Suárez: presente y futuro     
 
 ABC.    06/04/1978.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC. JUEVES. 6 DE ABRIL DE 197 8.

SUAREZ: PRESENTE Y FUTURO

La excusa era la remodelación del Gabinete y su explicación al Congreso, pero en su discurso, largo y

reiterativo, el presidente Suárez aprovechó la ocasión para justificar determinados aspectos de su política,

insistir en las convicciones que, sobre los temas de la economía y el orden público, mantienen la acción

de sus ministros, y situarse por encima de la propia coyuntura del momento, señalando las diferencias

entre la política del Estado y el juego de los partidos, y atisbando una porción de futuro con formulación

clara de sus propósitos.

Más que explicar el porqué de unos relevos, cuya responsabilidad le atañe personalmente, el presidente

del Gobierno subrayó los condicionamientos a que su política se ve sometida en este período

constituyente, indudablemente singular, en que el alcance de las opciones gubernamentales, en cuanto a

su tarea gestora, se ve seriamente limitado por el lógico afán de conseguir la concordia parlamentaria.

Nada está todavía suficientemente delimitado, nada ha cristalizado con posibilidades de perennidad en la

naciente democracia española. Para Suárez, la obtención del consenso parlamentario en el logro de esa

Constitución, que vendrá a colocar la necesaria techumbre en el edificio del Estado, situándole a cubierto

de futuros vendavales y tormentas, Justifica muchas de las ausencias y concesiones de su Gobierno.

Así, Adolfo Suárez vino a trazar una clara divisoria entre lo que ha de ser este período constituyente, en el

que, pese a todo, hay que seguir gobernando, y el futuro, cuando la democracia tenga ocasión de

consolidarse en el molde>de la Constitución. Estando de acuerdo en lo fundamental —el texto

constitucional, el reglamento del juego democrático, la garantía de que hay un nexo de unión entre todos

los españoles— podrá discreparse en todo lo demás. La base del edificio del futuro es, para Suárez, la

Constitución. Y por ello no le parece caro el precio que haya de pagarse Mientras dure la situación,

mientras continúe el período constituyente, Suárez seguirá buscando el consenso, aguardando el día en

que éste pueda ser cambiado, sin peligro de rompimiento político, por una razonable moderación.

Para el presenté^—un presente que reconoció difícil, con sectores de la población española poseídos de

temor y desconfiaza— el presidente Suárez tuvo algo más que una definición de buenos propósitos, acaso

también algo más que una justificación y unas promesas. Así. defendió los Pactos de la Moncloa

exponiendo con convicción los frutos, todavfa Impalpables para la gran mayoría del pueblo español,

obtenidos en sus cinco meses de vigencia. Y así, también, recordó que la libertad es la esencia de la

democracia, siempre que se garantice la seguridad de que el ejercicio de esa libertad sea efectivo,

afirmando la postura de firmeza del Gobierno ante los problemas, indudablemente graves, del orden

publico.

No es mucho lo conseguido en ambos campos, de la crisis económica y de la seguridad ciudadana, pero el

presidente manifestó su confianza en que, siguiendo la actual línea de conducta, con el plan de reforma y

saneamiento económico, con las nuevas dotaciones con que cuentan las Fuerzas de Orden Público, irán

resolviéndose una y lográndose la otra. El tiempo, magnitud a la que el presidente no se refirió

directamente, salvo para mirar al pasado reciente de los últimos cinco meses, estaba presente en todas y

cada una de las frases que dedicaba al análisis del presente, a la defensa de su actitud conciliadora y,

como tal, limitante de sus posibilidades de acción. El país en suma, ha de seguir caminando mientras el

Gobierno se esfuerza —con su partido— en conseguir una Constitución y sanear unas estructuras

económicas, lograr un clima de seguridad adecuado y suficiente, y afirmar la presencia exterior de la

nación.

Después, la tarea podrá parecer igual, pero no será la misma. Habrá que consolidar ese Estado

democrático y de derecho al que aspiramos todos, lograr la existencia de una economía social de

mercado, donde tengan marco adecuado la libre empresa y el lícito juego de las competencias, y afirmar

la inserción de España en el sistema occidental. El discurso de Suárez fue, sin grandes innovaciones en el

terreno de las palabras ni en el de las ideas, el de un hombre de Estado que sabe anteponer y atemperar

intereses partidistas inmediatos a los intereses de la nación.

Más que la brillantez, cabe resaltar la sinceridad del presidente. La responsabilidad de la política nacional

le compete de forma directa. No le caben excusas en ese terreno. Adolfo Suárez trazaba un camino claro

de continuidad en su programa económico y político, exponiendo su convicción de que así lo exige el

interés nacional. Continuidad y perfección en la aplicación de los Pactos. Preparar en suma, el camino que

el país recorrerá con la Constitución guardándole las espaldas. Tanto por lo que no se puede hacer hasta

que esté promulgada por cuanto estima que podrá hacerse a partir de esa promulgación.

El presidente acabó su discurso solicitando a los españoles, en virtud de la evolución política, la realidad

objetiva y la existencia de un proyecto coherente y definido de sociedad y de Estado, su confianza hacia

el Gobierno. En buena ley, y tanto mirando al pasado —a los veintidós meses de su mandato— como al

futuro propuesto, no cabe negársela y desde estas páginas no lo haremos. Aunque sigamos solicitando

firmeza, eficacia y decisión, y aunque hayamos de subrayar cuantos vaivenes ofrezca la gestión de su

Gabinete.

 

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