrota; unas instituciones públicas

paralizadas o, en el mejor de los casos, desprestigiadas. En suma, el país mismo en plena desintegración.

Tras esta sucinta e incompleta enumeración de problemas y males, la profecía resulta inevitable: o don

Juan Carlos reemplaza al estadista e instala un presidente que realmente gobierne y no lo subordine todo a

ganar unas elecciones y continuar en el Poder, o la Corona tiene los meses contados. En cuyo caso la III

República estaría a la vista.

Piénsese que, tal como están las cosas manipuladas, las elecciones sólo serán realmente libres para una

mitad del país, mitad que corresponde a la derecha; en definitiva, a los vencedores de la guerra civil. Pero

¿qué pasará con la otra mitad cuando recobre su libertad y logre la igualdad de condiciones en la prensa y

en su propia organización, y se encuentre con unas Cortes que sólo reflejarán adecuadamente una parte

del país, por no decir sus adversarios políticos?

En un mundo en el que sólidos prestigios de gobernantes, conseguidos tras largos años de aprendizaje y

de lucha, se han deshecho ante la gravedad y envergadura de los problemas existentes -casos, por

ejemplo, de Brand o Nixon, Giscard o Schdmidt— no es aventurado decir que la fricción de Suárez con el

Tribunal Supremo o con destacados generales, o su pilotaje del Centro Democrático, son

incompatibilidades con el régimen de libertad que el líder neofranquista dice propugnar. Y además es

precisamente lo contrario de lo que hizo Franco, al que el propio Adolfo Suárez sirvió durante muchos

años.

Pretender que el actual presidente puede ser el protagonista del proceso democrático de nuestro país sería

llevar la situación a extremos tan absurdos como supondría hablar del restablecimiento de la democracia

en Francia por Laval una vez eliminado Petain, o Goebels una vez muerto Hitler, o Ciano tras la

desaparición de Mussolini. Por ello, en España habrá que recurrir a los demócratas y no a los franquistas

y neofranquistas, si quiere evitarse el dilema del caos o el recurso a la dictadura militar. Otra cosa

implicaría creer que para nosotros sólo es posible la política maquiavélica característica de los países

sometidos al colonialismo militar, político y económico. Por el contrario, hay que volver a una

concepción de la vida pública basada en el honor y la virtud.

La política es algo más que maniobrar con habilidad, a no ser que a falta de la virtud con la que

Montesquieu identifica la República y perdido el honor que el filósofo francés quería para la institución

regia, queramos hacer de nuestro país una Monarquía de bananas.

 

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