Autor: Alcántara, Manuel. 
   Del silencio y su poderoso eco     
 
 Pueblo.    04/06/1963.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

HISTORIA DE VERDAD

Del silencio y su poderoso eco

DÍA a día aumentan, al decir de los minuciosos contables, los casos de locura provocada por el ruido. El último, bastante ruidoso, ha sido el de un obrero americano que trabajaba en una imprenta y que se volvió loco a causa de la estridente televisión de un bar donde acudía cada noche al final de su jornada. No es extraño. También cuenta una vieja crónica inglesa que un pocero, fuera de las horas de trabajo, se quejó del tufo que despedía una vela mal despabilada.

Hay una sensibilidad laboral y otra festival. No es la misma, o no debe ser, la capacidad de aguante que presupuestamos para un lunes que la disponible para la mañana del domingo. Aunque a veces fallen los cálculos menos optimistas a cau sa siempre del mismo contrario: el ruido.

Dos noticias, dos, en torno al implacable enemigo suscitan la trama de esta verídica historia. La primera se refiere a un benemérito estudiante de Oxford que ha patentado un aparato antitran, sistor, una especie de oscilador hertziano que emite señales tan tenues como suficientes para perturbar e] funcionamiento de transistores en un radio de 80 metros. La segunda noticia, parecida y opuesta, nos hace saber que en Nortemérica se vende un "espía electrónico". Un pequeño artefacto confidente que, colocado sobre un trípode y apuntado sobre un grupo de personas a 100 metros, permite oír todo lo que hablan. También puede oír de ventana a ventana y a través de las paredes.

Por un lado, los hombres.necesitan un discreto sílenció. Por otro, procuran escuchar indiscretamente lo qua hablan los demás.

El silencio es el Idioma universal. En todos los países se callan con el mismo silencio. Los hay llenos de reproches, de amenazas, de amor o de urgencia. No es lo mismo el que se tensa en las esperas que él que se distiende después de haber esperado en vano. Un perito los distinguía con facilidad. —Necesito silencio.

—Tiempo tendrá. Ahora conviene escuchar lo que dicen a cien metros de nosotros.

—Si, pero hay que estropear todos los transistores que estén a menos de ochenta.

Sucede que queremos el silencio para poblarlo de voces y para escuchar entre ellas una. O varias. No para oír lo que hay que oír. No hace mucho tiempo, el cronista echó de menos vivamente el admirable invento del estudiante de Oxford y el llamado "espía electrónico". Hitaba en un "bungalow", en un pueblo cercano a Malaga,y salia cada noche a tomar imprescindible capa ultima, que suelen ser varias. Pues bien, en el bar estaba indefectiblemente un viejecito con transistor y sonotone capaz de hacer feliz no sólo a Berlanza, sino a Rafael Azcona. Se aplicaba el transistor al sonotone, o el sonotone al transistor, que no pude averiguarlo, y sonreía. Al Implacable anciano le llamaban en el pueblo "Radio Juventud". Ya he dicho que era un pueblo de Málaga.

En cambio, en el "bungalow" jamás logré enterarme de las conversaciones de aquellas muchachas vecinas mías que habitaban maravillosamente el suyo. Apenas habría 90 metras. A veces el viento mojado me traía unas risas. Vaya lo uno por lo otro. Vayan las dos cosas a engrasar el capítulo de mortificaciones y renuncias del cronista, tan extenso de suyo.

En el principio fúe el silencio. Y en el final sera también. Únicamente en el breve entreacto tenernos posibilidad de oír unas cosas y de no escuchar otras.

Manuel ALCÁNTARA

 

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