Autor: Jiménez Blanco, José. 
 El estado de la nación. 
 Propaganda     
 
 Ya.    26/06/1986.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

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JOSÉ JIMÉNEZ BLANCO

DESDE el campo de la publicidad comercial ha entrado en el terreno de la propaganda política una

técnica de persuasión, que en pocas palabras reconocerá como habitual el lector menos avezado: consiste

en «vender» un producto sobre la base no de sus cualidades intrínsecas, sino sobre la base de asociar al

comprador potencial a un clima o situación presentado de una manera atractiva o deseable. Por ejemplo,

en la publicidad comercial es frecuente el anuncio de un producto sobre el que no se dice nada en

concreto —ni composición, ni características, ni mucho menos precio—, pero se presenta asociado a un

ambiente muy alejado de las posibilidades reales del comprador, pero altamente deseable y atractivo.

Ambiente de escenarios lujosos, mujeres y varones atractivos, que se adivinan en una situación erótica

envidiable, y todo ello asociado con un producto, cuya compra parece garantizar la participación en dicha

situación o ambiente. El lector recordará de inmediato la publicidad de cosméticos, pero en modo alguno

esa técnica se reduce a ese campo. El caso que ha dado pie a esta columna era la asociación del gol de

Butragueño a las siglas del PSOE. La satisfacción que proporciona este gol se asocia a unas siglas que

están en campaña a la compra de votos.

En efecto: esa técnica ha pasado al terreno de la propaganda política, y en todo el mundo se utiliza, no

para apelar a la razón del lector explicándole un programa y una acción de gobierno, sino asociando el

voto a una situación definida como deseable y atractiva: Europa, progreso; nuevas tecnologías, salida de

la crisis, batalla de la historia, etc. Todos esos elementos pueden ser inconcretos, indefinidos y en bastante

medida carentes de realismo, pero poco importa: colocan al elector en un ambiente o situación en el que

se desearía estar.

Lo que pasa es que después de la compra o el voto, la realidad vuelve por sus fueros, y de las tres

dimensiones de la personalidad humana (la subliminar, la 1 ¡minar y la preliminar), la liminar —es decir,

la razonable— sólo cosecha desencanto, desafecto y la prosa de cada día.

 

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