Legislación fundamental     
 
 ABC.    02/11/1958.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LEGISLACIÓN FUNDAMENTAL

Como ha escrito un gran jurista alemán, una Constitución nace o mediante decisión política unilateral del poder constituyente, o mediante convención plurilateral. En realidad, las leyes fundamentales, configuradoras de un Estado, pueden tener ademas un tercer origen: la costumbre. Y no sólo la costumbre como factor amasado a lo largo de los siglos, sino también esos hábitos y modos recientes que, poco a poco, han ido labrando una experiencia viva y perfectamente acoplada a los hechos y realidades contemporáneos. Tanto como crear leyes, importa crear esos hábitos, esos modos y esas costumbres para que ellos sirvan de inspiración a la leyes, y para que las leyes sean producto legítimo de la experiencia.

Pues, si es cierto que ha habido Constituciones elaboradas o impuestas por.los estamentos, tales como la Carta Magna británica, o preparadas y promulgadas por un podef central, también es históricamente cierto que los frutos de la experiencia general han estructurado rigurosa y sabiamente Estados duraderos y eficaces para el bien común.

Este ha sido el caso de España en un largo período de su historia. Nuestro Derecho Público tradicional—el de la Monarquía de los Austrias, sobre todo—tiene, en gran parte, origen consuetudinario. Las Cortes y las relaciones de los Consejos Reales con el Monarca se regían, no ya sólo por leyes, pues leyes había también, sino principalmente por usos y prácticas consuetudinarios. Gran Bretaña es también—y aún hoy mismo—ejemplo de ese empirismo constitucional.

Queremos volver a nuestro reciente editorial "Leyes Constitucionales", donde subrayábamos la labor legislativa fundamental que ha realizado el Gobierno del general De Gaulle. Y la ha realizado a toda marcha, expeditivamente, desde un despacho presidencial, y acaso sin contar con aquellos vigorosos pilares y estribos que los hábitos y las costumbres, cuajados en la experiencia, suelen imprimir sello perdurable a la Constitución de los Estados. En rigor, el Gobierno del general Dé Gaulle ha legislado revolucionariamente, en el sentido de que ha impuesto bruscamente unas nuevas formas políticas que todos desearíamos que descansaran en las realidades de la vida nacional. Y ello ha sido por manera que no es ocioso inferir incógnitas graves, como, por ejemplo, la de las actividades de los innumerables partidos políticos; pólipos cuyas aspiraciones antagónicas e interesadas han conspirado siempre, quizá sin saberlo, contra el supremo interés de la gran nación amiga y vecina.

¿Puede ser verdaderamente eficaz una legislación fundamental elaborada tan rápidamente, sin haber acumulado antes tina saludable experiencia? En el caso de Francia, esa experiencia aconsejaría arrebatar a los partidos su viciosa tendencia personalista.

Nadie .como nosotros, los españoles, desearíamos que así ocurriese. En España la integración de las leyes fundamentales se hace diferentemente. Responde a urr sentido empírico y realista a avances políticos y sociales acuciantes, directamente afrontados, minuciosamente analizados. Percibimos en muchos extremos de la legislación del Gobierno De Gaulle aíjrrictades notables con las leyes que la expériencia ha dictado en nuestra Patria. Pero no pedemos por menos de advertir también que en. nuestra Patria se

ha procedido y se procede por la "vía del uso", de las costumbres y de la previa decantación de los modos políticos; lo cual suministra sólidos fundamentos a las leyes. En España existe hoy una experiencia. Y tn esa experiencia estriba precisamente nuestra legislación política y social.

 

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