Echar a andar     
 
 Informaciones.    18/02/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ECHAR A ANDAR

EL mundo político está sacudido por un sinfín de noticias sobre las nuevas asociaciones y sobre los avatares de aquellas de las que se viene hablando más. Por eso nos parecen oportunas unas reflexiones.

EN primer lugar, repetimos que las asociaciones se deben hacer pensando en el porvenir. No como catapultas de promoción política inmediata, sino como encauzamiento de opinión, aunque esto exija, naturalmente, programas de futuro, que no empiecen y ter. minen en la repetición literal de las leyes, sino que las desarrollen, y de los que ni siquiera se debe descartar la posibilidad de una revisión que las propias leyes empiezan por reconocer. Esto es lo que deben tener en cuenta los encargados de dar vía libre a las asociaciones si quieren que éstas sirvan de algo.

PERO, por su parte, los promotores de asociaciones deben darse cuenta de que lo importante no es que aquéllas nazcan adultas, con un programa perfilado en sus menores detalles, sino que alrededor de un programa de futuro, pero no tanto que deba agotar desde el principio todas sus previsiones de desenvolvimiento, empiece a agruparse esa opinión, que, si no se agrupa, se encontrará desperdigada el día de mañana. Esto es lo apremiante y todo lo demás debe ceder a ello; especialmente los perfeccionismos y las cuestiones previas a que tan dados somos los españoles y que tanto daño nos han hecho en la historia. Echar a andar: esto es lo que hace falta; lo demás vendrá por añadidura.

OIEMPRE es bueno recordar la historia; y la historia nos enseña en qué medida, salvando las obvias diferencias de tiempo y circunstancias, aquel feliz experimento de convivencia que fue la Monarquía restaurada (cuyo montaje no fue cosa de un día, sino empresa trabajosa y llena de dificultades) se consolidó porque encontró en Sagasta al hombre de buen sentido que, sin apriorismos estériles, aceptó la legalidad que se le ofrecía, no para minarla desde dentro, pero sí para infundirla el nuevo espíritu que exigía la época; el resultado fue la Regencia. Era lo mismo que posteriormente, con las adaptaciones que exigía el paso de los años, empezó a hacer Canalejas y con lo que habría salvado a la Monarquía si la muerte no se lo hubiese impedido.

FUE lo que, en cambio, no hizo Alba ni hicieron los que, en la coyuntura crítica de 1930, se empeñaron en subordinar la renovación del sistema a la previa aceptación por éste de unas condiciones que sólo por vías de hecho habría podido llegar a asimilar. La consecuencia fue que, por reservarse para el día de mañana, aquellos políticos no sirvieron ni para el presente ni para un futuro que, cuando llegó, se fue en busca de soluciones más radicales.

I A política y el doctrinarismo no sólo son cosas distintas, sino incompatibles, y no es mejor político el que elabora mejores programas, sino el que, sin desdecirse de los principios, sabe hacerlos pragmáticos y realizar lo que es posible de su programa del modo que en cada momento imponga una realidad siempre cambiante y de la que forma parte el saber dar al tiempo lo que sólo el tiempo puede resolver.

 

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