El eterno exiliado     
 
 ABC.    19/11/1963.  Página: 48. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC. MARTES 19 DE NOVIEMBRE DE 1963, EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 48.

EL ETERNO EXILIADO

Antonio Espina es un pedio dista español que ha vivido años en el exilio. Un día quiso retornar a la Patria, y lo hizo sin la menor cortapisa. Es más: nuestra Prensa acogió generosamente sus colaboraciones. Pero desde hace algún tiempo este escritor ha concentrado su actividad literaria en hacer crónicas sobre la vida española para periódicos de Hispanoamérica. No hace mucho el director de A B C comentaba con estas palabras un desventurado artículo suyo, en el que se denostaba a Ramiro de Maeztu: "Lo que ha combatido A B C—en su editorial del 6 de julio—no es al escritor, sino a la tesis insostenible mantenida por él de que "la Hispanidad fue un truco que se inventó Maeztu para ser ministro con los reaccionarios"; a las injustas—por falsas—afirmaciones que contenía y al modo empleado, acre, mordaz, desapacible—modo que creíamos borrado del comercio de las personas cultas—, para sentar en el banquillo de la Historia a un hombre insigne que no puede responder por sí mismo porque fue muerto un día por manos asesinas." Pero no se trataba de un hecho aislado. Constantemente nos llegan recortes que firma el mismo corresponsal, y en los que se insiste en idéntica actitud de hostilidad prácticamente general, a lo más genuinamente español. Un día la víctima son nuestros periódicos, otras veces nuestras instituciones, nuestros escritores o nuestras costumbres. Hasta le ha tocado el turno al valiente capitán Etayo, penosamente ridiculizado por este negativo y amargado corresponsal. Las suyas no son discrepancias políticas, o en todo caso no es a éstas a las que nos referimos. Su labor es como la de las termitas; ataca todo—¡todo!— cuanto le rodea tenaz y ciegamente: el paisaje, los monumentos, las personas, la Historia.

Como un caracol, su huella de babas, este español sin amor que escribe desde España en periódicos no españoles, va dejando su rastro de rencor (sin que haya nada en su patria que le guste) allí donde pone la pluma.

Una de sus últimas producciones es un artículo sobre El Escorial, escrito con ocasión del centenario de esta auténtica maravilla del mundo. Se trata de un texto sencillamente increíble. He aquí algunas muestras: "Todo es negro allí, todo árido", "¡Qué doloroso es todo aquello! ¡Y qué agorero! ¡Cuánto cuervo en sus torres! El templo es feo como la castidad." "Las figuras humanas son tétricas." "Los aposentos reales amedrentan." "Todo huele a muerte, a féretro carcomido, a chamusquina de hoguera, a clericalina, a cadaverina. Un olor nauseabundo." El artículo entero está sembrado de vocablos como "fúnebre", "monótono", "lúgubre", "triste", "macilento", "fetidez", etc.

Cuando se leen tales crónicas la pregunta inevitable es muy simple: ¿qué le queda de español a este hombre? Si la Patria que le rodea y su historia no le inspiran más que virulentas diatribas, resentida hostilidad y pugnaces sarcasmos; si desde los Reyes Católicos hasta hoy, perdido por el "homicida" Felipe II—¡así le llama!—, nada se salva; si comprende y hace suya la reacción de Gautier, a quien la contemplación de El Escorial le produjo un "espasmo gástrico" que le duró hasta que puso el pie en Francia; si se considera eternamente exiliado de su patria... en su patria, ¿qué le une a nuestro país salvo el hecho accidental de su nacimiento? Y si cuanto le rodea le disgusta, le produce malos humores y sólo le subiere repudios, censuras, náuseas y sátiras, ¿por qué no se instala en unas coordenadas geográficas que le sean más gratas? Sería una eficaz terapéutica personal que además nos liberaría de soportar el desagradable drenaje de una psicología tan atormentada.

A finales del siglo XIX los españoles, que ya habíamos producido ejemplares de paranoia antinacional como el de fray Bartolomé de las Casas y casos de resentimiento político como el de Antonio Pérez, cultivamos una curiosa y peculiar forma de patriotismo que se llamó el "amor amargo". Era una visión cordial, pero crítica, perfeccionista, y a veces parcial y miope de España. Pero tenía una fundamentación sentimentalmente noble, y sobre todo era esencialmente introspectiva y hecha a manera de punto de meditación, dramático y pesimista, si se quiere; pero para los propios españoles. Incluso el vehemente Unamuno, convertido en foliculario político durante su exilio del otro lado del Bidasoa, destinaba sus panfletos al consumo de sus compatriotas, no al desprestigio exterior de España. Pero no confundamos el "amor amargo" y aun la polémica política con esa especie de oscuro y general resentimiento antiespañol que excepcionalmente han padecido algunos de nuestros compatriotas, y que ahora reaparece en una versión de fabulosa mediocridad literaria y de absoluta vacuidad argumental.

Los españoles hemos sido siempre uno de los pueblos menos patrioteros de la tierra. Lo mismo estadistas que escritores han sentido siempre una especie de pudor hacia lo propio que les ha inspirado unas veces la sobriedad y otras el silencio. Y ahí están como prueba irrefragable las crónicas del descubrimiento, conquista y colonización de América. Nuestra historiografía del XVIII y del XIX ha sido fundamentalmente criticista. Lo mismo que la copiosa literatura arbitrista de la Ilustración y del siglo XIX. Por un curioso proceso psicológico, en parte de dignidad y en parte de complejo de inferioridad, los españoles han creído siempre que lo inteligente y lo correcto era más que ensalzar las glorias propias poner de manifiesto los defectos. Todo esto es verdad, y nos distingue polarmente de otros pueblos tan pagados de sí mismos como el británico o el francés. Pero lo cierto es que en esta línea hay un limite absolutamente infranqueable. Y a ese límite se llega cuando lo que se pone en entredicho es todo y aun lo más genuino con ánimo malévolo. Entonces se está pura y simplemente contra la Patria. Situación en verdad penosa para él que la contempla, pero también para el que la padece.

Son muchos los ayer exiliados que se han reintegrado a la patria de todos, y aquí trabajan, y entre nosotros conviven o incluso ejercen funciones públicas con el beneplácito y el contento de cuantos les rodean. Bien venidos los que tengan limpias las manos y el corazón. Que no hay abismo por hondo que sea—y muy grande fue el que nos separó—que no merezca ser salvado con mutua generosidad y comprensión cristiana por los hombres de buena voluntad.

Pero la pugnaz labor de "termita" destructora de todo lo español que realiza Antonio Espina para recreo de lectores extranjeros ni indica buena voluntad ni limpieza de corazón.

 

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