Alocución televisada del presidente del Gobierno. 
 "Hay que abordar la plena normalización de nuestra vida política"  :   
 "La apelación al pueblo español es hoy lo más adecuado para fundar con eficacia una solución de Gobierno". 
 ABC.    30/12/1978.  Página: 1, 63-64. Páginas: 3. Párrafos: 45. 

ABC

SÁBADO 30 DE DICIEMBRE

ALOCUCIÓN TELEVISADA DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO

"HAY QUE ABORDAR LA PLENA NORMALIZACIÓN DE NUESTRA VIDA POLÍTICA"

"LA REALIDAD ACONSEJA DESPEJAR CUANTO ANTES LA INCÓGNITA ELECTORAL"

«La apelación al pueblo español es hoy lo más adecuado para fundar con eficacia una solución de

Gobierno»

SUAREZ: Haremos frente a nuestras responsabilidades el período electoral no será un paréntesis ocioso

o perturbador

EL presidente Suárez anunció ayer en televisión su decisión de disolver las Cortes y convocar elecciones

generales. Estas tendrán lugar el oía 1 de marzo y serán seguidas de las municipales, que se celebrarán el

3 de abríl. El presidente tenia ya tomada esta decisión desde el pasado mes de agosto, no habiéndosela

comunicado sino al vicepresidente Abril. Suárez informó a primera hora de la mañana al Consejo de

Ministros, reuniéndose después con la Ejecutiva de U. C. D. A continuación despachó durante tres horas

con el Rey, quien firmó entonces el decreto de disolución. En el transcurso de su intervención televisada

el presidente dio por finalizada la transición, anunciando "la plena normalización de nuestra vida

política». «Ahora disponemos de un texto constitucional que nos ha de permitir gobernar de distinta

manera y sin los condicionamientos o limitaciones propios de un periodo do transición», dijo

textualmente.

E! discurso del presidente de! Gobierno, que por su interés reproducimos integro, fue el siguiente:

«Señoras y señores: Esta mañana, con la publicación en el "Boletín Oficial del Estado" del texto de la

Constitución española, se ha iniciado una nueva etapa histórica en España.

Con la entrada en vigor de la Constitución comienza a contar un plazo de treinta días en los que, como

presidente del Gobierno, tengo que decidir entre proponer la disolución del Congreso de Diputados, el

Senado o las Cortes Generales convocando consiguientemente elecciones generales para constituir nuevas

Cámaras, o bien dar paso al mecanismo de investidura del presidente del Gobierno conforme establece la

Constitución.

Pues bien, en el primer día en que legalmente puedo hacerlo, comparezco ante ustedes, señoras y señores,

para exponer mi voluntad de que, sin retraso alguno que pudiera serme imputable, la Constitución

adquiera plena virtualidad. Con la misma sinceridad y honestidad con aue aquel mes de

Julio de 1976 expuse los propósitos básicos con que asumía la Presidencia del Gobierno, quiero explicar

hoy las motivaciones profundas de la decisión adoptada sobre lo tue se ha dado en llamar el calendario

político inmediato.

Mi decisión, profundamente meditada, ha sido, previa deliberación en Consejo de Ministros, proponer la

disolución de las Cortes, para lo cual he sometido en el día de hoy a la firma de Su Majestad el Rey, y

bajo mi exclusiva responsabilidad, conforme establece la Constitución, el decreto de disolución de ambas

Cámaras y la convocatoria de Elecciones Generales que se celebrarán el próximo día 1 de marzo.

Al_propio tiempo, de conformidad con los términos de la vigente Ley, les anuncio que tí Gobierno ha

señalado el día 3 del mes de abril para la celebración de las elecciones municipales la decisión de

proponer a Su Majestad la disolución de las Cortes la he adoptado con plena conciencia de mi

responsabilidad como presidente del Gobierno. Quiero expresar públicamente la gratitud y

reconocimiento que tanto el Congreso de los Diputados como el Semado merecen por su generosa y

esforzada labor. Pero tengo la seguridad de que la apelación al pueblo español es_ hoy lo más adecuado

para fundar con eficacia una solución de gobierno que permita enfrentarnos a los problemas actuales. Y

tengo la firme confianza de que la decisión del pueblo español será la que más convenga a España.

En las últimas semanas, desde unas y oirás posiciones, se me han dirigido requerimientos y apremios para

que adoptara y expresara mi decisión. Pero era claro para mí, y pienso Que para cualquier buen

entendedor, que un elemental respeto al proceso constituyente y una responsable valoración de lo que en

cada momento era el Ámbito real de mis atribuciones, me vedaba ejercitar aquéllas que sólo me habían de

corresponder cuando, por su entrada en ví-gor, la, Constitución tuviera eficacia normativa para todos.

En casi treinta meses de gobierno creo haber acreditado que no cedo ante impaciencias ni rehuyo ni

pospongo el ejercicio de mis responsabilidades. Una operación como la que hemos conducido no es fruto

de la Improvisación, sino de la cuidada programación y la ejecución rigurosa. Una acción de gobierno -^-

de gobierno, en el más cabal y pleno sentido— como la llevada a cabo es imposible si falta una referencia

de serenidad y firmeza. Yo he tratado de no perder nunca esa referencia, ni en los momentos más

difíciles, que los ha habido, ni ante las incomprensiones, que han abundado; ni ante las urgencias

nerviosas, interesadas o no, con que se nos ha acosado. Y, paso a paso, las cosas se han ido haciendo, los

problemas se han abordado, aunque pueda ser desigual, como lo es en toda obra humana, el acierto, la

eficacia o el éxito en su solución.

En apenas dos años, los españoles hemos transformado desde la legalidad un sistema autoritario de

gobierno en una democracia pluralista; hemos hecho gradualmente y con pleno sentido de la

responsabilidad, una reforma política ejemplar; hemos institucionalizado un régimen de libertades pú-

blicas; hemos abierto la posibilidad de ana convivencia sin exclusiones y hemos incoado y concluido un

proceso constituyente, cuya expresión es, por vez primera en nuestra Historia, una Constitución de todos

y para todos y que a todos ampara —incluso a los que discrepan de ella o contra ella levantan su voz.

Y con la Constitución hemos sentado sólidamente las bases que aseguran la resolución de viejos y graves

problemas históricos que, sin resolverse durante décadas, ahogados a veces por la fuerza de la coacción,

afloran a la superficie, agravados, cada vez que en nuestra Patria se abre un esperanzador período de

convivencia y de libertad.

Al tiempo que se elaboraba la Constitución y aún sin disponer de la norma jurídica fundamental, se

introdujeron en el ordenamiento jurídico-público las modificaciones más urgentes para perfilar un Estado

democrático. Asimismo y para afrontar la crisis económica más aguda que ha conocido y sufrido el

mundo occidental desde los años de la gran depresión, se puso en marcha un programa de saneamiento y

reforma de la economía, al que prestaron su acuerdo todas las fuerzas políticas parlamentarias en ese gran

ejercicio de responsabilidad compartida que han sido los Pactos de la Moncloa. Gracias a ellos y al rigor

con que el Gobierno ha aplicado el plan de saneamiento económico se han conseguido mejoras

importantes en el ámbito de los precios, de la inflación y de la balanza de pazos, mejoras sin las cuales el

país estaría hoy en bancarrota y que permiten contemplar el porvenir inmediato con mayor seguridad,

porque nadie puede honestamente negar que, aun sumidos todavía en plena crisis, la situación económica

del país es hoy notablemente mejor que a principios de año.

Mientras la Constitución se debatía en las Cortes, mientras se hacía frente a la crisis económica con

medidas urgentes e inevitables, se iniciaban también todas aquellas reformas imprescindibles para con-

solidar los resultados del cambio político y para sentar las bases estructurales de un desarrollo económico

más equilibrado y justo, con costes y beneficios mejor repartidos.

Porque si hay algo que revela con fidelidad secular la experiencia histórica es que la democracia, la

libertad y las propias posibilidades de libre y ordenada convivencia se frustran —en España se han

frustrado siempre— por falta de sensibilidad social en los gobernantes, por no afrontar abierta y

responsablemente una más justa distribución de la riqueza nacional.

Cada una de las sucesivas etapas políticas desde que asumí la Presidencia del Gobierno ha requerido una

determinada manera de gobernar. Hasta el 15 de junio de 1977, de conformidad con el compromiso írue

había asumido ante todos ustedes, el objeíivo esencial de la labor de gobierno fue devolver la soberanía al

pueblo español y preparar la celebración de unas elecciones libres. Desde el 15 de junio de 1977. también

de acuerdo con mi intervención al término de la campaña electoral, el objetivo básico ha sido el

entendimiento de todas las fuerzas políticas para la resolución de los problemas económicos; el logro de

una Constitución válida para todos, y la realización de una profunda reforma fiscal.

Esta etapa ha quedado agotada hoy mismo con la terminación del período de transición política. Ahora

disponemos de un texto constitucional que nos ha de permitir gobernar de distinta manera y sin los

condicionamientos o limitaciones propios de un periodo de transición. Ahora hay que buscar la

legitimación popular en razón de los objetivos que son prioritarios en este momento histórico.

Quiero ahora explicar con detalle las razones en que se fundamenta, consciente también de los diversos

argumentos que se esgrimen contra ella. Quiero examinarlos con seriedad, pues de su análisis resulta

claramente la conveniencia de la convocatoria de elecciones. Se dice, primero, que España tiene

planteados serios problemas y el proceso electoral abre un paréntesis inconveniente para su necesario

tratamiento; segundo, que los españoles acusan un grado de saturación política que hace inoportuna una

nueva consulta electoral; tercero, que los resultados previsibles no se habrán de desviar fuertemente de los

producidos el 15 de junio, por lo que no resultan justificadas oirás elecciones; cuarto, que la plena eficacia

de la Constitución pende de un desarrollo legislativo cualitativamente vinculado a la etapa constituyente y

que no permite considerar cerrada ésta por la promulgación de la Constitución.

Ninguna duda cabe sobre la profundidad de los problemas que nos acucian. Y concedo, por obvio, que

una situación electoral no es la ideal para que un Gobierno pueda afrontar su mejor solución.

Pero, ¿es acaso, no ya ideal, sino mínimamente eficaz, la situación alternativa de un Gobierno cuando se

mantienen vivas las expectativas de unas elecciones? ¿Puede alguien pensar que por el hecho de no

convocar elecciones ahora se alejan en un horizonte temporal que no se mida por meses?

Compulsen unos y otros las posiciones reiteradas y públicas de los distintos partidos políticos y habrán de

convenir conmigo que no hay posibilidad de garantizar una solución estable de Gobierno con perspectivas

mínimas de tiempo para abordar con seriedad y solvencia la solución de aquellos problemas.

Si a ello se añade que lag inaplazables elecciones municipales son un dato que abre necesariamente el

periodo electoral, advertirán ustedes, fácilmente, que es aventurado plantearse la cuestión como si se

tratara de optar entre elecciones generales ahora o en 1981. Es mucho más real pensar que la opción está

entre elecciones generales al principio o a lo largo —al final, quizá—, en el mejor de los casos, de 1979.

Entendida la cuestión en estos términos, que la realidad de estos problemas aconseja es despejar cuanto

antes la incógnita electoral. No es perder dos meses, sino ganar en dos meses una posición en la que el

Gobierno, cualquiera que sea su encaje político, pueda gobernar enfrentado a los problemas reales, sin

expectativas electorales Inmediatas y sin el riesgo de que la crítica ante cualquier medida política pueda

ser instrumentada como un argumento para la perentoria convocatoria de nuevas elecciones generales.

Cabría pensar, quizá, que el pueblo español pueda reaccionar negativamente ante excesiva frecuencia

de las consultas íctorajes. Pero yo me resisto a aceptar mo válida, y desde luego como irrever- We,

la conclusión que se sigue d« ese razonamiento. Desde que se inició el proceso han sido tres las consultas

populares. Y un leblo que ilusionadamente se ha hecho sponsable cíe su propio destino, asumiendo la

titularidad real de la soberanía, debe haber, y sabe —no faltaba más—, que el ercicio del voto nn pende

del esfuerzo o olestia que pueda comportar, sino de la icrza con que se estime el uivel de liber- td,

responsabilidad y dignidad en que se túa el que lo ejerce, Y estas palabras expresan valores de

singular magnitud de « que ningún pueblo que los ha conquistado abdica voluntariamente.

Yo estoy seguro Qiue el pueblo español «tenderá la necesidad de estas elecciones, dedirá con acierto

la importancia de la .pelación que se le hace y la trascenden- ;ia de la decisión que adopte.

Hemos reiterado todos al explicar la Constitución que es el marco de referen-ia en el que se

expresan los supuestos co-nuiíes y aceptados de una convivencia or-lenada. Pero hemos dicho también

que los üstíntos partidos políticos ofrecían y mantenían los distintos modelos de sociedad, que entre

ellos el pueblo español es el ue optaría en las elecciones periódicas por 1 que nías y mejor expresara sus

ideales aspiraciones. Esto es lo qne el pueblo hará de decidir en las próximas elecciones. ´ ni su acreditada

madurez es congruen-e con la posibilidad o la inhibición, ni la responsabilidad conscientemente

asumida eja lugar para el desentendimiento. Podría acontecer, sin embargo, algo que en ocasiones se da

en los procesos de cambio acelerado. Y es nn cierto desencanto laralelo con frecuencia al exceso de

ilusión puesta en el proceso, como si su culminación pudiera alumbrar soluciones fáciles a los problemas

o excusar el esfuerzo colectivo que toda solución exige. Por eso es deber de todos —y yo creo haberlo

cumplido rigurosamente— no predicar mundos idílicos u ofrecer caminos de rosas. Un pueblo que

toma las riendas de su destino en un momento crucial de su historia debe saber, y desde luego sabe, que

al hacerlo adopta una posición nueva dfcs-de la que afrontar la solución de sus problemas, con su trabajo,

su esfuerzo, su dedicación, su responsabilidad. Dicho en otros términos: hemos construido un sistema

político, y a pesar de todo, una serie de problemas que a todos nos afectan siguen vivos. La construcción

de aquel sistema no los ha eliminado, pero es el único punto de partida desde el que se pueden afrontar

eficazmente y alcanzar su solución. Esta es la importancia de lo que hemos hecho ya. Entenderlo así

supone proseguir con la misma ilusión, en la seguridad de que sólo por el responsable esfuerzo

cooperador de todos alcanzaremos lo mejor para España y el pueblo español.

Yo no puedo responsablemente predecir si aciertan o no los que califican las elecciones como

innecesarias porque estiman que no producirán desviaciones notorias con respecto a los resultados

electorales del 15 de junio. Pero sí digo que un Gobierno, para gobernar, necesita contar con resultados

que despejen el horizonte de expectativas electorales inmediatas y actualizan el respaldo popular.

Porque, señoras y señores, ahora hay que abordar la plena normalización de nuestra vida política, la

puesta en marcha de las instituciones democráticas y justamente, en una circunstancia histórica,

singularizada por la acumulación de problemas reales, a los que hay que dar urgentes soluciones.

Es necesario seguir haciendo frente con vigor, con competencia y sin demagogia, a la crisis económica.

Es necesario crear las condiciones de relanzamiento de las inversiones públicas y privadas para crear

puestos de trabajo y reabsorber el paro en el marco de una política de empleo adecuada.

Es necesario continuar sin descanso la lucha contra el terrorismo, lucha que ha obtenido notables éxitos

en los últimos tiempos.

Es necesario mantener, y aún reforzar, el apoyo prestado a las Fuerzas de Orden Público para aumentar

los niveles de seguridad ciudadana.

Es necesario proseguir las reformas socioeconómicas ya iniciadas para asentar sólidamente el Estado.

Es necesario desarrollar la Constitución mediante una serie de leyes que den perfil definitivo a nuestras

instituciones políticas y administrativas, muchas de ¡as cuales han de sufrir aún profundas modificaciones

para insertarse en las nuevas coordenadas constitucionales.

Es necesario realizar, gradual y responsablemente, con sentido de la racionalidad y la distribución

territorial del poder del Estado.

Es necesario, finalmente, hacer funcionar todos los organismos sociales que den a la sociedad española la

vitalidad y el vigor precisos para fomentar su propio presente, para restablecer la disciplina social y el

espíritu de trabajo, y para asimilar una libertad que sólo puede ser duradera si va acompañada de un alto

grado de responsabilidad individual y colectiva.

No es posible, por tanto, pretender que se siga gobernando como si todo fuera igual que en el período

inmediatamente anterior. A partir de ahora se hace necesario un Gobierno que, por el respaldo popular,

esté en condiciones de gobernar desde las convicciones y el modelo de sociedad contenidos en su

programa.

Es necesario qne cada partido ofrezca su alternativa en es» encrucijada. Y que ustedes, a la vista de sus

intereses, ideales y sentido de la vida, decidan en conciencia el futuro de todos los españoles para loa

próximos cuatro años. Y en tanto esa decisión se adopte no habrá vacío ni existirá ausencia de autoridad.

De la misma forma que, conscientes de nuestra responsabilidad, hemos planteado un programa

económico para 1979 haciendo caso omiso de eventuales conveniencias o condicionantes electorales,

tratamos de que el pulso del país, en tanto no se alumbre la solución de Gobierno consiguiente » las

elecciones, sea sostenido por una adecuada y eficaz acción de Gobierno. Tengan todos la seguridad de

que haremos frente a nuestras responsabilidades, mientras las tengamos asumidas, con el firme propósito

de que el período electoral no sea un paréntesis ocioso o perturbador.

Señoras y señores:

Al pedirles que aporten su colaboración, su esfuerzo, a esta nueva etapa política que ahora se inicia, lo

hago con el convencimiento de que no hay obstáculo ni dificultad que pueda entorpecer el futuro de

progreso y prosperidad que nos hemos propuesto.

El camino recorrido 110 ha sido fácil ni lo será el que nos queda por recorrer. Pero en cada paso dado hay

un motivo para la ilusión; en cada dificultad vencida alienta una nueva esperanza; en cada contrariedad

soportada y superada se curte la voluntad y se forja la fortaleza cíe un pueblo.

Siguen y seguirán haciéndose negros augurios. Continuarán desde unas u otras posiciones dando zarpazos

a la confianza y alas al desánimo. Pero el pueblo español continuará teniendo fe en su propio destino.

Buenas noches.»

 

< Volver