Autor: Lissarrague, Salvador . 
   Permanencia e interinidad universitaria     
 
 Pueblo.    22/05/1963.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Permanencia e interinidad universitaria

APARECEN de vez en cuando, en la Prensa, juicios un poco radicales acerca del profesorado universitario. Posiblemente algunos de sus., miembros propendemos a la suspicacia, actitud que debe evitarse. Pero el proceso de libertad que hoy está prestigiando a España ante el mundo y, sobre todo, ante su propia conciencia colectiva, hace posible que ningún sector de la vida nacional deje de expresar sus puntos de vista cuando, en algún aspecto, cree sentirse impugnado.

La última critica a nuestra docencia universitaria ha aparecido en un reciente editorial de "A B C". Como este diario se ha expresado con legítima diversidad varias veces acerca de este problema, estimo que, en lugar de definir criterios irreductibles, trata de expresar distintas corrientes de opinión, precisamente para abrir diálogo. Creo secundar sus nobles, propósitos al esbozar mi posición.

Sobre nuestro profesorado universitario parecen impugnarse dos cosas: la eficacia selectiva del sistema de oposición y la permanencia en la cátedra. Respecto del primer, problema, la oposición, como tal (al margen de sus modalidades», no seria delicado por mi parte insistir mucho, puesto que a través de ella—como tantos otros colegas míos—obtuve dos cátedras de diverso contenido y en distintas Facultades, una de ellas, a la que hoy pertenezco, de la universidad de Madrid.

Pero respecto de la segunda cuestión, la interinidad propugnada frente a la permanencia en la cátedra, me pregunto: ¿Hubiese admitido la magistratura, el notariado, la abogacía del Estado o la diplomacia que la función de sus miembros—ingresados también por aposición cierfcameate difícil, circunstancia que, dicho sea de paso, no se da en el ejemplo aducido del libre ejercicio de la abogacía—se considerara como interina? Si er profesorado universitario no reacciona ante juicio tan insólito habrá que atribuirlo o a falta de pulso cívico—lo que descarto en absoluto—o a sobra de orgullo, lo que temo y no puedo compartir.

Aunque el fin no justifica los medios, sobre todo en el marco de un Estado cristiano que se inspira en ana posición antimaquiavélica, podría alegarse que no se trata, de dañar a un cuerpo, sino de mejorar una función. Pero, ¿cómo puede la interinidad servir de estimulo a nuestro profesorado? Sin entrar en la valoración de otros sistemas de ordenación universitaria—respecto de los cuales, por otra parte, no hay que olvidar el importante hecho de su inserción en estructuras sociales distintas a la nuestra—, ¿cómo la ruptura de la seguridad de los "cuarteles de invierno" (por cierto, dotados, hoy por hoy, con retribuciones insostenibles para poder ser calificados de "cómodos") puede reactivar el alma de nuestro profesorado? ¿No pretenderán más bien ciertos sectores sustituir el alto prestigio de los cuadros docentes de nuestras Facultades, que han logrado rango europeo, por la docilidad de gentes mediocres y atemorizada? ante el peligro latente de la inseguridad económica?

Estimo en mucho la teoría de Toynbeé sobre la eficacia del reto de las situaciones difíciles. Pero, a la aplicamos a todos limitamos su alcance al momento alboral de las civilizaciones. Confío en que la tesis de la interinidad no tenga demasiada acogida por parte del Estado español. Es de esperar que se procurara evitar que muchos de nuestros mejores talentos jóvenes abandonen la Universidad encauzando sus actividades hacia otras brillantes profesiones que no se rigen, ciertamente, por criterios de inseguridad ni de estrechez económica ni requieren esa especie de pseudovocación monástica que, no vemos por qué, parece exigirse a la vida universitaria. Porque el conocimiento de la auténtica realidad nos impide sentirnos atraídos por el fácil señuelo de esos amplios horizontes que el nuevo sistema abriría, según algunos, en cuanto a la alta y libre contratación del saber. El "canto de las sirenas" no seduce demasiado a quienes, como yo, no sólo escuchamos, sino que promovemos la buena música.

Salvador LISSARRAGUE

 

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