Las otras inmoralidades     
 
   24/09/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

LAS OTRAS INMORALÍDADES

Hace pocas fechas se planteaba nuestra página editorial el problema de la cretiaite inmoralidad en el campo de nuestros espectáculos y publicaciones y recogíamos, con nuestra llamada a la responsabilidad, la preocupación de muchos españoles ante ese fenómeno de frivola degradación. El problema nos parecía grave, pero, evidentemente, no es el único en el amplio campo de la inmoralidad pública. Como no lo es tampoco ese otro gravísimo atentado a la moral que supone toda violencia.

Y quisiéramos, por ello, complementar hoy ese panorama, pues es posible que esos dos problemas, más visibles, estridentes y desgarradores, nos cieguen la vista de muchos otros que objetivamente no son menos importantes. Gritar sólo contra esos dos problemas podría hasta ser una coartada para camuflar las otras inmoralidades en que nuestra sociedad se ve también envuelta.

Precisamente a todo lo largo de la semana pasada un grupo de especialistas ha venido examinando en el Valle de los Caídos la moral pública en la España de hoy. Y su diagnóstico ha resultado preocupante, casi alarmante.

«En los últimos años —señalaba uno de los ponentes— ha empeorado la distribución de la renta en España.» «La moral social en general y la tributaria en particular son en nuestro país muy deficientes», aseguraba un obispo, que afirmaba, además, que «el contribuyente español sólo piensa en defraudar y la Hacienda, sin más, sólo piensa en recaudar». «No podemos presumir —decía un tercer ponente—de buen nivel moral en los negocios. Adolecemos, y en dosis nada escasas, de un fariseísmo que nos lleva a tener por personas que gozan de buen nombre y apellido a quienes, en su comportamiento económico, deberíamos juzgar con severidad.» Y aludía con dureza a la especulación del suelo —«el comercio más sangrante»—, a los desniveles en las remuneraciones en el interior de las empresas, a los fraudes en los contratos, a las injustas distribuciones de los beneficios.

Un cuarto ponente ponía el dedo en la llaga de la «educación permisiva». Constataba en nuestra sociedad una fácil tendencia a la ironía a la hora de desprestigiar la autoridad y guía de los padres —que «ya pasaron de moda»— y a llenar de ridículo los principios éticos y religiosos «como limitadores, represores y burgueses».

Y un último conferenciante recordaba que «ha bajado el nivel de la ética laboral y profesional entre nosotros». Y afirmaba rotundamente que «no ha existido otra época en la que se rindiese mayor culto al dinero».

Son, evidentemente, afirmaciones muy serias y muy graves. Y no se trata de los clásicos profetas de desventuras que ven por todas partes la oscuridad, sino de personas de conocida moderación y equilibrio.

Desgraciadamente tenemos que reconocer que su diagnóstico se acerca mucho a la realidad. Nuestro país asiste a un descenso en casi todos sus valores éticos. El progreso económico innegable de las últimas décadas ha contribuido mucho más a la entronización del confort y del dinero que a un crecimiento armónico de los valores culturales y sociales. El mismo mundo de lo religioso parece neurotizado por problemas generacionales, políticos o polémicos y no siempre la Prensa —nosotros también debemos cantar nuestro «mea culpa»— cumple con suficiente valor y dignidad su papel de denuncia de la corrupción ante la opinión pública.

Presentarnos ante el futuro con este desarme moral sería un tremendo suicidio. Y parece que ,el país, preocupado por problemas evidentes, —violencia, evolución civil y política, apertura al mundo europeo— no tiene ojos suficientes para contemplar esa corrupción moral que hace de barro sus pies.

Y de nada servirá construir una magnífica estatua que tuviera de oro o de plata su economía o su misma organización política, si al mismo tiempo tuviera construida sobre adobes su moral pública y social. Antes o después esa corrupción haría rodar por los suelos el más maravilloso dé todos los tinglados posibles.

 

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