El mayor riesgo     
 
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EL MAYOR RIESGO

ClERTAMENTE que en apenas medio aáo de mandato, el programa gubernamental ha sido objeto de las más variopintas exégesis, tanto favorables como descalificadoras. En principio, tal debate público no es descalificable ni pernicioso. Puede que se hayan rebasado desaconsejablemente cotas de apasionamiento, pero la misma puesta en cuestión del programa del Gobierno es un canto político a apuntar en el Haber de una Administración que no teme a las objeciones ni aspira a encastillarse en una monopolización del acierto y la verdad absolutos. Así, el presidente ha podido afirmar en Barcelona con toda justicia que el Gobierno nunca ha rechazado el amargo sabor de la crítica, ni le ha vuelto la espalda, ni está dispuesto a pronunciar el «¡bastáis ante los problemas contingentes. Una vez más —y curiosamente--, es el Gobierno y no eso que se entiende genéricamente por «clase dirigente» o «clase política» quien más practica la rara virtu de la tolerancia y ejercita la aún imás rara distinción política entre «enemigos» y «adversarios».

Pero lo controvertido y continuo de la polémica suscitada por el programa del 12 de febrero exigía que el Gobierno volviera a hablar por boca de su presidente. Nos atreveríamos a afirmar que para un amplio sector del país el llamado «espíritu del 12 de febrero» estaba perfectamente claro. De una. parte, en aquel discurso se encontraban cuatro proposiciones concretas (régimen local, incompatibilidades parlamentarias, derecho de asociación y desarrollo de la ley sindical) que van cumpliendo sus plazos.

De otra, todo aquel discurso estaba impregnado de eso: un espíritu. Un espíritu político contenido esencialmente en el propósito de responsabilizar a la nación en las tareas políticas supliendo la cómoda adhesión, a la postre siempre inhibitoria, por la participacion activa en la cosa pública. Todo lo anterior no necesitaba de mayor, aclaraciones en lo esencial. auc cuando si cabían diferentes puntos de vista en orden a los detalles. Empero todo el trajín ideológico a que fue sometido el programa del 12 de febrero, con principal protagonismo de quienes escasa confianza tienen en la virtualidad del régimen, obligaba a una nueva intervención presidencial que despejara las incógnitas de los medrosos. Así, si tuviéramos que definir en pocas palabras el discurso del presidente, diríamos que es el pronunciamiento de un hombre que cree en el régimen al que sirve. Fe, contra lo que pudiera creerse, de no excesiva circulación entre muchos de quienes presumen defenderlo.

En nuestra colección editorial se repite una y otra vez de años acá eí anunciamiento de la paradoja del descrédito a que someten al régimen quienes temen, el menor desarrollo institucional. Flaco servicio, en efecto, le hacen al sistema quienes le tiene por tan débil o flotante como para no poder digerir su propio e implícito desarrollo. Y en esta línea de pensamiento, lógica de un hombre que tiene fe en el régimen, se encuentran las palabras del señor Arias, Navarro en Barcelona: «Porque creemos en los principios del sistema al que servimos y porque creemos con la misma fuerza de convicción en el pueblo español al que nos debemos, nos negamos a aceptar cualquier planteamiento que desde la subversión o desde el miedo pretende arrinconar esos principios o hacer de ellos una reliquia y no una semilla fecunda en frutos de convivencia entre los españoles. Porque creemos en el régimen con absoluta fidelidad a sus esencias, estamos dispuestos a afrontar el reto de su desarrollo. Porque creemos en el pueblo, en su capacidad y en su sentido de responsabilidad, bien demostrada cada vez que ha sido convocado a una empresa digna y noble, estamos dispuestos a no regatearle su protagonismo desalojando resueltamente la amenaza de cualquier distanciamiento entre una sociedad pacífica, dinámica, abierta y responsable y el sistema político que ha de servirla.»

Y añade más adelante el presidente: «Flaco servicio rendiríamos a la patria si no acertáramos a tomar las disposiciones pertinentes para anticipar, desde la sólida seguridad del presente, los perfiles del futuro; para ordenar la diversidad de los pareceres políticos, con vistas a proporcionar a la Monarquía de mañana la asistencia de las fuerzas sociales en el respeto y acatamiento al orden constitucional. Sin riesgos, sin aventuras irresponsables, sin desfigurar la fisonomía del sistema, puedo aseguraros que estamos dispuestos a extraer todas las posibilidades que encierra nuestra legislación fundamental.»

Y la clave del arco de todas esas posibilidades constitucionales reside en el derecho de asociación, que, en palabras del presidente, «se halla en el frontispicio de todo desarrollo democrático». Cara a ese derecho asociativo consustancial a cualquier desarrollo genuinamente democrático, nos congratula la definición dada por el presidente al Movimiento. Tras las disquisiciones semánticas sobre el «Movimiento-organizaclón» o «Movimiento-comunióro y las sinceras afirmaciones de mas de un cargo gubernamental sobre su ignorancia de lo que pueda ser el Movimiento, el presidente ha venido a decir en Barcelona lo que esta en el ánimo de cualquier político sensato: el Movimiento es el consenso de la nación en el acatamiento de unas reglas de juego constitucional que comprenden sus propios mecanismos de cambio.

Sin dimitir en un ápice de los presupuestos enunciados el 12 de febrero, el presidente ha despejado en Barcelona, la medrosidad de quienes a lo que parece no habían caído en la cuenta que los programas elaborados por los presidentes de Gobierno --en un cuadro constitucional como el nuestro— gozan del refrendo del Jefe del Estado. Aun así, mucho nos tememos que .la acidez polémica de quienes temen las consecuencias del desarrollo democrático no disminuya pese al discurso de Barcelona, Tampoco eso ha le ser forzosamente preocupante. Estamos con el presidente en que no existen en política riesgos mayores que Los del vacío, la atonía y la inhibición ciudadana.

 

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