Poesía y propaganda     
 
 Pueblo.    28/05/1963.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Poesía y propaganda

CUANDO algunos poetas quitan de sus obras completas o áe sus antologías poemas que consideran escritos en fervorines de propaganda —lo cual puede estar bien si se quita ganga, y mal si se guita verdadera obra, he aquí que hasta las revistas de estética más puritana -como la revista «ínsula»— dan a veces cabida, preferencia y anticipación de homenaje para el autor a algunos versos que sola y fríamente a ¡a propaganda pertenecen, tal como la citada revista lo hace con, unos poemas de Blas de Otero, que acaso a trozos, aunque con escasa felicidad poética, tengan algún sentido de melancolía y de pasión, pero que están totalmente entreverados de crudos pasquines de propaganda política.

PARECE que el término «propaganda», como despectivo, queda, pues, reducido a lo que se refiere a emociones y entusiasmos de unas vivencias históricas determinadas: el Alcázar de Toledo de nuestra guerra, pongamos por caso. Y, en cambio, deben pertenecer a una lírica auténtica versos donde se exaltan los nombres de Nazím, Marcos. Lina Odena o Nina van Zandt, etc., y con los tópicos improperios sobre la España de hoy. Si, ya sabemos que se estima como una nota muy característica de la poesía de hoy la realidad histórica, el ¿compromiso», etc. Pero dando por supuesto que sólo por este contenido haya verdadero va, lor poético —lo que es inadmisible en infinidad de casos—, debieron respetarse tos reglas de juego. Críticos, comentaristas, antologas, debieran volcarse en la búsqueda de todo lo que con sentido y conciencia histórica haya sido escrito —aunque sus autores algunas veces no quieran hacerlo valer— y subrayarlo especialmente y no pajar sobre ello, cuando es inesquivable, como sobre ascuas, tal come suele hacerse con «El canto personal» de Leopoldo Panero, pongamos por caso.

OCURRE esto justamente cuando en todo el mundo se hacen las exaltaciones democráticas más fervorosas y desde las publicaciones a ello destinadas se afirma que la pura democracia es suficiente para terminar con el totalitarismo comunista; cuando el, mayor número de intelectuales que con el comunismo anduvieron han terminado por abominar de él, da la casualidad de que se acepte como mejor poesía, como mejor literatura representativa del hombre de hoy la que nace tíe la consigna, de la compañía, de la inspiración comunista o criptocomunistct. HAY algo, hay mucho de farsa y blandenguería beata en todo esto. Y más todavía cuando es bien claro que la entrega a esa propaganda y a esa temática prefabricada —muy adornada de repeticiones del tema de España, desde el soneto de Quevedo a hoy— hace perder muchos grados, casi toda su fuerza y toda su verdad, a poetas que poco antes todavía eran buenos, como está ocurriendo con el muy excelente que era Blas de Otero.

COMO ocurre siempre, vale como verdad, contó inspiración auténtica o contó documento de verdadero combate con toda el alma, aquello que fue escrito, sea por el tnoíttjp que fuera, en horas de vitalísima entrega. Esto otro huele a puchero de enfermo, a vieja receta, a elaboración sin alma y sin gracia ni sublimidad. Huele, sencillamente, a podrido, que entre estetas y delicuescentes y habites propagandistas quieren dar como excelso y representativo. Y así circula, como negó en un momento a tomarse en serio aquellos «canti» hechos en Italia, de resistencia española.

 

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