El desafio de la nueva convivencia     
 
 ABC.    16/01/1973.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

EL DESAFIO DÉLA NUEVA CONVIVENCIA

En cien años, España ha más que duplicado su población; de dieciséis a treinta y cuatro millones de habitantes. Casi todo ese aumento se ha concentrado alrededor de las ciudades, mientras la juventud, desde hace ya un cuarto de siglo, huye del campo. Las generaciones más veteranas han conocido una España que no era precisamente una nación agrícola, sino un pais rural. Hoy España conserva sus raíces rurales, pero acaba de improvisar una estructura industrial y de servicios ; y suple con irrevocable decisión lo que en estos aspectos le falta en solera. Antaño los españoles más decididos hacían las Américas; hoy pasan unos años en el corazón de Europa con un propósito firme: volver. (Y vuelven transformados.) El 80 por 100 del pueblo español, en 1873, no podía leer las parrafadas presidenciales de la primera República. Hoy lee y escribe el 95 por 100 de los españoles; cada vez más, cada vez mejor. Ha estallado a lo largo y a lo ancho de España una nueva convivencia. Para comprenderla, para analizarla social y políticamente resulta imprescindible escoger, ante todo, un nuevo sistema de referencias, unas dimensiones sin estrenar. Acometer ese análisis con las coordenadas —o con las actitudes— de cualquier tiempo pasado (llámese 1939, 1931 o, como sueña algún comentarista de museo, el mismísimo 1873) sería simplemente ridículo si no se tradujera, además, en veleidades suicidas. E1 pueblo español se ha instalado en una nueva convivencia irreversible; cata innegable realidad, tan inmensa y agobiante que a veces se quiere desconocer, representa ano de los mayores desafios que la trayectoria histórica del pueblo español plantea a Quienes tienen, por gobernantes o Intelectuales, el deber de orientarle nacía el futuro.

Responder a ese desafío coa etiquetas importadas o genéricas—que ni siquiera sirvieron en ¡os tiempos de su triste acuñación— equivaldría a una perenne descalificación política, y, lo que para España resulta más grave, a una completa defraudación histórica ante una de las más claras ocasiones del futuro que jamás se ha ofrecido a un pueblo.

Las consecuencias de este radical reordenamiento —signo español de un tiempo universal, logro indiscutible, aunque no exclusivo, de un régimen que ha sabido propiciar, pese a todos sus errores, un fecundo sistema de vida común en la paz se desbordan por todos los sectores de la vida española y obligan en cada caso a replanteamientos también radicales. La Iglesia española, por ejemplo, ha vibrado en el fondo de su conciencia multisecular ante la transformación y la migración de sus bases y sus canales comunicativos. Si durante la circunstancia anterior —que bien pudiera llamarse, antes de 1939, «antiguo régimen» en sentido sociológico— la Iglesia se alarmaba ante la escasa permeabilidad que le ofrecían las «poblaciones de aluvión», fácil es comprender su valeroso despegue cuando ha advertido la generalización aluvial de aquellos cambios incipientes. Problemas enteramente nuevos surgen en las súbitas ciudades satélites, suburbanas, estivales, creadas por simple agregación migratoria, desprovistas de núcleos aglutinantes en lo religioso, en lo social, en lo cultural y hasta en lo administrativo.

Las fuerzas centrífugas de ja subversión han captado también el nuevo horizonte. Por fortuna para España parecen insistir, por el momento, en tos sistemas de propaganda, que tan excelentes resultados les dieron en la época del analfabetismo; y se empeñan en proponer soluciones retórico-politicas para problemas de envergadura real. Pero, ¿qué hacen, ea el mismo terreno, las fuerzas de la integración? Desorientadas por la misma rutina y un espejismo semejante al que persiguen sus clandestinos oponentes, vacilan, rozan la piel de los nuevos problemas, confunden sistemáticamente la estrategia con la táctica, mantienen pana las nuevas ciudades, las nuevas condiciones, una indecisa aproximación que deja al nuevo país real desamparado ante el cada vez más vetusto páis oficial.

Hay que definir con urgencia los nuevos cauces (y no sólo políticos) para la nueva circunstancia española. La sociedad y el Estado, de consuno, tienen que vertebrar los improvisados centros de la nueva convivencia. Desde un análisis enraizado en el futuro (fuera de toda discusión bizantina sobre el rótulo de pasadas épocas y sucesos) hay que rastrear la hueva dimensión renovadora de instituciones básicas como el municipio, la parroquia, la escuela, el centro cívico, la instalación deportiva, el club juvenil, la asociación de vecinos, los puntos de irradiación informativa y cultural. Hay que deslindar, de una vez por todas, las confusiones que han convertido en propaganda desoída la imprescindible actividad pública en pro de Ja cultura popular. Hay que elevar a niveles reales el debate local y nacional que se centra con exceso en márgenes formales. Que las torres de marfil se fabriquen, entre ellas, las normas de su brillante convivencia artificiosa. Pero que no confundan semejante lujo —muy loable en el ámbito de lo decorativo— con articular, quizá por siglos, las nuevas dimensiones de una convivencia capaz de nunca degenerar crónicamente en confliclos civiles.

 

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