Incompatibilidades     
 
 ABC.    04/06/1975.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

INCOMPATIBILIDADES

Decíamos, hace pocos días, que el Consejo Nacional se presenta o manifiesta como Cámara más proclive al mantenimiento de lo que fue siempre que al impulso de lo que podría ser.

El debate dedicado al estudio de las incompatibilidades de los consejeros nacionales fue verdaderamente aleccionador en tal sentido. Merece la pena considerar algunos de sus aspectos. Concretamente los que se refieren a la distinta estimación —y subsiguiente solución diversa— que merecieron los consejeros directamente designados por el Jefe del Estado y aquellos otros que acceden a un puesto en el Consejo a consecuencia de un procedimiento electoral.

La tesis de la ponencia diferenció, con evidente legalismo, ambas situaciones, ambos orígenes, para decidir que a los segundos alcanzarán las causas de incompatibilidad que sé apliquen, en cada caso y cada grupo, a los procuradores en Cortes. Y para establecer, rotundamente, que los consejeros de designación no estarán sujetos a incompatibilidad alguna. La excepción favorable a estos se fundamentó en un interesarle razonamiento: si son consejeros por designación del Jefe del Estado, someterles a un sistema de incompatibilidades equivaldría a poner limitaciones a la voluntad del mismo.

Con absoluto respeto a «la voluntad fundadora del Régimen», con interpretación amplia pero no heterodoxa de las Leyes Fundamentales, se propuso, en el debate, otra solución inspirada en un plausible criterio de igualdad: incompatibilidades para todos.

«De otro modo esta Cámara política quedaría partida en dos mitades, la de los incompatibles y la de los intocables.» «Si todos los consejeros nacionales son miembros de las mismas Cámaras y vienen a ser los custodios de las esencias y principios del Movimiento, todos por igual deben ser tratados sin que haya lugar a distinguirlos con diferencias irritantes.»

Pese a todo, como ya hemos dicho, la distinción, la discriminación, prosperó. Habrá, pues, consejeros «incompatibles» —es decir, incursos en incompatibilidad— y consejeros «intocables».

¿Se ha decidido, se ha resuelto con realismo, con acertada estimación de ritmo de los tiempos, con perspicaz visión de futuro o, por el contrario, ha prevalecido la inercia inmovilista, el apego regresivo al carisma por derivación? La respuesta parece clarísima. No hace falta escribirla.

Ha sido nudo gordiano, en todo el debate, la valoración de la voluntad de designación. Y en vez de cortar el nudo *e ha trenzado sobre él nueva lazada."

Pero no es tan sencillo para la opinión común, como pueda parecerlp en las alturas de finísimas interpretaciones de las Leyes Fundamentales, comprender por qué, a salvo la voluntad de quien designa, no ha sido libre y aceptada voluntad de la Cámara someterse en su totalidad a las incompatibilidades.

De alguna manera parece la solución aprobada una "cualificación de permanencia a favor de los consejeros exentos de incompatibilidad; y, paradójicamente, no resulta así más amplio, ni más despejado, el campo donde la voluntad, que debida y legalmente se respeta y afirma, puede decidir las designaciones y los cambios en ellas.

 

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