Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Suárez y los avestruces     
 
 Diario 16.    30/06/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

Diario 16/30-junio-80

OPINIÓN

PEDRO J. RAMÍREZ´

Suárez y las avestruces

¿SE fijaron ustedes con qué abulense contundencia completó el presidente Suárez su postrer apretón de

manos, amarrando, apalancando a Jaime Cárter por el codo y con la zurda? ¿Y con qué efusividad de

joven gobernador civil, estrechó con ambas dos los dedos regordetes de la marimandona Rosalyn? Dudo

mucho que monsieur Barre y señora reciban el mismo tratamiento de excepción esta semana.

No hay que culpar a nuestro buen jefe de Gobierno si en asunto de modales anda ya un poco

escarmentado con los políticos franceses. Cuentan que en vísperas de su último viaje a París el embajador

transpirenaico visitó al ministro de Asuntos Exteriores, invocando la necesidad de despachar un asunto

tan embarazoso como urgente. Se trataba de un ruego de la sección de protocolo de El Elíseo: Su

eminencia reverendísima el cardenal Richelieu Giscard d´Estaing no deseaba que el primer ministro

español volviera a tener la osadía de apoderarse de su glorioso antebrazo, aprovechando la coartada del

saludo, tal y como había sucedido en infausta ocasión anterior.

Uno no puede dejar de preguntarse con el anónimo autor de un reciente libelo, «qué hubiera sido de la

cultura francesa si Francia, en vez de estar situada donde está, hubiera estado, por ejemplo, en Australia».

La anécdota del frustrado «tacto de codos», cuya parte más festiva llega luego, con los sofocos del

diligente canciller Oreja a la hora de dar curso a tan bizarro mensaje, merecería ser —es probable que lo

sea— completamente cierta. Podría inscribirse así, junto al «episodio-del-vaso-de-leche», junto al

«episodio -del- .corredor -decorado -con cuadros», en el copioso catálogo de incidentes personales,

acaecidos entre nuestro poco refinado presidente —«yo, uno de tantos... Yo, uno cualquiera», que cantaba

Raphael— y el nuncio de Su Santidad la Historia ante la «grandeur» de la V República.

Barre debe ser advertido

Pelearse es cláusula de obligado cumplimiento entre vecinos. Ya en el 1617 un escritor aragonés, de

nombre Carlos García, abordaba el problema de frente y por derecho, en un ensayo titulado «Antipatía de

españoles y franceses». «Mil veces he tenido tentación de pedir a las parteras —confesaba— de cuál

suerte salen del vientre de su madre los franceses. Porque según la contrariedad que veo entre ellos y los

españoles, tengo por imposible que nazcan todos de una mesma manera...»

Lo que ocurre es que, examinando los acontecimientos bilaterales desarrollados de un tiempo a esta parte,

no nos encontramos ante un supuesto de «pelea», sino ante un caso de flagrante y sistemática «agresión».

Sin mediar afrenta previa de ninguna clase que explicara o justificara acciones de represalia, Francia nos

«agrede» volcando nuestros camiones, desparramando nuestras mercancías e intentando retrasar nuestro

ingreso en el Mercado Común. Y Francia nos «agrede» también al pecar por omisión y cruzarse de brazos

mientras los terroristas vascos preparan en su territorio los crueles atentados contra las vidas de nuestros

ciudadanos o la tranquilidad de nuestros turistas.

El orondo monsieur Barre —ni él ni su larguirucho jefe hubieran tenido problemas para encontrar papel

en el reparto de «El hombre de la Mancha»— debe ser advertido durante su visita oficial a Madrid de que

la resignada paciencia de la España democrática puede tener un límite. Por modesta que sea nuestra

fuerza, siempre encontraremos alguna forma de pagar con la misma moneda en el caso de que los

franceses continúen empeñados en recargarnos de dificultades adicionales las ya combadas espaldas

colectivas del país.

Algo hay que agradecerle, sin embargo, al feliz recipiendiario de los arzobispales diamantes de Bokassa I,

«El Noble», y bueno será aprovechar también para ello la visita de su escudero y secretario. Ciscará nos

ha proporcionado un verdadero «motivo nacional» para entrar en Europa. Si hasta ahora se veía la

integración como una compleja encrucijada de ajuste económico, sus maniobras obstruccionistas han

transformado el envite en asunto de amor propio.

Carta de Suárez a Schmidt

La perspectiva de obtener una victoria moral sobre los franceses es el gran aliciente que desde hace unos

días azuza a nuestros diplomáticos. Bastaría que el presuntuoso «enarca» de El Elíseo repitiera una vez

cada trimestre su numerito antiespañol, para que en cuestión de un año el europeismo, hasta el momento

privativo de las élites políticas, derivara en firme sentimiento popular.

Especialmente si se confirman algunos indicios que sugieren que, a pesar de todos los pesares, España

puede ganarle a su arrogante vecino esta batalla. Por dos veces en el transcurso de la pasada semana el

embajador de Alemania en Madrid ha dejado patente ante el Gobierno español y ante los representantes

diplomáticos de los demás países de la Comunidad que Bonn no asume la posición retardataria de París.

Aunque con cierta demora, las iniciativas y gestiones que siguieron al «giscardazo» comienzan, pues, a

dar sus primeros frutos. Entre todas ellas destaca por su importancia la carta personal del presidente

Suárez, reservadamente remitida al canciller Schmidt, demandando amparo y protección frente a la

intemperancia de los franceses.

A pesar de que podía interpretarse de manera ambivalente, el silencio alemán empezaba a generar ciertas

inquietudes en el entorno del palacio de la Trinidad. A algunos de los magníficos profesionales, que allí

trabajan no puede escapárseles la intensa tentación que para Schmidt supone la tantas veces implícita

oferta francesa de convertir Europa en una diarquía regida al alimón y progresivamente alejada de los

Estados Unidos. Caso de haberse materializado los abortados rumores de que Schmidt se disponía a echar

marcha atrás en la decisión del pasado diciembre sobre los euromisiles hubiera sido inevitable el

desencadenamiento de una dinámica en la que el problema español habría descendido al rango de

episódica nota de pie de página.

Lo que está en crisis es la propia concepción que la comunidad occidental tiene de sí misma. Se

cuestiona, en primer lugar, la eficacia del liderazgo americano, y recuérdese que fue el moderado canciller

alemán quien en su famosa conferencia del Instituto de Estudios Estratégicos de Londres advirtió ya en

1977 la imposibilidad de seguir confiando plenamente en el paraguas nuclear urdido por Washington.

«Los Estados Unidos ya no son el número uno», acaba de sentenciar —preocupado por el creciente

desarrollo militar soviético— el siempre atlantista Raymond Aran.

Paralelamente se observa en todas las democracias occidentales esa actitud centrípeta y endogámica,

característica de los momentos de dificultades económicas. Las servidumbres que imponen los

respectivos procesos electorales nacionales empiezan a primar descaradamente sobre la racionalidad

básica del hecho comunitario. Mientras desde Bruselas no se administre, además de una unidad aduanera,

una unidad política, Europa será un zigzagueante riachuelo plagado de mezquinos meandros.

Ninguno de los gobernantes europeos es capaz de sacrificar los intereses inmediatos aparentes de su

clientela electoral en favor de los planteamientos que inspiraron a los «padres fundadores» del «sistema

continental de libertades» alumbrado tras la Segunda Guerra Mundial. Y hablo de «intereses inmediatos

aparentes», porque el libre intercambio político y económico en la Europa del Oeste no sólo encierra un

propósito más noble, sino también un dispositivo de relación mucho más eficaz que el presente

cantonalismo fraccionalista.

No es la «Europa de los mercaderes» la que ha desplazado a la «Europa de los ideales», sino —tal y como

apuntaba recientemente un mordaz dibujo de la revista «Time»- la «Europa de las avestruces». Llevan

cierta razón algunos pájaros de mal agüero al contemplar la, en mi opinión muy remota, posibilidad de

que en 1984 España todavía no sea miembro de la CEE. Eso no significará, sin embargo, que haya

prosperado la estrategia francesa de candado, zancadilla y pausa. Si llega a darse tal supuesto, eso

significará que Europa —incapaz de resolver sus problemas estructurales- es ya una idea en periodo de

descomposición.

Una política exterior humilde

Me preocupa la tendencia del presidente Suárez a confundirse con el paisaje. Nuestro jefe de Gobierno

debe desatender las múltiples invitaciones que le aconsejan continuar enterrando la cabeza en la arena, a

imagen y semejanza de sus colegas continentales. Un somero repaso de nuestra balanza comercial y de

nuestras limitadísimas posibilidades tecnológicas basta para desbaratar las ficticias ensoñaciones que

hablan de sustituir I el afán europeo por acciones expansivas en Iberoamérica y el proceloso mundo árabe.

España necesita una política exterior más humilde, pero más efectiva. No es tarea nuestra —ni está, por

supuesto, a nuestro alcance— arreglar la cuestión de Oriente Medio. Tampoco —¡qué error, estimado

señor González!- nos compete impulsar el movimiento de no alineados, eficazmente satelizado hasta

ahora por Moscú. Apenas haya concluido de regañar a monsieur Barre, Suárez está obligado a

comparecer ante la prensa nacional —esperemos que con reglas del juego menos fraudulentas que las

orquestadas la última ocasión— y, una vez clarificadas las prioridades de nuestra proyección en el

mundo, debe emprender viaje hacia la «Europa de las avestruces».

He ahí el primero de los dos grandes retos, que no tiene más remedio que asumir si desea asegurarse el

turrón en la Moncloa. Del segundo, de su obligación de proporcionar al país una mayoría parlamentaria

estable en el otoño, hablaremos durante el mes de julio.

«Tras regañar a Barre, el presidente debe comparecer ante la prensa y preparar su viaje a la «Europa de

las avestruces»

 

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