La epopeya del santuario     
 
 ABC.    04/05/1962.  Página: 34. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LA EPOPEYA DEL SANTUARIO

Puesto que en su iniciación la Cruzada española no pudo planearse como guerra,´iñ siquiera con arreglo a unas estudiadas normas estratégicas, por cuanto que se desconocía cuáles podrían ser los frentes de lucha y los elementos con que podría contarse, se explica que se produjeran episodios como el Cuartel de Simancas, de Gijón; el Alcázar de Toledo y el Santuario de Nuestra Señora de´ la Cabeza, entre otros, en los cuales el valor, rayano en lo inverosímil, nos ha legado unas páginas dignas de figurar entre las-más sublimes y diamantinas escritas por el heroísmo español.

Ahora se han cumplido veinticinco años de la epopeya del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, iniciada en el mes de agosto de 1936 para finalizar el primero de mayo de 1937, resistencia mantenida durante meses en condiciones increíbles, y que define el espíritu de la Guardia Civil, a la que casi en su totalidad corresponde la gloria de esta gesta.

Entre los riscos de Sierra Morena se halla.el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, cuya primitiva fundación se remonta al siglo XIII. A él. se acogieron al comenzar, el Alzamiento los guardias de la Comandancia de Andújar, que se hallaban diseminados en puestos, sus familias y otros vecinos con mujeres e hijos, que horrorizados por los sangrientos desmanes perpetrados por los rojos en los pueblos de Jaén buscaban protección al lado de los guardias civiles. En total fueron unas 1.500 personas las que se refugiaron en el Santuario y en sus proximidades. Al principio el enemigo permaneció a la expectativa, intentando reducir´aquel núcleo de resistencia por la persuasión, las promesas y el engaño; pero vista la inutilidad de sus propósitos, decidió recurrir a la violencia. Primero estableció cerco y a continuación se lanzó al ataque con todo género de armas y apelación a cualquier clase de medios, incluso los más bárbaros, como el de lleva_r a las trincheras a mujeres, hijos y familiares de algunos defensores, mostrándolos para que vieran éstos los rehenes por cuya vida exigían la rendición.

La defensa del Santuario era, a fuer de improvisada, muy precaria; por otra parte, estimaban los sitiados que su difícil situación sería pasajera, confiados en un pronto auxilio; esperanza fundada únicamente en su ardiente espíritu patriótico, pues durante más de dos meses estuvieron en total incomunicación, hasta que al cabo, y con mil industrias, lograron establecer una muy insegura, por medio de unas palomas mensajeras arrojadas por la Aviación nacional.

Empezaron el sitio con muy pocos víveres, escasas municiones, ni otras ropas que las puestas, supliendo con ingenio, buen ánimo e improvisación la falta dé tantas cosas esenciales. Ello sis debía a la presencia en el Santuario del hombre indispensable sin el cual no se conciben semejantes heroísmos colectivos: el capitán de la Guardia Civil D. Santiago Cortés, soldado de gran bravura; voluntad indomable, de cuarzo y acero, cuya figura, agigantándose ante la adversidad, merece puesto de honor en la lista de los capitanes de valor legendario que han quedado inmortalizados en nuestra historia.

Ochó meses aguantaron los héroes del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza el ininterrumpido acoso de fuerzas dotadas de poderosas armas de destrucción; ocho meses durante los cuales soportaron día y noche el incesante diluvio de metralla de los aparatos aéreos y el mar tilleo pulverizador de la artillería. La Aviación nacional se esforzaba, dentro de sus limitadas posibilidades, por socorrer a los asediados, enviándóles cuanto podía. A la cabeza de estos servicios de auxilio figuraba el capitán Carlos de Haya, nombre que ya fulguraba por su saber técnico y sus muchos méritos.

No es ésta ocasión de describir lo que supusieron aquellos meses para los defensores del Santuario, parapetados en escombros, que vivían, si tal puede llamarse, hacinados en sótanos, famélicos y extenuados, afligidos de toda suerte de calamidades y miserias, cercados de un enemigo que a cada momento reproducía sus asaltos, realizados unas veces por milicianos, otras por .tropa organizada y guardias de Asalto, escuadras de tanques e incluso por las hordas de las Brigadas Internacionales. Al fin, el primero de mayo, los sitiados sucumbieron aplastados por el peso de la superioridad enemiga en hombres y armamento. El día anterior había muerto capitán Cortés cuyo: heroísmo inexhausto no sufrió mengua ni tibieza y brilló hasta el fin con resplandores áureos. "El cadáver—se leía en el informe del forense—tiene un aspecto de e,nergía y de rigidez militar que ni la muerte, con sus fenómenos destructores, ha podido borrar."

Los invaspres ocuparon por fin aquél trozo de suelo arrasado, "reducto faccioso", donde doscientos cuarenta hombres, entre guardias civiles y voluntarios, habían contenido tantos meses a la riada roja. Bajo los escombros habían quedado sepultados unos ciento cincuenta hombres, entre defensores y refugiados, de éstos veinticuatro niños. Los heridos sumaban más de tres centenares.

"Innumerables hechos de valor y arrojo, realizados en ocho meses de dura lucha y nueve de asedio", resumía el decretó de concesión de la Cruz Laureada de San Fernando, colectiva, a los defensores. En estos días, en el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza ha sido conmemorado el veinticinco aniversario de la epopeya y evocado el recuerdo de los defensores y de cuantos allí sufrieron rigores y suplicios con el pensamiento y el corazón puestos en España.

 

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