Libertad, participación y autoridad     
 
 ABC.    07/02/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LIBERTAD, PARTICIPACIÓN Y AUTORIDAD

Libertad y autoridad son conceptos habitualmente utilizados en. contraposición del uno con el otro; o que, en los más de lo§ casos, se les suele presentar como condicionantes recíprocos, necesitados de la armonización y equilibrio que se derivan de su juego antitético. Menos usual es, sin embargo, la perspectiva desde la que se las considera1 no en una mecánica de contraposición, girando hacia un punto cero, o ideal, de equilibrios perfectos, estáticos, sino viéndola, a la libertad y la autoridad, en dinámica y creadora conjunción. Ciertamente, apenas se cae en la cuenta —por inercia o interés— de que libertad y autoridad, aparte de una mutua relación de freno y recíproco equilibrio, pueden y deben, recíproca y mutuamente también, potenciarse.

Es algo más que mero asunto de matices, de academizante disquisición. Se plantea, en verdad, desde la óptica habitual, el tema de que la libertad renuncie a la posibilidad misma de su enriquecimiento; y, al propio tiempo, de que la autoridad haga lo propio respecto al despliegue de recursos y medios para preservar a «su contraria». Todo proceso expansivo, cualquier enriquecimiento de la libertad, necesita de paralelos —que no contrapuestos— desarrollos de la autoridad. De suerte que cuando se dice «libertad, sí; pero dentro de un orden» quepa replicar, como ya se ha hecho: «orden, sí; pero dentro de la libertad»...

No hay por qué entender que la noción y el sentido de límite que supone la idea de orden sea la de un marco inmutable, tal y como en cada caso pueda encontrarse ; como para siempre establecido. El orden es un precipitado de la autoridad. Y si la autoridad crece, no hay razón alguna para entender que deba hacerlo, necesariamente, a expensas de la libertad. Regresamos, pues, a la consideración de que este comentario parte. Si la autoridad crece, se expansiona, puede —acaso deba ser siempre así— porque la libertad lo hace también., El crecimiento de la autoridad debe conllevar otro, paralelo y proporcional, de la libertad. Y viceversa.

No nos hacemos estas reflexiones a humo de pajas ni en razón de un criterio de intemporal oportunidad. Sugerimos el tema a la vista de dos cuestiones cardinales en nuestra presente realidad nacional: el reforzamiento de los mecanismos y recursos necesarios para mantener los mínimos indispensables de orden público —al que intenta asediar la subversión y frente al que gallea la delincuencia entendida como común— y ese desarrollo de la participación política —libertad, cabe entender— para la que el nuevo Gobierno, podria decirse, se ha poco menos que auto-emplazado.

Fácil es advertir cómo por la misma simultaneidad de las dos cuestiones —orden público y participación política— existe el riesgo, gravísimo, de que, al cabo, privara el entendimiento de que para dar cumplida y satisfactoria respuesta a lo primero habríase de posponer necesariamente lo segundo. Son, o han sido, por desgracia mas, y no los menos influyentes, quienes entienden antinómica y contradictoriamente la relación libertad-autoridad.

Nosotros, por el contrario, entendemos que tal conjunción o coincidencia en la misma hora nacional de los problemas de la participación y el orden público, en lugar de constituir una circunstancia adversa para el desarrollo de lo primero, supone una clara y expresa oportunidad para acometer el urgente y sugestivo empeño d_e completar la estructura y desplegar la dinámica toda del sistema institucional.

Precisamente porque estamos en el convencimiento de que el destino de la libertad y el destino de la autoridad no es el de anularse recíprocamente, como pudieran serlo los del agua y el fuego; o el de equilibrarse en un imaginariamente perfecto punto muerto, indiferente al paso del tiempo y al cambio de las cosas; o el de sucederse, igual que se suceden la noche y el día..., creemos —apoyados además en el evidente cambio y la alabada madurez de la sociedad española— que este es el momento adecuado para situar en él ese punto de arranque hacia la consolidación plena de las instituciones en la plenitud de la participación.

El desarrollo de la libertad, o, si se "quiere, de las libertades, es cosa que debe ir aparejada, para potenciarla más, con el despliegue de la autoridad. Una sociedad plenamente partícipe en el gran quehacer nacional —más sugestivo cuanto mayor es el reto que las condiciones económicas y sociales plantean— es tanto como decir una sociedad dispuesta a la movilización de cuantos recursos sean necesarios para allanar las dificultades todas que se presenten en^ el camino. Y, por si algo faltara, ahí está la propia íncardinación de nuestra comunidad nacional y nuestra cultura en un conjunto europeo cuya cifra áurea es la contenida en la ecuación libertad - autoridad. Conjunto del que bien puede afirmarse que la solidez del orden público suyo surge de la proporcionalidad misma entre ambas cosas.

Allende nuestras fronteras, en todo el espacio físico que la matriz histórica de Occidente ocupa, cabe decir que el énfasis y la energía con que la autoridad se ejerce, están en razón directa a la profundidad de sus libertades y a la amplitud de las áreas de participación. Salvados los casos de totalitarismos, fundamentados en filosofías no cristianas, todo subdesarrollo político arrastra casi siempre un ejercicio pacato y cohibido de la autoridad.

 

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