Permanencia en las ideas     
 
 ABC.    18/12/1963.  Página: 64. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

PERMANENCIA EN LAS IDEAS

Desde que va para un cuarto de siglo el Jefe del Estado abordó el tema de las formas de Gobierno en sus, para nosotros inolvidables, declaraciones al ABC de Sevilla hasta su entrevista de ayer con el corresponsal del "Fígaro", hay una continuidad derecha y unívoca. Franco no se ha movido ni un punto en sus convicciones monárquicas. La consecuencia y constancia de su pensamiento son en esta materia sencillamente ejemplares. Algunos hubieran querido moverle hacia posiciones distintas, ya en un sentido ya en otro. Su esquema político no ha variado desde 1936. Los que en estos últimos años tanto se han equivocado, aquende y allende fronteras, respecto al futuro de España era, pura y simplemente, por desconocer o por no creer en las reiteradas y anteriores manifestaciones de quien como Franco ha sabido aunar en su quehacer de estadista la prudencia con la previsión. Y se ha mantenido seguro y firme porque se sabía portavoz del 18 de Julio, u invariabilidad doctrinal ha sido y es, en definitiva, fidelidad a los que frente a la República cayeron por España.

No es posible reproducir aquí todos los textos que a lo largo de veinticinco años marcan los hitos de esta rectilínea trayectoria doctrinal. Pero hay uno ciertamente insoslayable. Cuando el 17 de mayo de 1958, el Jefe del Estado "consciente de su responsabilidad ante Dios y ante la Historia", y con la irrepetible autoridad de su gloriosa y excepcional magistratura promulgó en presencia de las Cortes los Principios Fundamentales del Movimiento, dijo en un discurso trascendental que era una auténtica exposición de motivos: "Nuestro régimen es incompatible con los torpes ensayos republicanos que la experiencia demostró trágica e inequívocamente ser funestos para la nación. La forma política del Estado nacional, proclamada por la ley de Sucesión y refrendada unánimemente por todos los españoles, es la Monarquía tradicional, católica, social y representativa." Estas fueron sus palabras en una de las coyunturas más decisivas y solemnes de su tensa vida política.

Sólo a esos sordos incurables que son los que no quieren oír, pueden sorprenderle ahora las declaraciones al "Fígaro". La pregunta del corresponsal reflejaba con exactitud un rumor lanzado por los que dentro y fuera sonreirían complacidos ante cualquier titubeo que pudiera abrir ese paréntesis constituyente o esa situación-puente que hiciera tambalearse las estructuras de nuestro Estado. He aquí la pregunta: "Algunos observadores de la política española han evocado la posibilidad de que España se pronuncie un día próximo por el principio de una República presidencialista. ¿Puede Su Excelencia indicarnos si estos rumores se basan en unas realidades concretas?" La respuesta es tan tajante que no deja el menor resquicio a la duda ni más mínimo margen a la interpretación: "Nuestro sistema sucesorio, promulgado al constituirse la nación en Reino y ser refrendado por el país en abrumador plebiscito, no ofrece una solución cerrada, sino una alternativa: la de un príncipe de sangre que pueda asumir la Corona o el establecimiento de la regencia en aquellos casos que la propia ley establece, en que el interés de la nación lo requiera sin que por ello haya de romperse con el sistema tradicional que presidió la historia y entregarse a un sistema republicano que ya en dos ocasiones labró la ruina y el descrédito de la nación."

Estas palabras son una quintaesencia de la legislación fundamental vigente, y de un pensamiento reiteradamente expuesto, sin e! menor retroceso y vacilación.

Los que creemos en la Monarquía, no sólo por respeto a nuestra tradición y a la sangre de tantos caídos, sino porque consideramos que es la mejor forma de gobierno y la única capaz de continuar legítima y dignamente nuestra Historia y de garantizar la continuidad del espíritu del 18 de Julio y de los esfuerzos de pacificación y reconstrucción llevados a cabo en los últimos decenios, saludamos con gozo esta sabia y patriótica insistencia de Franco en desmentir categóricamente unos rumores que siempre hemos tenido por insidiosos y, en definitiva, por contrarios a los supremos intereses de España. Pero los que los propalan, a veces atrincherados en supuestas lealtades, difícilmente cejarán. Confiarán en la mala memoria de las multitudes y estarán al acecho de cualquier coyuntura propicia, de cualquier fisura social para volver a su juego. Acaso no se atrevan a resucitar el tópico republicanizante del presidencialismo y se acojan a otra consigna constitucional que si no convenza abra, al menos, la duda y, en último término, la inseguridad y la intranquilidad colectiva. Pero en cualquier caso volverán a tas andadas.

¿Quiénes son estos oscuros saboteadores de las líneas maestras de nuestro Estado? Son, desde luego, sus adversarios, aunque traten de hacerse pasar con disfraces menos comprometedores y más eficaces. Hay que estar prevenidos para no dejarse sorprender. Con sus maniobras a quien de verdad sirven es a los enemigos del 18 de Julio, a los que se duelen de los resultados logrados. Quizá sorprendan a los incautos. A los que hicieron la guerra no les engañarán. Hay una experiencia que estamos obligados a transmitir a las nuevas generaciones: en nuestras coordenadas históricas, la República es la negación de esas esencias de España que el 18 de Julio fueron salvadas, es marcha atrás y vuelta a empezar, Grande y triste responsabilidad la de quienes se obstinen en predicar a los jóvenes lo contrario. Frente a su deletérea pedagogía estaremos en el futuro como lo estuvimos en el pasado. Ya una vez los hechos de la Segunda República nos dieron la razón. Si se cumple la representativa voluntad de Franco, como vehementemente esperamos, no volverá a suceder.

 

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