Autor: Ollero, Carlos. 
   A los diez años de la Transición democrática     
 
 ABC.    11/06/1986.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

FUNDADO EN 19O5 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

AÍOS DE LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA

los diez años

de fallecido el

anterior jefe del Estado, estamos viviendo un régimen democrático consolidado y, en principio,

homologable por lo general a los que existen en Europa. Como es bien sabido, el proceso que

produjo al cambio de una situación autoritaria a otra plenamente democrática se le conoce uni-

versalmenle como transición política española.

Transcurren los meses que más o menos oficiosamente se consideran como su décimo

aniversario al fijar el comienzo de la transición el 20 de noviembre de 1975. Este cálculo no

deja de ser discutible, como son todos los que pretenden encerrar entre fechas fijas los

procesos históricos. Ocurre lo que con los colores del arco iris: puede fácilmente fijarse la zona

de un color nítido, pero no aquellas en las que por el pase -transición- de uno a otro es difícil la

precisión cromática.

La fijación del período transicional depende en gran medida de la perspectiva que se adopte y

pienso que pueden distinguirse tres. La histórico-sociológica adoptada por los cultivadores de

un saber científico que hace tiempo orientó sus investigaciones hacia el «cambio», así como

anteriormente lo había hecho sobre la «estabilidad». La más estrictamente política, o si se

prefiere ma-cropolítica, centrada en la descripción de las corrientes o movimientos ideológicos

organizados o no, que de una u otra forma actuaron en el proceso. La Crónica de hechos,

perspectiva micropolítica, en la que se analizan las actitudes y comportamientos individuales y

concretos que coadyuvaron más directamente a que la transición se produjera.

Dos cosas se derivan del enfoque que se adopte: una, la mayor o menor amplitud con que se

considere e! proceso; otra, una más o menos pronunciada tendencia a la objetivación y

despersonalización del mismo. Entre nosotros, las tres perspectivas han sido y continúan

siendo la inspiración de una bibliografía ya de cierta entidad y que, sin duda, seguirá

proliferando. Los estudios de tipo histórico sociológico suelen fundamentarse en las

aportaciones de especialistas extranjeros, pero con las debidas reservas, ya que el fenómeno

del cambio político o social tiende a hacerse por aquéllos, desde situaciones específicas no

siempre comparables a la nuestra, para llegar a conclusiones demasiado abstractas y formales,

aunque ofrezcan conceptos y terminología que se aconseja instrumentar. Para compensar

abunda la utilización de las técnicas actuales de prospección, estadísticas y sondeos que

interpretan datos no siempre completos ni a veces objetivamente examinados.

La Crónica que señalábamos como tercera posible perspectiva, generalmente se ofrece a

manera de reportaje por profesionales del periodismo o en libros de Memorias autobiográficas

por destacados hombres públicos de nuestro país. Entre ambos niveles, el que llamábamos

micropolítico suele a veces insertarse en los otros dos, y aunque existen numerosas

contribuciones, algunas meritorias, es tal vez la perspectiva donde el rigor y la objetividad se

ofrecen menos generosamente.

Con frecuencia ocurre que muchas versiones de la transición se están deslizando hacia una

interpretación que sobre no ser acertada puede contener unas intenciones políticas e

ideológicas devaluadoras que convendría despejar. Se está generalizando el afirmar que la

transición política democrática no fue obra de ningún grupo de personas, por relevante que

ocasionalmente fuera su participación en ella, sino del conjunto ciudadano, de la sociedad, del

pueblo como protagonista colectivo.

No sería exacto interpretar la transición como mera conspiración de gabinete producto de la

prestidigitación de unos pocos que hicieron salir conejos de una chistera ante un público atónito

y no apercibido de la entrada de los lépidos en el sombrero de copa. Está claro que en la

sociedad española se estaba produciendo una preferencia progresiva, lenta tal vez, pero

inequívoca, aunque discontinua, hacia soluciones democráticas. También lo está que no fue

despreciable la actitud crítica, a veces activa y en no pocas ocasiones arrojada y contundente,

de núcleos sociales y políticos que más o menos formalmente constituían un claro movimiento

de oposición al régimen.

Como tampoco hay dudas que en gran medida se operaba sobre un país con datos

económicos, sociológicos y psicológicos que le mostraban como preocupado, inquieto y en

ocasiones agresivo; pero nada

propenso a actitudes drásticas y revolucionarías ni predispuesto a levantar clase alguna de

barricadas. Es más, sería ceguera no aceptar que ese talante generalizado del pueblo español

fue en gran parte resultado preparado y deseado, o consecuencia estructural no prevista -aquí

no entro en el tema-, de determinadas políticas económico-sociales del régimen anterior que

pudieron ser mejores, pero también más perjudiciales para el bienestar nacional.

En todo caso, sobre las tres perspectivas de análisis enunciadas debe privar una versión

sincrética e integradora como única forma de ofrecemos la visión más acertada del proceso.

Observarlo desde tan sólo una, con mirada estrábica y deformadora, no es aconsejable.

Dice Powell, historiador británico que se ha ocupado en diferentes ocasiones de la transición

española, que ésta, desde la muerte del general Franco, se debatió en permanente tensión de

dos dinámicas: la de soluciones reformistas, que preconizaban el diálogo y la negociación

ejercitando una «presión desde arriba», y la que preconizaba la ruptura tras la capitulación que

representaba una «presión desde abajo». Este planteamiento viene a equivaler a la matización

que apunto entre la transición como «movimiento» colectivo y la transición como «operación»

minoritaria. Había que montar la teoría del cambio por la vía de reforma, formular el

procedimiento técnico preciso para que el advenimiento de la democracia no fuera rompimiento

constitucional, llevar al ánimo de las más altas instancias por esa solución, encontrar e! jefe de

Gobierno preciso para iniciar el proceso, persuadir al rupturismo de lo utópico de su postura y a

las estructuras del régimen de lo inútil de su resistencia. En definitiva, realizar un proyecto que

se apoyaba en el movimiento colectivo, pero que resultaba una «operación» al alcance de unos

pocos.

No es correcto menospreciar la acción -entiendo que decisiva- de quienes, quizá favorecidos

por las circunstancias, influyeron notoriamente estimulados por Su Ma jestad el Rey en los

acontecimientos. Unos desde dentro de las estructuras vigentes propiciando la evolución; otros,

desde fuere de ellas convocando y persuadiendo al rup turismo clásico de la conveniencia de

«cambio» a través de la «reforma»; otros renunciando a ese rupturismo histórico, a menos en

la etapa fundacional y ofrecían dose a las soluciones negociadoras. Un, consideración

colectivista y anónima e una injusticia para esos hombres que pi dieron y supieron contribuir a

una transfo mación mundialmente reconocida como p radigmática.

Garios OLLERC

 

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