Economía y orden público     
 
 ABC.    24/08/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ECONOMÍA Y ORDEN PUBLICO

Sin alarmismos inútiles e injustificados, bien cabe decir que el estado de la economía española requiere la atención serena y vigilante de todos. Participa nuestra economía, como es sabido, de muchas de las notas —preocupantes— que caracterizan la coyuntura de las economías de Europa: si un año atrás situadas en boyantes niveles de expansión, enmarcadas ahora en horizontes de crisis e incertidumbres. La influencia, el reflejo de ello, se nos dejan sentir igual para lo bueno que para lo malo. De ahí que si en muy buena parte fue la abierta prosperidad nuestra de antaño, resultante del positivo estado dé cosas extendido de puertas para afuera, sea obligado advertir que las estrecheces por las que hogaño transitan nuestros vecinos tienen su repercusión también —negativa— en la marcha de nuestra economía. Los ingresos por turismo serán más bajos este año, menores las remesas de los emigrantes.

La previsión y posterior comprobación de todo ello han sido obligada referencia para las definiciones de la política económica española. Prefirióse en un. primer momento, como se recordará, la expansión a las aplicaciones de correctivos estabilizadores, puesto que así se preservaba el nivel de pleno empleo, y pese a que de tal modo habrían de continuar las presiones inflacionistas. Después se ha optado por ciertas importantes modificaciones en la fórmula, hasta el punto de convertirla en otra: expansión, sí; pero controlada. Con cuidado diligente en atajar los brotes de inflación, podría decirse, «ociosa»; o sea, la inflación no generada por el crecimiento económico, sino por las actividades especuladeras.

Se intenta, pues, una suerte de tercera vía; una fórmula equidistante del dejar hacer, en que continúa la política económica japonesa, con sus secuelas de infla ción hirviente, y de las disciplinas estabilizadotas en las que viene casi largamente embridada la República Federal de Alemania. Así, mientras el desempleo se eleva en tierras alemanas y el yen japones desciende de valor, la peseta mantiene su cotización en los mercados internacionales, apoyada en las importantes reservas de divisas de que aún disponemos, mientras que el nivel de empleo se recorta en cifras aún imperceptibles, compuestas principalmente por el descenso de la emigración y el incremento de retornos de trabajadores españoles en el exterior.

Tal como se encuentra planteada en estos momentos la política económica española, el problema estriba en conseguir que la tercera vía lo sea de verdad, lo mismo a la escala aórtica del caudal de créditos que al nivel capilar de los comportamientos individuales. Se trata, en suma, de conseguir que la economía española peche sólo con los márgenes de inflación inseparablemente proporcionales al ritmo de crecimiento estimado necesario para que el pleno empleo continúe siendo confortadora y justa realidad, y no irialcanzado objetivo de la política del Gobierno.

La inflación «ociosa», aquella que no se produce por el recalentamiento proporcional y lógico del motor de la economía en avance, sino que prolifera con independencia, incluso, de los procesos expansivos (se reiteran cada vez más los casos en que inflación y recesión coinciden), creemos que debe atajarse, incluso, con cirugía, si los medios de disuasión no bastaran.

Puede, en efecto, que en el caso español y en algunos otros, la inflación haya llegado a constituirse en una segunda naturaleza del cuerpo económico. Así, cuando, por ejemplo, se advierte que el nivel de muchos precios se determina con independencia de la demanda; cuando las mismas expectativas de inflación fundamentan las acumulaciones de «stocks», tornando irrelevantes los gastos de financiación de ellos, porque el precio final será remunerador en grado sumo; cuando, en fin, el mercado pierde transparencia y se convierte en un desconcierto oligopolístico, la estabilidad se vuelve imposible y problemático el propio crecimiento económico.

Sin alarmismos inútiles, volvemos a decir, el estado de la economía española requiere la atención serena y vigilante de todos. Y la energía en el proceder por parte del Gobierno. Que las anomalías advertidas vengan desde bastante atrás, ni explica ni justifica cualquier tibio proceder frente a ellas. Cuando estábamos abrigados en las faldas de la prosperidad europea cabía quizá reparar menos en el problema. Ahora, sin embargo, cuando sin movernos nos encontramos en la proyección de las dificultades y los agobios de Europa; cuando desde la cima ya no bajan frescos arroyos, sino que descienden piedras que presagian desprendimientos y aludes, urge encararse con energía al tema. A mayor abundamiento: a la España que viene no se la puede esperar con paro en la calle ni con salarios devorados por la inflación. Combatirla", en los referidos límites, no es sólo un imperativo económico: es empeño, principalísirno y cardinal, de defensa del orden publico.

 

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