Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Pavía, siglo XX     
 
 Informaciones.    03/10/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

TORRE DE PAPEL

PAVÍA, SIGLO XX

Por Emilio ROMERO

EL mes de enero de 1874, a los once meses de haber sido proclamada la I República española, un general

español llamado Pavía, de acuerdo con el general Serrano, se dirigió al Congreso de los Diputados al

frente de una unidad militar y disolvió las Cortes sin contemplaciones. A partir de entonces, la sombra de

Pavía ha sido permanente en la vida parlamentaria de este país. Aquel Parlamento de 1873 no fue

ejemplar, puesto que pasaron por el país nada menos que cuatro Presidentes de la República. El último

fue Emilio Castelar, y la gran crisis fue suscitada por el anterior Presidente, Nicolás Salmerón, en función

de no querer firmar penas de muerte. Es muy difícil alcanzar Parlamentos sosegados. Cuando se reúnen

varios centenares de personas, encuadradas en partidos políticos, no so les puede pedir que conviertan los

debates en reuniones de Versalles La estructura social e ideológica de nuestro país hizo imposible una

convivencia aceptable en los des últimos sisrlos. Nuestro proceso constituyente no es de ahora sino >ie

mucho más atrás, Podría decirse que todavía estamos «constituyéndonos. .

Por eso, cuando se producen y aumentan los hechos violentos en nuestra actual transición democrática y

la amenaza de una grave crisis económica empieza a preocupar muy seriamente a los españoles, regresa la

sombra de Pavía. Lo que sucede es que se nos exitre tener algún rigor con la Historia. La política, en

1873, estaba en el Parlamento, mientras que ahora está en el palacio de la Moncloa y añadidos. En el

Parlamento, ahora, «o pasa nada. Es un Parlamento mucho más fácil y tranquilo que el de los reinados de

don Alfonso XII y don Alfonso XIII. Se acerca, en paz y en gracia de Dios, al reciente Parlamento del

general Franco. Y, por sunuesto, mucho más pacífico que el Parlamento de la II República, que es el

antecedente democrático. Así es que en el sumiesto no deseable de que se corporeizara la sombra de

Pavía, su direc-f-ióa no sería la de la rarrera de San Jerónimo, donde está el Parlamento, y cuyos

diputados son como her-manitas de la caridad, sino hacia donde reside el Poder ejecutivo, que es en el

palacio de !a Moncloa. Nuestro Parlamento actual ni siquiera tiene parecido con los Parlamentos

europeos. En cuanto asoma una discreoancia, los señores diputados más responsables en los aparatos de

dirección de sus partidos, o más expertos en poner grasa a los ejes, se encaminan a los salones privados de

los palacios del Congreso o del Senado, o a los pasillos confidenciales de estos palacios, o a los

restaurantes, y allí se entienden, negocian, pactan y no pasa nada. Si los partidarios de aquellos personales

excepcionales que fueron Figueras, Pi y Maragall!, Salmerón y Castelar hubieran sido como Abril

Martorell, Pérez Llorca, Arias-Saleado, Jiménez Blanco, Garrigues Walker, Fernández Ordóñez, Peces-

Barba, Alfonso Guerra, Enrique Mágica, Felipe González, Santiago Carrillo, Solé Tura, Raventós, Jordi

Pujol, Arzallus, Unzueta, Bandrés y tantos como ha fabricado esa gran institución de la democracia actual

que es el «consenso", no hubiera anarecido el general Pavía ni hubiera tenido motivos para enviarle allí el

general Serrano. Así es que el Parlamento actual es intocable, no alarma, no nreocupa, no alborota, no

hace imposible la vida nacional. Y, sin embargo, Pavía podría aparecer un día en la carrera de San

Jerónimo, hacer detener a sus fuerzas frente al palacio del Congreso y dirigirse serenamente, fríamente,

con sus ayudantes a la puerta principal y golpearla correctamente. ¿Y por qué? Pues por esto:

El artículo 8.° de la Constitución, y en su primer punto, dice que "las Fuerzas Armadas, constituidas por

el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e

Independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucionali,. En la

Constitución republicana de 1931, las Fuerzas Armadas no tenían recogida esta misión. Únicamente la

tenían en la legislación constitucional del antiguo régimen, en la «Ley Orgánica del Estado». Esta

deferencia o reconocimiento del régimen de Franco con las Fuerzas Armadas se ha respetado en la

Constitución de nuestra democracia. Así es que el Ejército garantiza —arcarte de la soberanía e

independencia de España» y de su integridad territorial— el «ordenamiento constitucional». Lo que

quiere decir que si el Parlamento infringiera el ordenamiento constitucional, la Constitución, el general

Pavía podría llamar a la puerta con los guantes puestos, entrar y despejar el hemiciclo de diputados.

Incluso podría evitarse este acto violento, haciendo permanecer a los señores diputados en sus asientos,

pero recomendándoles que no conculcaran la Constitución e invitando al Gobierno a su evaporación.

Solamente si los señores diputados no atendieran esta exigencia de la ley, instada por los militares,

entonces podría estar autorizado el despeje, mediante toque de corneta u otros métodos. ¿Han meditado

bien nuestros dirigentes políticos y nuestros gobernantes sobre esta constitucionalización del hecho

militar? No tendrían necesidad de "golpe". Lo más asombroso y delirante que podría ocurrimos es que la

defensa de la democracia viniera de aquellos de quien se sospecha que podrían impedirla. A estos efectos,

me parece oportuno recordar que el Rey, de acuerdo con el artículo 62 de la Constitución, y en su

apartado «h», es el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas.

Espero que mis lectores no trascendentalicen, ni le den intenciones pérfidas, a este artículo. Es una pur»

divagación en torno al suceso histórico del general Pavía, traído a colación por ese ocurrente diputado y

dirigente socialista, Alfonso Guerra, que tiene encima tanta literatura como política, cuando ha señalado

que en el supuesto de que apareciera el general Pavía sobre nuestra democracia, o contra ella, el

presidente Suárez podría estar en la grupa del caballo: a lo que con idéntica malicia ha contestado e!

ministro y secretario del partido en el Poder, Rafael Arias-Salgado, diciendo que en ese supuesto, podría

igualmente llevar las riendas del caballo, en función tle su demagogia, el propio Alfonso Guerra; y como

lo que nadie .había dicho es que Pavía podría reaparecer o resucitar pacíficamente, par» consolidar la

democracia mediante una exigencia de respeto a ía Constitución, es por esto y no por otra razón donde

nace mi advertencia respetuosa.

Por lo pronto, todavía no tenemos Tribunal Constitucional. Se están barajando una serie de nombres que

más o menos componen una especie de "senado disponible" de la transición hacia la democracia. No se ve

en ninguna parte, e injustamente, a los profesores Carlos Ollero, Joaquín Ruiz-Giménez, Antonio

Hernández Gil y otros nombres prestigiosos de nuestros Tribunales y del Derecho. Y sin haber sido

nombrados ni ejercer el Tribunal Constitucional, se han decretado las autonomías, y ai decir de los

expertos se ha vulnerado la Constitución en el método, mientras que otros afinan más y se refieren a la

sustancia. En función del artículo 144 de la Constitución, la consecución de las comunidades autónomas

no puede ¡hacerse sino mediante ley Orgánica. Y esto no se ha hecho. Y después, los artículos desde el

145 al 148 Inclusives, hablan de la naturaleza de las comunidades autónomas, sin olvidar el título

preliminar de la Constitución, que se refiere a cómo tiene que ser el Estado. Por lo que se pueda hacer en

el futuro hay quien avizora que la Constitución en lugar de ser las Tablas de la Ley sea, como se decía

antes, "un guante Varadé".

A estos efectos he escuchado a algunos diputados, y sostienen la tesis de que la Constitución tiene que ser

interpretada, por parte del Tribunal Constitucional, no como una rígida carta jurídica, sino como una

flexible carta política. En la relación de lo político y lo jurídico parece que pueda estar la cuestión, y esto

es de una indeterminación y vaguedad tremendas. ¿Qué es lo fronterizo entre la política y la ley? La

tendencia de los juristas es la de servir al Derecho, a la ley, en su formulación y en sus intenciones.

Precisamente la jurisprudencia no es otra cosa que un espacio, ocupado por el Juez o por el magistrado,

donde la ley ha dado ocasión a la interpretación. Pero el político es menos riguroso, más subjetivo, menos

escrupuloso, y más oportunista, que el juez. Cuando el magistrado o el juez se sitúan fuera de la política,

su comportamiento es admirable. Pero el político es otro personaje. Su ética es diferente, sus objetivos

son estos o aquellos, en virtud de lo que conviene en cada caso. Son flexibles, correosos, escurridizos y

hábiles, para decir o para desdecirse. Para ellos la Constitución es un marco obligado, pero la pueden

convertir en un brillante cucurucho de papel y convencer a los demás de que la mejor manera de estar

orgullosos de una Constitución es que en lugar de ser las Tablas de la Ley de Moisés sean realmente un

cucurucho admirable, posibitista y útil.

Por todo lo que antecede me permito decir que el general Pavía en aquel tiempo no fue democrático ni

hubiera sido constitucional. Pero ahora, cien años después, podría dirigirse al Parlamento, con demócratas

en la grupa y en las riendas, para salvar precisamente la democracia y la Constitución. Y si todo esto fuera

una fantasía —que podría serlo—, prefiero que no lo vean así los señores diputados, para que no incurran

en la peligrosa tentación de convertir la Constitución en un cucurucho, porque este juego no acostumbran

a entenderlo ni los jueces, ni los militares, cuando ambos son custodios y tutelado-res de la Constitución,

según se dice en ella.

No pienso que haya "Pavía siglo XIX", pero no es descartable que hubiera "Pavía siglo XX".

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