El sindicalismo llamado amarillo     
 
 Pueblo.    31/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL SINDICALISMO LLAMADO AMARILLO

Josep MELIA

A UGT y CCOO han declarado el boicot a los sindicatos que ellos llaman amarillos. No les han declarado una guerra ideológica, un combate político sin tregua, cosa que sería perfectamente legítima; les han excluido del mundo de la razón, del paraíso de la legitimidad. Me suena igual de celestial que si un día los partidos de izquierda se negaran a sentarse a la mesa con los partidos de derecha.

La acusación de amarillismo sindical es, en realidad, la última trinchera de una guerra anacrónica: el chantaje ético de las palabras. Como el español es un ciudadano de poca memoria, ya no se acuerda de la inflación partidista de la democracia y lo democrático. Hubo unos años de euforia en las «candidaturas democráticas». Maniobra que hubiera sido hábil y certera si hubiera servido para enfrentar a fascistas con antifascistas. Pero que las más de las veces servia para oponer » las derechas con las izquierdas.

Sólo la izquierda era democrática, sólo la oposición de izquierdas podía ostentar este título. ¿Y ahora qué? Ahora todos los partidos son y tienen que ser democráticos. Queda algún izquierdista que todavía habla de candidaturas democráticas para las municipales, queriendo dar a entender que unos partidos son más democráticos que otros. Pero, en fin, la moda ha remitido y ha entrado a gobernar la razón.

Con los sindicatos llamados «amarillos» ocurre tres cuartos de lo mismo. Por lo pronto, se comienza por hacer un uso equivoco y malintencionado del concepto. Sindicato amarillo es una organización bastarda que camufla los intereses de la patronal. No es, pues, propiamente, un sindicato obrero. Es una ficción arbitrada para manejar con comodidad a la clase trabajadora. Realmente, por tanto si en España existiera algún sindicato amarillo sería lógico que las organizaciones de clase lo denunciaran y le sacaran el color de la hepatitis a la cara. Pero igual que una democracia exige que todo ciudadano sea considerado inocente hasta que se demuestre su culpabilidad,, para acusar a alguien de «amarillismo» hay que tener razones muy poderosas y pruebas muy convincentes.

No basta con el hecho de que quieran competir con nosotros y quitarnos una parte de la clientela efectiva o potencial. Una acusación frivola en este terre.no tendn´a el mismo destino que las bravatas izquierdistas que durante largo tiempo estuvieron acusando de fascistas a todos los que no comulgaban con sus ideas. Para ser fascista no basta con que lo diga la izquierda. Ser fascista, o ser «amarillo», no es un juicio de valor persona); es una categoría objetiva que hay que demostrar.

Personalmente, creo que la UCD no ha tenido suficiente valentía para afrontar el problema sindical. No es sensato decirte a los trabajadores de un país que no hay más sindicatos que los de inspiración marxista. Hay muchos miles de trabajadores que quieren defender sinceramente sus intereses, sin abdicar de su razón ente nada ni ante nadie, que no por ello son «verticalistas c a m u fiados» ni «amarillistas».

Muchos de estos trabajadores no votan por los partidos marxistas. Es absurdo, por consiguiente, concederle a nadie un monopolio que no se ha ganado. Pero, con ser grave el error táctico, mayor es el equívoco doctrinal. No se puede consentir que circulen pretensiones monopolisticas sin tratar de cortarles el paso. Igual que el leninismo decía que el partido era la vanguardia ¿el movimiento obrero, y esto condenaba a los socialistas a un papel humillante en el plano teórico y al pelotón de fusilamiento cuando los hegemónicos gobernaban, ahora se pretende, que sólo el marxismo puede representar los intereses de clase, que los trabajadores tienen que ser, por definición, marxistas.

Y esto puede ser un deseo legítimo, y un argumento por el que alguien puede sentirse llamado a la lucha política, pero dista mucho de ser una verdad científica irrebatible. Por tanto, mientras queden trabajadores que no se quieran afiliar a los sindicatos marxistas. ¿con qué fuerza moral se pretende excluirlos de la legitimidad democrática? No es una cuestión de chantaje es un cuestión de chantage moral. Una forma de jugar con las culpas conscientes e inconscientes de quienes pretendieron manipular a los trabajadores con el sindicalismo ver^cal para dejarles ineinisr ante los nuevo.; Hechos. Un error, a fin de cuentas, de los que se suelen pagar muy caros.

 

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