Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Ante la idea sindical del centro     
 
 ABC.    11/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ANTE LA IDEA SINDICAL DEL CENTRO

La noticia saltó primero en el salón de pasos perdidos de las Cortes, cuando el presidente del Gobierno la suscitó en ana conversación informal con un grupo regional de las Juventudes del Centro. La noticia consistía, en primer lugar, en que tas Juventudes del Centro —eran las del Keino de Murcia— irrumpiesen en las Cortes y lograsen veinte minutos de conversación con el señor Suárez; lección que resultó de suma importancia 7 notables consecuencias morales para loa audaces interlocutores, pero lección mal comprendida por un señor ministro, que acto seguido les dio descortés esquinazo mientras caminaba, con sus dudas metódicas y encubridoras, por los vasillos de su anacrónico caserón. La noticia era, en fin, que entre los propósitos presidenciales figuraba en lugar preferente la crecían de una eran sindical del Centro.

En los contactos del presidente con las otras centrales —todas ellas de origen revolucionario, en el sentido histórico de la palabra— salió a relucir el tema, que preocupa evidentemente en tales medios; un periódico ha insinuado que uno de los portavoces sindicales descartó la posibilidad de una competencia sindical por parte de U. C. D. con cierto deje de autosuficiencia, por no utilizar un término más castizo.

En el fondo se trataba de un justificado temor a, una competencia posible y necesaria; pero inadmisible —¿en virtud de qué ley histórica o política que no sea el dogma de la lucha de clases?— desde cierta óptica sindical, que contempla la posición propia como un monopolio; y cree que sólo desde ese nuevo monopolio de raíz —y propósito— revolucionario se puede llenar el todavía enorme vacío de otro monopolio, el que detentó durante «uarenta años el sindicalismo vertical.

Desde mi ángulo da comentarista político libre, sin carácter de portavoz de nadie —de nadie más que casi ciento noventa mil hombres y mujeres de una región en flor—, la central sindical del Centro me parece posible, legítima y necesaria. Nadie puede oponerse a la creación de un sindicato en el paradójico nombre de la libertad sindical. Nadie puede reservarse el derecho ai monopolio sindical en nombre de un dogma, sobre todo cuando desde esas mismas filas se ha conseguido la erradicación de un sindicalismo dogmático como el que justamente acaba de desaparecer, vaciado por dentro más que abatido desde fuera.

Pretender que rí Gobierno potencie con su apoyo directo o con su misma abstención el nuevo monopolio sindical de las centrales de origen revolucionario sería impúdico; pero ceder a tal exigencia sería suicida. No se trata de crear un sindicato «amarillo», aunque debemos dejar a la base la atribución de colores; so pena de evocar aquí los deslices amarillos de diversas historias sindicales qu« alardean de coherencia en otro color más subido.

Dos modelos de estructura sindical se nos ofrecen hoy en Europa y América: que simplificaremos en el francés-italiano y en el alemán-americano. El segundo funciona dentro de una sociedad libre y democrática; el primero funciona cada vez peor, y desde amplios sectores democráticos de los dos países se presenta cada vez más como un plano inclinado hacia la degeneración de la democracia.

Un importante sector d« I» política española se inclina hoy hacia este modelo d* dispersión; nadie va a negarles su derecho a opinar así y a organizarse así. Pero nadie puede negar a otros sectores democráticos su derecho a organizar.

Por Ricardo DE LA CIERVA

desde sus propios supuestos, una vida sindical propia y coherente.

Aquí se vuelve lógicamente contra sus fautores la engañosa teoría de la salarización-proletarización, tan esgrimida en los últimos años del régimen anterior por sectores radicales (ahora felizmente moderados) de la oposición.

Hay en esta España que estrena democracia millones de trabajadores auténticos, trabajadores del campo, de la industria, de los servicios, de la inteligencia, del funcionariado que desean organizarse profesionalmente en forma sindical plena. Y que no encuentran sitio en los sindicatos de origen revolucionario; y que ni se sienten marxistas, ni colectivistas, ni anarquistas, ni socialistasnantistas. Estos trabajadores son tan demócratas como el que más; y reconocen a los demás el derecho de asociarse como quieran. Acusarles de amarüHsmo, o de gubernamentalismo, sería ofenderles.

Nadie piensa que el «Gobierno» organice una sindical; pero el partido que hispirá al Gobierno —lo mismo que los demás partidos o grupos políticos y sociales— tienen pleno derecho a inspirar una confederación o complejo sindical con la misma libertad de los demás. Que el rendimiento y la eficacia posterior de esa confederación decida después su supervivencia.

Hay en las zonas medias españolas un extraño complejo de abandonar el campo sindical a ios grupos de origen revolucionario. Parece que, en cuanto presidente del Partido, el presidente del Gobierno no alienta, afortunadamente, tal complejo. Sería lamentable que en las negociaciones con los demás sindicatos ese proyecto fuese solamente una carta maestra o una baza espectacular. No podría defraudar así a unos entusiasmados jóvenes de una región española que creyeron en unas palabras presidenciales; ni sobre todo a unos millones de compatriotas que están seguras, objetivamente, de que el porvenir de una enorme incógnita llamada V. C. D. se juega mucho más en el terreno sindical que en el político. Aunque parece lo contrario.—R. DE LA C.

 

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