Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El caballo de Pavía     
 
 Hoja del Lunes.    01/10/1979.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

HOJA del LUNES de MADRID

1/10/197*

Los episodios nacionales.

EL CABALLO DE PAVÍA

Esta semana le hemos dado un trotecillo al caballo de Pavía. Aquí, en cuanto parece que el caballo de

Pavía empieza a relinchar o a piafar y que ensaya cabriolas, corvetas o balotadas, hay gente que se pone

nerviosa. Y es natural, porque es frecuente que .los españoles hagamos la historia montándonos en un

caballo. Y si no, fíjense ustedes en las estatuas. Casi todas las estatuas se nos suben a un caballo, y si no

se suben es que son estatuas de escritores, artistas, gente así, de medio pelo y de medio cuerpo, villanos

de a pie que sólo se retratan en el photomaton. Los períodos democráticos de nuestra vida política se pue-

den reconocer porque anda muy poca gente a caballo, y así los que hacen las estatuas no saben adonde

empinar a los políticos, y los empinan a un escaño, como han hecho con don Emilio Castelar, o les ponen

una columna de piedra desde el cuello, que es una manera como otra cualquiera de cortarles la cabeza.

Con don Diego de Velázquez no sabían qué hacer, y lo sentaron en una jamuga a la puerta del Museo del

Prado. En los otros períodos, que son los más, triunfan las estatuas ecuestres. Para nosotros, si un

gobernante no se sube al caballo, es que no manda nada, y lo que hay que hacer es subírsele a las barbas,

que quedan justo a la altura de la mano.

Por eso estamos temiendo siempre que aparezca el caballo. Lo de menos es el señor que viene encima. Lo

verdaderamente importante es que llegue el caballo. El caballo es aproximadamente el mismo en todas las

ocasiones, y si hemos dado en llamarle el caballo de Pavía, es porque seguramente ése fue el que mayor

terror puso en los señores diputados, que saltaron todos fuera del hemiciclo hasta por las ventanas.

Cuando se quiera elogiar el valor y las dotes de mando de alguien, casi siempre se recurre al caballo que

lleva entre las piernas. Ahí tienen ustedes las cosas que se dicen del caballo del Espartero. O sea, que

quien verdaderamente tiene mérito es el caballo.

Bueno, pues el caballo de Pavía nos ha dado un susto. Yo creo que la cosa no fue para tanto. Se oyó un

tintineo de espuelas, algunas palabras rebrillaron como la hoja de un sable, dijeron alguna cosa los únicos

españoles a los que en este primer acto de la democracia les ha tocado callar, y los políticos empezaron a

ver una Galaxia-2, algún brillo de clarín y los pálidos reflejos que, según Rubén Darío, anuncian la

espada. Y dieron en pensar que alguien estaba queriendo encaramarse a la silla para darle un pasitrote al

caballo de Pavía. Los señores diputados, en el palacio de la carrera de San Jerónimo, hablaban mucho

más del* caballo de Pavía que de don Landelino Lavilla, pongo por ejemplo, o de don Gregorio Peces

Barba, a quien, desde luego, sería muy difícil subirlo a un caballo. Empezaron todos a hablar de

"golpismo" y de conspiraciones, y el Madrid de los cucañistas y de los pretendientes buscaba por todas

partes Aviranetas y palafraneros. El susto de la semana empezó con las declaraciones de cuatro capitanes

generales y terminó cuando don Alfonso Guerra, en el Congreso del Partido Socialista, dijo aquello de

que si el caballo de Pavía entraba en el Parlamento, don Adolfo Suárez se subiría a la grupa.

El cronista, que no tiene ningún deseo de encaramarse a ningún caballo y que tampoco quiere tirarse

desde la tribuna de prensa del Congreso a la calle de Zorrilla huyendo de los cascos, cree que podíamos

ahorrarnos todos estos sustos si a nuestros políticos se les ocurriera alguna manera de hacer enmudecer

las metralletas y de que no nos sirvan todos los días, o casi todos, con el desayuno, una ración de

proyectiles "Parabellum". Las gentes del pueblo, no se si con mucha o con poca razón, creen que al

Gobierno no se le ocurre nada para ir terminando con el terrorismo. Las gentes creen que a los terroristas

generalmente no los cogen; cuando los cogen, no se sabe bien lo que hacen con ellos; a unos los ponen en

la calle después de haber contribuido a disminuir el déficit del presupuesto nacional con la módica

cantidad de cincuenta mil pesetas; de otros no vuelven a decirnos ni pío; y a otros, en fin, cuando nos

enteramos de que los juzgan, parece como si los estuviesen juzgando por lo de la campana de Huesca. Lo

que me ha dicho un político relevante en el partido que manda: "La verdad es que con los terroristas no se

nos ocurre ni hacer vudú."

Lo mejor que podemos hacer es estudiarnos bien ese "Manual de autoprotección" con que nos obsequia el

Ministerio del Interior. Para circular ahora por este país habrá que aprender la manera de despistar a los

terroristas o de escapar vivo cuando te disparen, como hizo mi amigo Gabriel Cisneros. La civilización

americana puso de moda aquellos libros que te enseñaban "Cómo ganar amigos" o "Cómo triunfar en los

negocios". Antes, todos tuvimos algunos de aquellos libritos que te preguntaban: "¿Quiere usted aprender

italiano en diez días?" Antes aún nos hicieron leer a monseñor Tihamer Thot, que te enseñaba a ser casto

y a ser sobrio. Ahora nos explican cómo ir a la oficina por diversos caminos —como hacía César

González-Ruano en Roma, huyendo de los acreedores—, cómo usar el chaleco antibalas o cómo mover el

cuello para que el plomo te silbe erí las orejas sin agujerearte el cráneo, estilo John Wayne.

En el congreso socialista, por ejemplo, había una vigilancia que parecía aquello una convención de la

Mafia, que yo creo que no dejaron entrar ni a los delegados del "sector crítico´´ ni a los de la "tercera vía".

En la puerta de los centros oficiales tienes que dejar el carné de identidad. Y el otro día me cachearon,

antes de dejarme entrar en una embajada, con uno de esos aros metálicos que emite un silbido para indicar

que llevas un encendedor, unas llaves o un bolígrafo, como si hubieses hecho un penalty. Dicen que todo

va a ser distinto cuando se apruebe el estatuto vasco. En ese momento, a Herri Batasuna la van a poner

fuera de la ley, que ya lo ha avisado el senador Castells, y que a lo mejor conceden el suplicatorio de

Monzón y Letamen-día. Pero quizá con esto no sea suficiente, porque tan necesario como poner fuera de

la ley lo que va contra el derecho es poner en la cárcel a quienes están fuera de la ley. Y eso ya es más

difícil, por lo que se está viendo. Además, en las cárceles no van a caber todos, y habrá que hacer nuevos

túneles para que, antes de entrar, dejen salir.

Pero, en fin, ya veremos. Lo que es menester es que lo veamos. Y que al caballo de Pavía lo pongamos de

una vez para siempre en las láminas de la historia. Y, todo lo más, subido a las estatuas. Y vamos a pensar

en algo para luchar contra el terrorismo, aunque sea en el vudú.

Jame CAMPMANY

 

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