Los problemas del campo     
 
 Pueblo.    26/06/1963.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LOS PROBLEMAS DEL CAMPO

NUESTRO querido colega "Arriba" ha realizado una interesante encuesta sobre los problemas del campo español y sus soluciones, en la que Han contestado distintas personalidades especializadas en la materia. La pregunta básica de la encuesta se refiere a la urgencia de la reforma de las estructuras agrarias, ya que las demás, en cierta forma, están relacionadas con el principio de que la reforma es necesaria.

JAV1ER Martin Artajo ha respondido a las preguntas de una forma extensa, le que permite conocer con detalle sus opiniones soore esta cuestión. Ya en otra ocasión, sobre el mismo "problema, tuvimos ocasión de dialogar en PUEBLO con Javier Martín Artajo, señalando los aspectos en que disentíamos de , sus criterios. Si hoy volvemos a hacerlo no es por el afán de polemizar, sino porque creemos que lo peor que le puede ocurrir al campo es que no se discutan sus problemas. Hacerlo es una forma eficaz de ponerlos al descubierto y, por tanto, de facilitar su solución. Porque la realidad es que, en la cuestión agraria, aunque de vez en cuando aparece una liebre reformista, remite en seguida, antes de haber logrado objetivos sustanciales. El campo, a diferencia de otros sectores de la vida nacional, padece de un inmovilismo y de una petrificación de es. tructuras que descorazonan.

MARTIN Artajo comienza señalando su criterio de que cree necesaria una urgente reforma del campo. Este es un principio básico en el que estamos de acuerdo. Las dilereacias son, por tanto, de forma y no de fondo. Pero en una reforma agraria las cuestiones do procedimiento pueden tener una importancia decisiva para los logros finales. En la cuestión de la concentración parce aria, de 1a explotación conjunta de tierras y de las facilidades de crédito estamos de acuerdo, y aquí sí que, salvo diferencias de matiz, es difícil encontrar quien no esté conforme con tales medidas. En cambio, la cuestión del latifundio es otro cantar. Martin Artajo, quede bien sentado, no es partidario del latifundio, sino que señala que es precisa una revisión de las diez mil fincas que en España pasan de las 250 hectáreas de extensión, para ver cuáles conforme a su naturaleza, son susceptibles de un cultivo superior, "en cuyo caao quedarán sujetas a expropiación y convertidas en Unidades de cultivo suficientes para mantener sobre ellas explotaciones familiares de óptimo rendimiento".

Importa es acertar en lo más, aunque se yerre en lo menos.

POR otra parte, no es imprescindible errar. En países de régimen económico liberal y sistema democrático hemos visto cómo se han nacionalizado las industrías eléctricas pagando las indemnizaciones en obligaciones a bajo interés (3 por 100) y a largo plazo (de veinte a cincuenta años). En Italia, aon de las indemnizaciones han sido mas generosas, se han acreditado a liquidar en diez años con un interés del 5,50 por 100. Si esto se ha hecho en tales países sin que nadie se rasgue las vestiduras, no vemos por qué no se pueden adoptar en España fórmulas parecidas para una reforma agraria, sobre todo cuando el origsn de gran parte de la propiedad señorial dista mucho de ser, desde un punto de vista moral, legítimo.

ESTAMOS también de acuerdo en que hay que lograr la unidad entre propiedad y explotación de la tierra, que es todo lo contrario de la unidad entre propiedad y explotación de los hombres que durante tanto tiempo ss ha dado. Martín Artajo opina que hay que "conciliar en una empresa común" propiedad y trabajo, y ve una solución en que las grandes fincas arrendadas se conviertan en empresas "donde el propietario ponga iniciativa y capital y los colonos trabajo y dedicación familiar". Nosotros no tenemos nada centra" la gran empresa agrícola, pero planteada así puede convertirse en un instrumento para escamotear la reforma agraria que precisa. Primero, porque es consagrar unos derechos de propiedad dudosos y, segundo, porque perpetúa el dualismo propiedad-trabajo, en el que los triunfos, y más en el campo, están en manos del primero. De llegar a la empresa agrícola hatea de ser como una verdadera comunidad de trabajo en la que los derechos de] capital y el trabajo sean idénticos, incluida la participación en los beneficios y en la gestión. Si en la industria se procura reformar las estructuras en este sentido, no vamos a caer en el error de crearlas en el campo con los mismos defectos.

EL latifundio es un problema que hay que resolver con decisión y sin concesiones a la parte más fuerte y que se ha beneficiado largamente por una injusticia prolongada.

HASTA aquí, de acuerdo. Ya no lo estamos tanto cuando dice que la "extensión de la finca no es más que un dato cualificativo para ser considerada como latifundio, pero tan sólo deberá ser susceptible de reforma agraria cuando su explotación sea no. todamente insuficiente". Porque si, bajo un punto de vista económico no hay inconveniente en que todas las tierras de un término municipal pertenezcan a un solo dueño, bajo un punto de vista social la cuestión es muy distinta. Nadie puede ignorar la injusticia que supone el que haya pueblo, como decia José Antonio, en el que, hasta para enterrarse haga falta permiso de la dueña, porque todas las tierras pertenecían a una sola señora. Indudablemente, existe la solución de transformar el "latifundio""en "empresa", pero de esto hablaremos luego.

OTRA limitación que pone Martín Artajo a la transformación del campo son las disponibilidades de la Hacienda y del crédito privado. Si se refiere a la .concentración parcelaria, mejora de tierras, mecanización, etc., estamos de acuerdo. Si se refiere también a la expropiación de latifundios, no. Ya hemos dicho otras veces que consideramos inadecuado que cuando durante siglos se ha tolerado con más o menos objeciones verbales la tremenda injusticia de la propiedad señorial, ahora, cuando llega la hora de remediarla, haya que sentirse tan meticuloso en las fórmulas que prácticamente la hagan Imposible. Creemos que, como en Zalamea, le que

 

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