La fuerza por la boca     
 
 Diario 16.    17/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

La fuerza por la boca

En las bocas de los ministros de Franco es público y notorio que no entró jamás ninguna mosca. Los hábitos de la política franquista, en lo que tocaba a sus ministros, eran los propios de «na rancia visita. Los ministros contenían el aliento, sólo tomaban pasta cuando el anfitrión se la ofrecía por tercera vez consecutiva y, al despedirse, se pasaban la mano por el tupé para comprobar que no se habían despeinado. A todas las preguntas respondían con parcas afirmaciones o negaciones; era ley cerrar la. boca. Los ministros practicaban una rigurosa ley de la incomunicación, y creían, no sin instinto, que el silencio preservaba su inmoderado gusto de poder.

Debe saludarse, pues que un ministro de los nuevos tiempos se haya mostrado hasta la fecha una punta lenguaraz e incluso irreprimiblemente comunicativo. Callar es de sabios, desde luego, pero es también de cobardes e ignorantes. Hablar demasiado es de necios, por supuesto, pero también de arrojados y temerarios. No puede ocultarse que este país, durante muchos años constreñido en asfixiantes moldes, necesita una gota, de temeridad, incluso un rasgo que otro de imprudencia.

El ministro Jiménez de Parga ha llegado al segundo Gobierno de Adolfo Suárez previo paso por unas selecciones donde ha aducido, en justicia, su pasado inequívocamente demócrata. Y aupado al Gobierno, un Gobierno declaradamente centrista, Jiménez de Parga se ha decidido a romper el silencio que el franquismo había hecho norma de la conducta pública de sus ministros. El desparpajo con que en un par de ocasiones se ha empleado el nuevo titular de Trabajo ha evidenciado, sin embargo, más de una contradicción, y su chorro de voz, matizada de la tradicional verbosidad andaluza, ha desafiado nías de la cuenta cuando ha intentado cantar óperas de Wagner sin partitura. Su discurso en las tomas de posesión de los nuevos cargos de su Ministerio ya le hicieron patinar las palabras por el paladar. Su proclama de entonces, inocente y encubiertamente autogestionaria, sonó en los oídos de los empresarios del país como un chirrido impertinente que forzó al propio Jiménez, de Parga a rectificar. La rectificación, no obstante, ha sido insuficiente.

Proponer que los directivos de las empresas deben ser elegidos por la comunidad es, sensu estrictu, profesar la fe de la autogestión. Rectificar después, señalando que dicha "comunidad" podía ser muy diversas cosas, es atentar contra la elemental disciplina lingüística que imponen los diccionarios. Hubiera sido mucho más honrado que el señor Jiménez de Parga se hubiera limitado al socorrido donde dije digo, digo Diego. La responsabilidad del Gobierno no admite trampas verbales. Y menos ahora, porque todavía está muy vivo el grotesco recuerdo de años de inútil fárrago oratorio.

Si Jiménez de Parga no pretendiera hacer juegos malabares de palabras, entonces habría que denunciar su íntima contradicción: un Gobierno centrista como el actual está, no ya a 630 kilómetros, sino a años-luz de la autogestión obrera. El actual Gobierno no puede pretender rebasar por la izquierda a las centrales sindicales que ahora urgen al Gobierno soluciones tan concretos como para hacer enmudecer al más pintado charlatán. Y es, además, contrario a la ética política que tradicionalmente ha sido galardón del propio Jiménez de Parga, esgrimir que la militancia de las centrales sindicales es todavía numéricamente inconsistente. El mismo partido con el que Jiménez de Parga ganó su puesto al sol en el Gobierno es un partido sin militantes.

Recabando la atención de Jiménez de Parga, se encuentran en su mesa de trabajo temas de urgente solución —por ejemplo, el índice de paro— que no admiten más soluciones que los hechos. A los parados les sobran las palabras, y el hambre no es buena consejera para pararse a distinguir matices de declaraciones, más o menos impetuosas, más o menos cargadas de procacidad política, más o menos sinceras. El Gobierno, en contra de la desafortunada imagen de Jiménez de Parga, no es un arbitro entre dos equipos que no existen. El Gobierno tiene que ser, en la presente crisis económica y en la medida de sus posibilidades de acción, un centro-campista de aliento. Y los jugadores que hablan demasiado en los partidos pierden, con el derroche de saliva, eficacia. Muy bien puede ocurrir que se les vaya la fuerza por la boca.

 

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